Después de un largo día, nosotros ciertamente podríamos excusar a Jesús para que durmiera. Pero Él, levantándose muy de mañana, le daba menos tiempo para dormir y más tiempo para orar. Jesús no necesitaba orar debido a que Él era débil, sino porque Él era fuerte, y la fuente de Su fuerza era Su relación con Dios, Su Padre. No sabemos exactamente lo que Jesús oraba, pero más que todo, Jesús utilizaba su tiempo de oración para esa comunión cercana e íntima con Dios el Padre. Mientras que es bueno e importante para nosotros el unirnos con otros en la presencia de Dios, también hay mucho de nuestra vida cristiana que solamente puede ser aprendida y experimentada en un lugar desierto con Dios.

Estas cosas sucedieron a principios en la relación de Jesús con Sus discípulos. Mientras ellos empezaban a conocerle, ellos aprendieron que cuando no podían encontrarle, es porque Él estaba quizás en un lugar desierto para orar. Los discípulos probablemente pensaban que Jesús estaría contento en cuanto a Su popularidad, y que querría pasar más tiempo con la multitud, las cuales Él reunió e impresionó el día anterior. Pero Jesús no se quedó en ese lugar, ni montó la “cima” de Su popularidad allí. Él sabía que Su ministerio era el predicar por toda Galilea. Su ministerio no era el ser famoso o el disfrutar la fama. El énfasis claro del ministerio de Jesús es la predicación: porque para esto había venido. El ministerio de sanidad y milagros de Jesús era impresionante y glorioso, pero nunca fue Su énfasis.

La lepra era una de las terribles enfermedades del mundo antiguo. El día de hoy, la lepra aflige a más de 15 millones a través del mundo, pero la mayoría, en naciones de tercer mundo. La lepra comienza como pequeñas manchas rojas en la piel. Antes de que pase mucho tiempo, las manchas se hacen más grandes y empiezan a convertirse en color blanco, con una apariencia brillante o escamosa. Muy pronto las manchas se esparcen por todo el cuerpo, y el cabello comienza a caerse – primero de la cabeza, y aún hasta de las cejas. Mientras las cosas empeoran, las uñas de los dedos y los pies se sueltan; empiezan a pudrirse y eventualmente se caen, pieza por pieza. Las encías comienzan a encogerse y no pueden soportar más a los dientes, así que cada diente se pierde. La lepra sigue comiéndose el rostro hasta la nariz, el paladar, y aún los ojos se pudren – y la lepra merma hasta que él o ella muera. Tan horrible como era el sufrimiento físico, la peor parte de tener lepra podría ser la manera en que las personas trataban al leproso. En el Antiguo Testamento, Dios dijo que cuando había leprosos entre el pueblo de Israel, ellos debían de ser cuidadosamente puestos en cuarentena y debían examinarlos en Levíticos 13-14. Los leprosos debían de vestirse como las personas que están en duelo por los muertos, porque eran considerados como muertos vivientes. Ellos debían de advertir a las personas a su alrededor al clamar, “¡Inmundo! ¡Inmundo!” siempre que hubiera personas cercas de ellos. Esto no era debido a que la lepra fuera altamente contagiosa. Era porque Dios utilizaba esta enfermedad como un ejemplo impactante del pecado y de su efecto en nosotros. La costumbre judía decía que ni siquiera debías de saludar a un leproso. Un Rabino se jactó de que él ni siquiera compraría un huevo en la calle donde él mirara a un leproso, y otro se jactaba de que él arrojaba rocas a los leprosos para que éstos se mantuvieran alejados de él. Algún otro Rabino aún ni siquiera dejaba que un leproso se lavara el rostro.

Sabiendo que terrible era la enfermedad, no nos sorprende que el leproso estaba bien desesperado en su acercamiento a Jesús. Él en verdad creía en el poder de Jesús, y tenía la confianza de que Jesús podía sanarle. Esto muestra que el leproso tenía una gran fe porque en cuanto a lo que sabemos, Jesús nunca había sanado a un leproso antes en Su ministerio. En aquel día, todos sabían que únicamente Dios podía sanar a un leproso. No había cura. Una lepra jamás podía ponerse mejor sin la intervención de sanidad directa de Dios. El leproso sabía lo que él necesitaba de Jesús. Él no pidió el ser sanado, sino el ser limpiado. El leproso necesitaba mucho más que sanidad. Sea lo que piense que necesitaba de parte de Dios, lo que más necesitaba de Jesús es limpieza – el ser limpiado del pecado y de una vida vivida para sí mismo.

Lucas dice que este hombre estaba lleno de lepra, lo cual significa que la enfermedad estaba en una etapa avanzada. Todo el cuerpo y la vida de este hombre se estaba pudriendo. Jesús sanó a muchas personas de diferentes maneras, pero aquí Él eligió sanar a este hombre con un toque. Él pudo haber dicho la palabra, o aún haber pensado un pensamiento, y el hombre hubiera sido sanado, pero Jesús utilizó un toque. Esto era importante porque se les prohibía a las personas el tocar a este hombre a cuenta de su lepra. Ya había pasado mucho tiempo desde que él tuvo un toque afectuoso. Estaba en contra de la ley ceremonial judía el tocar a un leproso. Pero, aun así, Jesús no rompió la ley, porque tan pronto como Él tocó al hombre, éste ya no era un leproso. Jesús le dijo al antiguo leproso que fuera al sacerdote y que llevara a cabo la ceremonia que la ley requería cuando un leproso era hecho limpio. Jesús hizo esto, primero, para honrar la ley de Dios, pero también como testimonio para los sacerdotes de que una enfermedad incurable había sido curada. El hombre quizás procuro hacer el bien y pudo pensar que él estaba ayudando a Jesús, pero su desobediencia estorbó el ministerio de Jesús.

Pastor Carlos Umaña
Comunidad Cristiana Lifehouse.