La selección de los discípulos fue descrita en Lucas 6. Habían estado con Él, juntos como grupo desde hace algún tiempo y ahora Jesús les delego parte de su trabajo. Jesús no delegó el trabajo sin delegar también poder y autoridad para el tratamiento de dos tareas; expulsar los demonios y sanar las enfermedades. La otra tarea de predicar simplemente significa proclamar, decirles a otros en el sentido de anunciarles noticias. Los discípulos fueron enviados con la obra de proclamar que el reino de Dios estaba presente y cómo era el carácter de ese reino. Los discípulos no necesitaron equipo sofisticado para predicar un mensaje simple. Hay demasiadas cosas que podrían interponerse en el camino de su mensaje urgente.

Había una regla entre los rabinos del día que no se podía entrar en el templo con un bastón, zapatos, o una bolsa de dinero, porque se quería evitar incluso la apariencia de estar involucrado en cualquier otro negocio que no sea el servicio del Señor. Los discípulos se dedicaban a una obra tan santa que no podían dar la impresión de que tenían otro motivo. Josefo escribió que los esenios tenían reglas similares sobre viajar ligero, confiando en la provisión en el camino. Viajando ligero también los mantenía dependientes de Dios. Si el predicador mismo no confía en Dios, ¿cómo puede decirles a otros que confíen en Él? Su trabajo como predicadores no era principalmente cambiar las mentes de las personas. Debían presentar persuasivamente el mensaje, pero si sus oyentes no los recibían, debían irse y sacudir el polvo de sus pies. Si los judíos de esa época tenían que atravesar o ir a una ciudad gentil, cuando salían, a menudo sacudían el polvo de sus pies como un gesto diciendo: “No queremos llevar nada de esta ciudad gentil con nosotros”. Esencialmente, Jesús les dijo a sus discípulos que consideraran una ciudad judía que rechazara su mensaje como si fuera una ciudad gentil. Ellos realmente hicieron lo que Jesús les encomendó. Salieron anunciando el evangelio y sanando por todas partes tanto con la misión que les dio Jesús como con el poder y la autoridad para cumplir esa misión.

No hay ninguna indicación de que Herodes fuera un hombre de interés espiritual sincero. Sin embargo, estaba interesado en Jesús como un hombre famoso, un hacedor de milagros, y tal vez como un rival. Herodes absorbió el pensamiento popular acerca de quién era Jesús. Algunos pensaban que Jesús era un heraldo del arrepentimiento nacional, como Juan el Bautista. Algunos pensaban que Jesús era un famoso obrador de milagros, como Elías (cuyo retorno antes de la venida del Mesías fue prometido en Malaquías 4:5-6). Algunos pensaban que Jesús era algún profeta de los antiguos, tal vez el que Moisés prometió que vendría. Herodes quería verle, pero no como un buscador sincero. O quería complacer su curiosidad ociosa o hacer lo mismo con Jesús como lo había hecho con Su primo Juan. Lucas notó esto para enfatizar el creciente peligro que rodeaba la obra de Jesús. Lucas también nos dijo que Jesús finalmente conoció a este Herodes, en la mañana de su crucifixión. Herodes estaba en Jerusalén en ese tiempo, y cuando escuchó que Pilato le enviaba a Jesús, se puso feliz y emocionado: Herodes quería que Jesús le hiciera un milagro. Sin embargo, Jesús no hizo ningún tipo de milagro para Herodes, y cuando le hizo muchas preguntas, Jesús no le respondió nada. Herodes luego trató a Jesús con desprecio, se burló de Él con un manto púrpura y lo envió de regreso a Pilato.

Cuando los discípulos regresaron después de su misión de predicar, fueron llamados apóstoles, es decir, “aquellos enviados con autoridad y un mensaje”. Ciertamente, siguieron siendo discípulos, pero conocían el mensaje y la autoridad de una manera mucho mejor después de su trabajo. El Maestro había ido a Betsaida para bendecir y servir a sus discípulos después de su trabajo para Él. No podían mantener alejada a la gente por mucho tiempo; lo siguieron allí también. Después de un largo día, los discípulos vieron a la multitud como una molestia. Al igual que Jesús, llegaron a Betsaida para alejarse de las multitudes, no para servirles. En realidad, no es del todo justo criticar a los discípulos por su recomendación de despedir a la gente. Probablemente, ni siquiera podrían concebir que Jesús podría milagrosamente alimentar a la multitud. Sentían que estaban haciendo bien por la multitud, al enviarlos a que se alojen y encuentren alimentos. Para los discípulos, la solicitud de darles de comer ellos, debe haber sonado extraña o incluso increíble. Era obvio que no tenían los recursos para alimentar ni siquiera una fracción de la multitud. Con esta declaración, Jesús desafió la fe y compasión de ellos. Jesús quería que hicieran este trabajo de manera ordenada y organizada, y también quería que disfrutaran de la comida. El mandato sugiere que esto era más que solo poner comida en sus estómagos; eso podría hacerse de pie. La idea era que había algo así como un ambiente de banquete y de disfrute. Organizarlos en grupos, de cincuenta en cincuenta también permitió contar con mucha más facilidad a la multitud, dando más confiabilidad al número de unos cinco mil hombres. Jesús tomó lo poco que tenían y le dio gracias a Dios por ello. Sería fácil pensar que una cantidad tan pequeña de alimento no valía nada para alimentar a una multitud tan grande, pero Jesús usó lo que tenía a mano. En el relato de Juan (Juan 6:8-9) nos enteramos de que estos cinco panes y dos pescados vinieron de un niño. La pequeña cantidad de comida con la que comenzaron fue prestada de un joven que trajo la comida con él. Cuando Jesús bendijo antes de la comida, no estaba bendiciendo la comida. Él bendecía a Dios por suplirla. La idea es agradecer a Dios por bendecirnos con la comida. Jesús milagrosamente multiplicó los panes y los peces, hasta que más de cinco mil fueron alimentados. Lo que tenemos en nosotros para dar a los demás es insignificante, pero cuando lo ponemos en las manos de Jesús, Él puede hacer grandes cosas con nuestros dones y talentos para tocar las vidas de los demás.

Pastor Carlos Umaña Comunidad Cristiana Lifehouse.