Fue durante o justo antes de la primera invasión de Babilonia (605 AC.) cuando Daniel y otros cautivos fueron llevados a Babilonia. Dios le ordenó a Jeremías que no solo hablara sus profecías, sino que también las escribiera. Este debía de incluir todas las palabras proféticas que él había dado hasta este punto (desde el día en que comencé a hablarte). Tal vez estas ya estaban escritas en alguna manera y a Jeremías se le ordenó el compilarlas. Si la vida de Jeremías estuviera en peligro, si no tuviera hijos que continuaran con su mensaje, si la nación y la totalidad de la sociedad estuvieran a punto de colapsar, entonces un rollo preservaría el mensaje. Había un gran precedente en el descubrimiento de rollos que sucedió en el templo en el 621 AC. Jeremías, parece ser que, o no había escrito sus profecías, o no eran tan legibles, o solamente en papel suelto; ahora él tenía que escribirlas apropiadamente en un libro, haciendo el mismo uso de Baruch que Pablo haría después de Tercio, como se lee en Romanos 16:22.

Si las palabras se encontraban en formato escrito podrían ser más fácilmente recordadas, consultadas, y meditadas. Este versículo ayuda a explicar muchas de las terribles profecías de juicio divino de Jeremías. Estas no tenían solo la intención de aterrorizar; también tenían la intención de salvar.

Esto era alrededor de 20 años antes de la conquista final de Jerusalén, y aún era posible ver un rescate de Judá por parte de Dios. Aún era posible evitar el juicio que había sido tan constantemente anunciado en contra de ellos. Pero para que esto fuera posible ellos tenían que -1. Escuchar lo que Dios había dicho. 2. Todo hombre tenía que alejarse de su maldad. 3. Si ellos hacían esto, Dios graciosamente les promete el perdonar su iniquidad y su pecado. El profeta hizo que Baruc escribiera las palabras que Dios había hablado a Jeremías. El profeta mismo no tenía que escribir las palabras para que fueran las palabras de Dios. Había una larga relación entre el escriba y el profeta. “Diecisiete años después en el atardecer de la caída final de Jerusalén Jeremías le confió a Baruc el título de propiedad que le había comprado a Anatot. El profeta tenía prohibido entrar al templo, no estaba encarcelado, pero a las áreas del templo le estaba prohibido entrar, así que envió a Baruc a leer la palabra de Dios escrita al pueblo de Jerusalén justamente en el templo. La palabra de Dios por sí misma tiene poder. Aparentemente, incluso cuando había tantos corazones alejados de Dios en Jerusalén y Judá, ellos aun cumplían con días particulares de ayuno como estaba instruido en la ley de Moisés. Ellos de alguna manera podían cumplir con estos aun cuando sus corazones estaban alejados del Señor. Se esperaba que ellos escucharan, oraran, y se arrepintieran – como se describe antes en Jeremías 36:3. Baruc hizo como Jeremías le dijo, pero no hubo respuesta por parte del pueblo. Esto fue el año siguiente después de haberse escrito el pergamino descrito en la primera parte de Jeremías 36. Es difícil saber si esta fue la lectura del pergamino descrita primero en Jeremías 36:8 o una segunda lectura del pergamino algunas semanas o meses después.

Con los babilonios rodeando las naciones que rodeaban a Judá, el pueblo sintió que debían tomarse todas las medidas posibles, así que ordenaron un ayuno en la presencia de Jehová. En el mejor de los casos, esto mostraba una seriedad en la búsqueda de Dios y corazones listos para el arrepentimiento. El noveno mes es diciembre, 604 AC, fue cuando los babilonios derrotaron a Askelón en las planicies de Filistea, un incidente que probablemente provocó el ayuno. Nótese que fue el pueblo, no el rey, quien proclamó el ayuno. Baruc públicamente leyó las palabras de las profecías de Jeremías, llamando al pueblo al arrepentimiento y advirtiéndoles del juicio que se acercaba. Él hizo esto a oídos del pueblo.

Safán fue un buen padre igual que un gran líder. Sus hijos estaban entre los héroes olvidados de la Biblia. Micaías era un hombre de Dios, habiendo estado conectado con las reformas y el avivamiento bajo el rey Josías. Él escucho del libro todas las palabras de Jehová, y sabía algo de la autoridad y el poder de la palabra de Dios por el trabajo en los días de Josías. Micaías les llevo el mensaje del rollo a los príncipes de Judá– hijos de nobles y reales, los líderes del reino. Ellos leyeron todo el libro, escucharon las palabras capítulo por capítulo, versículo por versículo. Cuando los príncipes de Judá escucharon el mensaje del libro de Jeremías, ellos sabían que otros también tendrían que escucharlo. Ellos querían que otros lo escucharan directamente del rollo en su mano. Aunque sabían que el mensaje de Jeremías de parte de Dios traería problemas. Ellos pensaron que lo mejor era contarle al rey directamente. No podían hacerlo de otra manera; si estas cosas llegaban a oídos del rey, y ellos no le decían primero, ellos corrían el riego de hacerlo enojar. En cuanto estuvieron satisfechos con la información, ellos sabían lo que se tenían que hacer, y lo hicieron. Los príncipes de Judá sabían que el rey estaría molesto y tal vez intentara atacar al profeta y a su escriba por su mensaje. El sentido es que, si Jeremías y Baruc no se escondían, ellos también hubieran sido martirizados. La tradición judía identifica el lugar donde se ocultaron en las tan llamadas “Grutas de Jeremías”, localizadas a las afueras de las puertas de Damasco, aunque con que certeza es incierto.

Pastor Carlos Umaña Comunidad Cristiana Lifehouse.