Entrad por la puerta angosta. Jesús no habló de esta puerta como nuestro destino, sino como la entrada a un camino. Hay un camino correcto y un camino equivocado, y Jesús apeló a sus oidores a tomar el camino más difícil, el camino que lleva a la vida. Él entendió y enseñó que no todos los caminos y no todos los destinos son igual de buenos. Uno lleva a la perdición, y el otro a la vida. La puerta estrecha significa literalmente lo que nosotros llamamos un portillo, es decir, una puerta pequeña en una entrada grande. Jesús no está alentando a los discípulos comprometidos, “cristianos”, a seguir adelante por el camino angosto y ser recompensados al final. Más bien está mandando a sus discípulos a entrar en el camino marcado por la persecución y recompensado al final. Ahora Jesús nos recuerda que hay muchos que intentarán guiarnos por el camino amplio. El primer paso para combatir a estos falsos profetas es simplemente guardarnos de ellos. La naturaleza de estos falsos profetas es engañar y negar su propio carácter. Muchas veces se engañan hasta a ellos mismos, creyendo de sí mismos que son ovejas cuando en realidad son lobos rapaces. La falla básica del falso profeta es el interés propio. Nos guardamos de los falsos profetas al mirar sus frutos. Esto significa poner atención a varios aspectos de sus vidas y ministerios. Debemos de poner atención a la manera de vivir que demuestra un maestro. Los frutos es el resultado inevitable de quienes somos. Eventualmente; aunque pueda tomar un tiempo para que llegue la cosecha, los frutos buenos y malos son evidentes, revelando qué tipo de “árbol” somos. En el capítulo anterior, Jesús nos advirtió que primero nos juzgáramos a nosotros mismos, que busquemos la viga en nuestro propio ojo antes de poner atención a la paja en el ojo de nuestro prójimo, por lo tanto, antes de preguntarlo de cualquier otra persona, debemos de preguntarnos primero: “¿Yo doy fruto para la gloria de Dios?”

No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Jesús habló aquí de una confesión verbal apropiada, donde estos llamaron a Jesús Señor. Esto es vital, pero nunca suficiente por sí mismo. Esta advertencia de Jesús se aplica a las personas que hablan o dicen cosas acerca de Jesús, pero realmente no lo dicen en serio. No es que crean que Jesús es un demonio; simplemente dicen las palabras de una manera muy superficial. Su mente está en otro lugar, pero creen que hay valor en sus palabras vacías y cumplir con algún tipo de obligación religiosa sin corazón, sin alma, sin espíritu, solo palabras vacías y pensamientos que desvanecen. Es asombroso que Jesús afirmó que Él es a quien las personan deberán enfrentar en el día del juicio, y que Él es correctamente llamado Señor. Al decir “en aquel día” Jesús llamó nuestra atención al día venidero de juicio para todos los hombres. “¿Cuál es el objeto principal de tu vida? ¿Pensarás tanto en él en aquel día como lo haces ahora? ¿Te considerarás entonces sabio por haberlo perseguido tan fervientemente? Te agrada poder defenderlo ahora, pero ¿podrás defenderlo en ese día, cuando todas las cosas del mundo y el tiempo se hayan derretido a nada? Las personas de las que habla Jesús han tenido grandes logros espirituales (profetizamos, echamos fuera demonios, e hicimos muchos milagros). Estas son cosas maravillosas, pero no significan nada sin comunión verdadera, sin conexión verdadera con Jesús. Al final, hay una base de salvación; no es una mera confesión verbal, ni “obras espirituales”, sino conocer a Jesús y ser conocido por Él. Es nuestra conexión con Él; por medio del regalo de la fe que nos da, lo que asegura nuestra salvación. Conectados con Jesús estamos seguros; si no estamos conectados con Él, todos los milagros y obras buenas no prueban nada.

En la ilustración de Jesús de los dos cimientos, ambas casas se veían igual por fuera. El fundamento real de nuestras vidas generalmente está oculto y solo se demuestra en la tormenta, y podríamos decir que las tormentas vienen del cielo (lluvia) y de la tierra (ríos). Tanto el hombre sabio como el insensato se dedicaron precisamente a las mismas ocupaciones, y en una medida considerable lograron el mismo diseño; ambos se comprometieron a construir casas, ambos perseveraron en construir y ambos terminaron sus casas. La semejanza entre ellos es muy considerable. Una tormenta (lluvia, ríos y vientos) era el poder más grande para las generaciones que no tenían armas nucleares. Jesús nos avisa que el cimiento de nuestras vidas será golpeado en un tiempo u otro, pero ahora (por las pruebas) y en el juicio final ante Dios. Simplemente escuchar la palabra de Dios no es suficiente para proveer un cimiento seguro. Es necesario que también seamos hacedores de su palabra. Si no lo somos, cometemos el pecado de no hacer nada (Números 32:23), y será grande nuestra ruina.

¿En qué consistía la locura del segundo constructor? No en buscar deliberadamente un mal cimiento, sino al no pensar en el cimiento…Su falla no fue un error de juicio, sino desconsideración. No se trata, como se supone comúnmente, de dos cimientos, sino de mirar y descuidar de mirar al cimiento”. Su audiencia no pudo dejar de notar que Jesús enseñaba con autoridad, algo que faltaba en los maestros de sus tiempos, que a menudo solo citaban a sus rabís. Jesús habló con autoridad inherente, y la autoridad de la palabra revelada de Dios. Cuando la Palabra de Dios es presentada como realmente es, con su poder inherente, va a asombrar a la gente y se distinguirá de las meras opiniones del hombre.

Pastor Carlos Umaña Comunidad Cristiana Lifehouse.