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Escribiendo después de la catástrofe de la derrota de Jerusalén, Jeremías piensa en el contraste entre la feliz y próspera Jerusalén y la ciudad solitaria, vacía y conquistada después de la conquista babilónica. Antes populosa, ahora está vacía. Una vez fue grande entre las naciones, ahora es como una tributaria. Jeremías nunca se menciona específicamente como el autor de Lamentaciones, pero es una conclusión razonable tanto de la larga tradición como de la gran similitud con el libro de Jeremías. Es probable que escribiera esta colección de cinco poemas después de que los babilonios conquistaran Jerusalén, pero antes de que lo llevaran a Egipto en contra de su voluntad. En todas las copias de la Septuaginta, ya sea de las ediciones romana o alejandrina, se encuentran las siguientes palabras como parte del texto: “Y aconteció después que Israel fue llevado cautivo, y Jerusalén quedó desolada, que Jeremías se sentó a llorar: y se lamentó con este llanto sobre Jerusalén; y él dijo…”.
La moneda acuñada por Vespasiano en la toma de Jerusalén, en el anverso de la cual hay una palmera; el emblema de Judea, y debajo una mujer; el emblema de Jerusalén, sentada, inclinada como antes fue descrito, con la leyenda Judea capta, la cual recuerda la primera guerra judeo- romana del año 63 d,C, ilustra esta expresión. Con habilidad poética Jeremías pensaba en Jerusalén como la princesa viuda abatida, llorando desconsoladamente sin nadie que la consolara. El dolor de Jeremías es profundo y claro; a pesar de que la conquista de Jerusalén reivindicó las muchas profecías de Jeremías, él no tiene un sentido de triunfo ni de “se los dije”. Jeremías se entristece profundamente con el dolor de Jerusalén y Judá.
En este breve Libro de Lamentaciones, el espíritu del hombre se revela sorprendentemente. No hay júbilo por el cumplimiento de sus predicciones, y hay una doble lealtad manifiesta en todo momento, primero a Dios en la confesión del pecado, y luego a su pueblo en la expresión de su dolor. Israel siempre se enfrentó a una elección ineludible. Podía confiar en Dios para su seguridad contra la agresión externa, o podía recurrir a aliados grandes y pequeños. En días mejores, Jerusalén disfrutó de alianzas leales. Esos que alguna vez fueron sus amigos se convirtieron en sus enemigos. Después de las imágenes poéticas de los primeros versículos, Jeremías simplemente reportó el hecho. Judá fue conquistada y hecha cautiva. Las entradas a la ciudad, alguna vez concurridas, se vieron vacías (todas sus puertas están asoladas) y todos los que estaban relacionados con Jerusalén se sienten desanimados; suspiran y están afligidos. Los enemigos de Judá son bendecidos al prosperar y dominar sobre ellos. Las rutas a Jerusalén, una vez atestadas de peregrinos que subían al Templo para participar en los ritos festivos, ahora están completamente desiertas.
Jeremías entendía que esta catástrofe no se debía al destino, la crueldad humana, o los ciclos ciegos de la historia. Fue porque Judá había pecado por tanto tiempo y tan profundamente que fue la voluntad de Dios afligirla con severa corrección. Fue por la multitud de sus rebeliones. El dolor de Jeremías se amplificaba al pensar en cómo solía ser en Jerusalén. Ahora, el pueblo y el lugar de Jerusalén estaban desolados y derrotados. La tragedia de la caída de Jerusalén era peor después de considerar cómo las cosas una vez fueron mucho mejores.
El recuerdo de días de cosas agradables dolía en los días de su aflicción, y de sus rebeliones. Cuando el enemigo vino contra ella, Jerusalén estaba completamente sola; la ayuda que muchos esperaban de Egipto nunca llegó. Por esto, los adversarios la vieron y se burlaron de su caída. La ciudad una vez digna fue humillada y expuesta. Como una reina despojada de sus vestiduras reales, ella suspira, y se vuelve atrás. Aquí se la compara con una prostituta degradada y desaliñada, que expone descaradamente su desnudez y es indiferente a las marcas de la sangre menstrual. Como una mujer (u hombre) insensata, Jerusalén nunca pensó a dónde la llevaría su camino de pecado y rebelión. Su falta de previsión significó que su colapso fue sorprendente.
Una oración, como si saliera de los labios de la ciudad afligida, irrumpe en la descripción de la miseria. Sin un consolador que la ayudara cuando el enemigo se engrandece, lo único que Jerusalén podía hacer era clamar al Dios que ella había rechazado. Ahora bien, aquellos mismos extranjeros a quienes se les había prohibido entrar en la congregación de los israelitas, estaban contaminando la casa sagrada de la manera más lasciva.
Pastor Carlos Umaña
Comunidad Cristiana Lifehouse.
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