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El rey Joacim llegó al torno en el año 609 AC, alrededor de cuatro años antes de la primera invasión babilonia. Esta profecía aparentemente fue dada antes de eso, cuando muchos de los líderes de Judá sentían que podían escapar a la conquista babilonia. En Jeremías 26 el énfasis es en la hostil respuesta que recibió a su sermón del templo, es un relato o versión más larga del mismo, pero sin el furor que ahora le sigue, aparece en el capítulo 7, sin fechar.
Dios le dio a Jeremías el pararse en el atrio del templo y predicar un mensaje a todas las ciudades de Judá y a todos aquellos que vienen para adorar en Su casa. Dios quería que Jeremías predicara con la esperanza de que tal vez ellos oyeran y que Dios se arrepintiera de su promesa de Juicio. Dios le dijo a Jeremías que predicara como si de hecho el pueblo de Judá fuera a escuchar. Después le dijo al profeta que le advirtiera al pueblo que es lo que pasaría si ellos no oyeren en el sentido de escuchar y obedecer. La ciudad de Silo fue el lugar conquistado y destruido por los filisteos; ellos mataron a los sacerdotes y capturaron el arca del pacto, y los israelitas sintieron como si la gloria de Dios se hubiera ido. Dios promete convertir a Jerusalén y al templo como Silo si Judá continuaba no oyéndolo.
Cuando Jeremías profetizó acerca de la destrucción venidera del templo y de la conquista de Jerusalén la mayoría de las personas pensaron que él estaba traicionando a Judá y todo eso sucedió en el templo. Tal vez ellos pensaron que él deseaba que estas cosas pasaran. Silo fue evidentemente destruido alrededor del año 1050 AC. Por la incursión filistea en la tierra narrada en 1 Samuel 4. Hay información arqueológica que apoya esto. Silo no estaba lejos de Jerusalén; las personas podían ver las evidencias de su destrucción— una destrucción que les sucedió a pesar de ser el primer lugar de descanso del arca del pacto en la tierra. Parece ser que toda la gente se reunió alrededor de Jeremías. El verbo qahal normalmente se refiere a una reunión con propósitos religiosos, pero también es usado para la guerra o para situaciones hostiles. Una escena tal en el templo indica que tan enojados estaban. Los sacerdotes, los profetas y el pueblo habían condenado a Jeremías; ahora lo traían para recibir el juicio a los líderes políticos de Judá. El mensaje de Jeremías eran malas noticias para Jerusalén – que el juicio venía en camino. Por lo tanto, los profetas y los sacerdotes y el pueblo sintieron que él estaba contra la ciudad y que era un traidor a Jerusalén. Ellos creían que Jeremías debilitaba peligrosamente la moral y ayudaba a la causa de aquellos que amenazaban a Jerusalén. Formalmente fue acusado de traición, Jeremías presentó su defensa frente a los príncipes y a todo el pueblo. Obviamente los profetas y sacerdotes acusadores lo escucharon también, pero el realmente no se estaba dirigiendo a ellos. El profeta defendió el mensaje de forma directa, valiente, y apropiadamente. En ninguna otra parte del libro el parece bajo una mejor luz que aquí. El no recortó su mensaje. Él no se acobardo ni suplicó misericordia. Jeremías hizo claro que su mensaje y ministerio no eran un asunto de elección. Esta era la orden de Dios y él solo hizo lo que Dios lo envió a hacer.
El estaba siendo enjuiciado por su vida. Y aun así valientemente dijo su mensaje y habló como si ellos fueran los que estuvieran bajo juicio y no él – porque había un sentido en que esto era realmente cierto. Su única esperanza era que Dios se arrepintiera del juicio prometido a la luz de su arrepentimiento. Además, hablo de manera muy similar al espíritu con el que los apóstoles hablarían siglos después cuando se encontraron frente al concilio: Juzgad si es justo delante de Dios obedecer a vosotros antes que a Dios; porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído. Dios le dio a su santo profeta una boca y sabiduría, y fue tal que sus adversarios no fueron capaces de resistir. La decisión era dejada en las manos de los líderes, pero Jeremías quería que ellos supieran que era una decisión con consecuencias. Matar al profeta de Dios solo agregaría carga a la culpa de los líderes y de la ciudad. El profeta estaba firme frente a este concilio de príncipes de Judá. Él no mostró ninguna duda acerca de su llamado o de su mensaje. Por naturaleza, Jeremías parecía ser de alguna manera tímido y dudoso. Aquí él se plantó con gran coraje para dar cuenta por su llamado y su trabajo, tal y como Dios le prometió que lo haría en Jeremías 1:18-19.
John Trapp menciona a un desconocido expositor que notó “cinco nobles virtudes” en la breve defensa de Jeremías. Prudencia en proclamar su misión divina. Amor al exhortar a sus enemigos a arrepentirse. Humildad al reconocer su poder sobre él. Valor al decirles que Dios vengaría su muerte. Falta de miedo a enfrentar la muerte.
Pastor Carlos Umaña
Comunidad Cristiana Lifehouse.
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