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Aquí Jesús se movió a otra idea en el Sermón del monte. Al principio había tratado con temas conectados con la vida espiritual interior (actitudes en caridad, oración, ayuno, materialismo y afán por las cosas materiales). Ahora toca un tema importante conforme a la manera en que pensamos y tratamos a otros. Recordamos que Jesús nos llamó a tener una justicia mayor que la de los escribas y fariseos. En la forma en que algunos piensan, la manera en hacerse más justos es juzgar a los demás. Jesús aquí reprendió ese tipo de pensamiento. No juzguéis. Con este mandato Jesús advierte contra juzgar a los demás, porque cuando lo hagamos, seremos juzgados de manera similar. El cristiano es llamado a demostrar amor incondicional, pero el cristiano no es llamado a tener aprobación incondicional.
Rompemos este mandamiento cuando pensamos lo peor de otros, cuando solo hablamos con los demás de sus faltas, cuando juzgamos una vida solamente por sus peores momentos, cuando juzgamos los motivos ocultos de otros, cuando juzgamos a otros sin considerarnos en sus mismas circunstancias, cuando juzgamos a otros sin ser conscientes de que nosotros también seremos juzgados. Jesús no prohibió el juicio de otros. Solo requiere que nuestro juicio sea completamente justo y que solo juzguemos a otros según las medidas por las que a nosotros nos gustaría ser juzgados. Este es el principio sobre el cual Jesús hizo el mandamiento: No juzguéis, para que no seáis juzgados. Dios nos medirá de acuerdo con la medida que usamos para los demás.
Las figuras de una paja y una viga son figuras reales, pero son usadas con humor. Jesús muestra cómo generalmente somos mucho más tolerantes con nuestro propio pecado que con el pecado de los demás. Aunque podría haber una paja literal en el ojo, obviamente no puede haber una viga literal en un ojo. Jesús usó estas imágenes exageradas y humorísticas para hacer que su mensaje sea más fácil de entender y más memorable. Un ejemplo de buscar una paja en el ojo de otro, mientras ignoras la viga en tu propio ojo, es cuando los líderes religiosos llevaron a la mujer sorprendida en adulterio a Jesús. Ella ciertamente había pecado; pero el pecado de ellos era mucho peor y Jesús lo expuso con su declaración: Jesús indica que el que tiene la viga en su propio ojo no se daría cuenta de inmediato. Él está ciego de su propia falta. Es el intento de corregir la falla de alguien más, cuando nosotros mismos tenemos la misma (o mayor culpa) que merece la acusación, lo convierte en ¡Hipócrita!
Después de advertirnos contra las actitudes críticas y ciegas, Jesús nos enseña a discernir que hay cosas buenas y preciosas que no se deben dar a quienes las recibirán con desprecio. Podríamos decir que Jesús quiere decir: “No sean críticos, pero tampoco se desechen de todo discernimiento”. Los perros y cerdos aquí regularmente se entienden como aquellos que son hostiles al reino de Dios y al mensaje que lo anuncia. Nuestro amor hacia los demás no debe cegarnos a su endurecido rechazo de las buenas nuevas del reino. Jesús también habló en el contexto de corregir a otro hermano o hermana. La corrección piadosa es una perla (aunque pueda doler por un momento) que no debe ser echada delante de los cerdos (aquellos que se han determinado a no recibirla). Nuestras perlas del precioso evangelio puede que solo confunda a aquellos que no creen, quienes están cegados a la verdad por el dios de este siglo y solo pueden exponer el evangelio a lo que consideran ridículo.
Jesús nos invita a seguir pidiendo, buscando y llamando. Vemos una intensidad progresiva que pasa de pedir a buscar a llamar. Jesús nos llama a tener intensidad, pasión y persistencia en la oración. El hecho de que Jesús volvió al tema de la oración; ya tratada con cierta profundidad demuestra la importancia de ella misma. En esta descripción triple de la oración como pedir, buscar y llamar, vemos diferentes aspectos de la oración y diferentes aspectos de su recompensa. La oración es como el buscar en que buscamos a Dios, su palabra, y su voluntad; y el que busca, halla. El hallar es la recompensa de buscar. Pedir con confianza y humildad. Buscar con cuidado y aplicación. Llamar con seriedad y perseverancia. Dios promete una respuesta para aquellos que lo buscan con diligencia. Muchas de nuestras oraciones sin pasión no son respondidas por una buena razón, porque es como si le pidiéramos a Dios que le tome importancia a algo que nos importa poco o nada. Dios valora la persistencia y pasión en la oración porque demuestran que compartimos Su corazón. Demuestra que nos importan las cosas que le importan a Él.
Jesús pregunta: ¿Qué hombre hay de vosotros, que, si su hijo le pide pan, le dará una piedra?: Jesús dejó en claro que Dios no tiene que ser persuadido o apaciguado en la oración. No solo quiere darnos pan, sino incluso más de lo que pedimos. Gracias a Dios, las veces que pedimos algo tan malo como una serpiente sin saberlo, como un padre amoroso, Dios a menudo nos ahorra misericordiosamente la justa pena de nuestra ignorancia. Es blasfemo negar la respuesta de Dios al corazón que le busca. Entonces implicamos que Dios es aún peor que un hombre malvado. Finalmente, un resumen de la enseñanza ética de Jesús con respecto a nuestro trato a los demás: la regla de oro. La manera negativa de declarar este mandamiento era conocido mucho antes que Jesús. Desde hace mucho se había dicho: “No debes hacer a tu prójimo lo que no quieres que te haga a ti”. Pero es un avance significativo que Jesús lo ponga en positivo, decir que debemos hacer con otros lo que queremos que ellos hagan con nosotros. La regla de oro no fue inventada por Jesús; se encuentra en muchas formas y en muy diversos lugares. Alrededor del año 20 d.C., el rabino Hillel, retado por un gentil a resumir la ley en el corto tiempo que el gentil podía parase en un pie, según los informes, respondió: “Lo que es odioso para ti, no se lo hagas a alguien más. Esta es toda la ley; el resto son comentarios. Ve y apréndetelo”. Aparentemente, solo Jesús formuló la frase de manera positiva. Al hacer esto, Jesús hace que el mandamiento sea mucho más amplio. Nadie más que aquel cuyo corazón está lleno de amor para Dios y para toda la humanidad puede mantener este precepto, ya sea en espíritu o letra. Parece como si Dios lo ha escrito en los corazones de todos los hombres, ya que dichos de este tipo se pueden encontrar en todas las naciones, judías, cristianas y paganas. Jesús muestra que este principio simple –la regla de oro– resume todo lo que la ley y los profetas dice acerca de cómo debemos tratar a los demás. Si simplemente tratáramos a los demás como nos gustaría que nos trataran, obedeceríamos naturalmente todo lo que la ley dice acerca de nuestras relaciones con los demás.
Pastor Carlos Umaña
Comunidad Cristiana Lifehouse.
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