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Los judíos de los tiempos de Santiago hacían distinciones entre juramentos obligatorios y juramentos no obligatorios. Los juramentos que no incluían el nombre de Dios eran considerados como no obligatorios, y el utilizar dichos juramentos era como estar cruzando los dedos detrás de tu espalda mientras decías la mentira. Son estos juramentos los que Santiago condena. Santiago de nuevo repite las enseñanzas de Jesús en el Sermón del Monte. La necesidad de jurar o hacer juramentos, más allá de un simple y claro sí o no, traiciona la debilidad de tu palabra.
El afligido necesita la oración, el alegre debe cantar alabanzas de elogios hacia Dios, y el enfermo debe de llamar a los ancianos de la iglesia, pidiéndoles que oren por su necesidad. Santiago tiene el mismo consejo para el afligido y para el alegre: llévalo todo al Señor. De hecho, los dos mandatos se podrían voltear: los afligidos también que canten, y el alegre también debería de hacer oración. Santiago también dice que los ancianos de la iglesia, mientras oran, deben de ungir a la persona enferma con aceite en el nombre del Señor. Esta unción con aceite ha sido interpretada como el buscar la mejor atención médica posible para el afligido; los masajes con aceites se consideraban como medicinales, o como un emblema de la presencia y poder del Espíritu Santo. El aceite se utilizaba y se utiliza con frecuencia en Oriente como medio para curar enfermedades muy peligrosas; y en Egipto se utiliza a menudo en la cura de la plaga. Incluso en Europa, se ha probado con gran éxito en la cura de la hidropesía. Y el aceite de oliva puro es excelente para las heridas y los moretones recientes.
Muchos se han preguntado si Santiago aquí “garantiza” sanidad para el enfermo al que han extendido una oración con fe. Algunos han interpretado la idea detrás de “salvará al enfermo” no como una sanidad en particular; y la idea de “le levantará”, como una referencia de la resurrección final. La referencia a los pecados “ser perdonados” se añade a la idea de que Santiago está considerando la obra y la sanidad espiritual, y no necesariamente una sanidad física. Sin embargo, el contexto de la declaración exige que Santiago no excluya la sanidad física como respuesta a la oración, aunque parece significar algo más amplio que solo una sanidad física. Deberíamos orar por los demás con fe, esperando que Dios los sane, y luego dejar el asunto en manos de Dios. A menudo no hacemos una oración de fe por preocupación por la reputación de Dios si no hay sanidad. Debemos recordar que Dios es lo suficientemente grande como para manejar su propia reputación.
Santiago también nos recuerda que la confesión mutua trae sanidad, espiritual y física. Esto nos libra de las pesadas cargas (físicas y espirituales) de pecados no resueltos, y remueve obstáculos para la obra del Espíritu Santo. La confesión rompe el poder de los pecados ocultos. Pero dicha confesión no necesita ser hecha a un sacerdote o a una imagen que sirva como mediadora; simplemente nos confesamos unos a otros como sea apropiado. La confesión es buena, pero debe hacerse con discreción. Una confesión del pecado sin sabiduría puede ser causa de más pecado. Algunos principios rectores pueden ayudar:
La confesión se debe hacer dirigida a la persona contra la que pecamos. La mayoría de los cristianos prefieren la confesión en secreto ante Dios, incluso en asuntos que involucran a otras personas. Confesarse con Dios les parece la salida más fácil. En palabras de nuestro Señor, está claro que el pecado que involucra a otra persona debe confesársele a esa persona. La confesión pública debe ser discreta. A menudo la confesión no necesita ser más que lo necesario para conseguir la oración. Puede que sea suficiente decir públicamente: “Oren por mí, necesito la victoria sobre mi pecado acosador”. Sería un error entrar en más detalles, pero decir esto es importante. Evita que seamos “cristianos de mentira”, que actúan como si todo estuviera bien cuando no lo está. “Casi todas las transgresiones sexuales son secretas o privadas y deberían ser confesadas.” Una carga demasiado grande para soportar puede compartirse con un pastor, con un médico o con un amigo del mismo sexo. Es necesario distinguir entre los pecados secretos y los que afectan directamente a otros. Orr nos da un buen principio: “Si peca en secreto, confiese en secreto, admitiendo públicamente que necesita la victoria, pero guardando los detalles para usted mismo. Si peca abiertamente, confiese abiertamente para eliminar los obstáculos de aquellos a los que ha sido de tropiezo. La confesión debe ser apropiadamente específica. Cuando la confesión abierta de pecado es apropiada —más que la declaración pública de la necesidad espiritual, es confesar el pecado abierto o el pecado contra la iglesia— debe ser específica, decir: “Si cometí algún error, lo siento”, no es una confesión de pecado en absoluto. La confesión debe ser minuciosa. Algunas confesiones son demasiado generales. No se hacen a las personas involucradas. Descuidan completamente la restitución necesaria o no prevén una conducta diferente en la que se abandone el pecado. La confesión debe tener honestidad e integridad. Si nos confesamos sin intención de luchar contra el pecado, nuestra confesión no es completa y se burla de Dios.
Al escribir sobre la necesidad de la oración por el afligido, por el enfermo, y por los pecadores, Santiago apunta hacia la naturaleza eficaz de la oración La idea de eficaz en este contexto es “fuerte”. Podría ser interpretado literalmente como: La súplica de un hombre justo es muy fuerte, energizante. Muchas de nuestras oraciones no son efectivas debido a que no son eficaces. Son ofrecidas con una actitud tibia, la cual virtualmente pide a Dios que se encargue de algo que nos preocupa un poco. Una oración efectiva debe ser eficaz, y esto no es porque debemos de persuadir emocionalmente a un Dios reacio, sino porque debemos de ganarnos el corazón de Dios al ser fervientes por las cosas que Él es ferviente.
Si Elías era hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras, entonces nosotros podemos ser hombres con el poder de la oración como él. Santiago concluye con esto porque esto es exactamente lo que ha tratado de hacer a través de esta carta retadora: confrontar a aquellos que se han extraviado de una fe viva para tratar de salvar sus almas de la muerte, al demandarles que no solamente escuchen la Palabra, sino que la practiquen, debido a que una fe viva tendrá su demostración. Así que la homilía termina abruptamente, incluso más abruptamente que la Primera Epístola de Juan, sin ninguna palabra final de despedida a los lectores; abruptamente, pero no ineficazmente. Los escritos de la Sabiduría en los que se basa, también terminan como repentinamente.
Pastor Carlos Umaña
Comunidad Cristiana Lifehouse.
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