Job una vez más describe su presente crisis. Describía los persistentes dolores que siempre estaban con él; pero para él primero estaba la crisis del alma. Con poder poético y elocuencia, Job describió la agonía física de su sufrimiento. En un estallido de dolor final, Job lucha con el dolor puro de su enfermedad como si fuera objetivamente un monstruo aterrador, masticando su piel día y noche. En la tradición clásica hay dos maneras de solicitar el favor de Dios. Una es tratando muy duro de ser muy muy bueno y esperar que Dios se dé cuenta. La otra manera es rogar a Dios por su bendición y negarnos a dejar de insistir hasta que cumpla. Son esos que se niegan a rendirse en Dios quienes terminan con su bendición.

Clamo a ti, y no me oyes: Este era el peor aspecto del sufrimiento de Job, el sentimiento de que Dios lo había abandonado. Innegablemente, sentía que Dios estaba en su contra. Efectivamente, Job sentía que Dios quería destruirlo y terminaría haciéndolo. El constante ataque de Dios, su despiadado poder, era tan completamente opuesto a la ‘amistad íntima’ que Job tenía con Dios en esos días pasados donde aún percibía que Dios estaba de su lado. Bajo depresión del espíritu él estaba seguro de que moriría muy pronto; temía que Dios no relajaría los golpes de su mano hasta que su cuerpo se convirtiera en una ruina, y entonces tendría descanso. Pero él no murió en esa ocasión. Él se recuperó completamente, y Dios le dio el doble de todo lo que había tenido antes. Una vida de utilidad y felicidad, y le fue dada honra y, sin embargo, había puesto su propia lápida, y se consideró a sí mismo un hombre muerto.

Job decía, Dios, tú eres más misericordioso que esto. No afligirías a un patético sepulcro si tan solo clamara a ti. Job se preguntaba porque Dios no respondía a sus clamores. La pena suprema fue que cuando clamó a Dios, no hubo respuesta. Él afirmaba que en con todo el dolor que había soportado, había una amplia justificación para todas sus quejas. Como es nuestra tendencia natural, Job malinterpreta el silencio de Dios como falta de interés e indiferencia. Job asume que el silencio de Dios significa desagrado.

Él se preguntaba por qué Dios no lo trataba con la misma amabilidad que Job había mostrado a otros. Es imposible leer esta sección sin sentir que la protesta se acercaba a la rebelión en el alma de este hombre. Definitivamente, acusó a Dios de crueldad (ver versículo 21), y en sus preguntas, ¿No lloré yo al afligido? ¿No se entristeció mi alma por el menesteroso? (Versículo 25), estaba comparando la actitud de Dios hacia él con su propia actitud hacia los afligidos en sus días de fuerza y prosperidad. El alma sensible de Job era otra demostración de su piedad y era adecuada para cualquier siervo de Dios. Un hombre en el ministerio que no puede sentir, mejor debería renunciar a su oficio. Hemos escuchado de algunos que no dejan de hablar de la gracia, como si fuera una medicina para las náuseas, y los hombres eran forzados a tomar de esto con palabras duras y abuso violento. Siempre hemos pensado que tales hombres hicieron más daño que bien, pues mientras buscaban vindicar la carta evidentemente perdieron el espíritu de fe que alguna vez fue entregado a los santos. Algunas de nuestras divinidades son frías e impasibles; pronuncian verdades como si no les interesara si el hombre las recibía o no. Para estos hombres el cielo y el infierno, la muerte y la eternidad, son simples temas para oratoria, pero no les provocan emoción.

Tal vez Job intentó tomarlo con calma y no preocuparse tanto por sus problemas, pero le fue imposible. Su agonía física y espiritual era más de lo que parecía que podía soportar o con lo que sus amigos pudieran identificarse. Por mi triste y continuo clamor me parezco a los chacales o a las hienas. A las hijas del aullido: se entiende generalmente que son los avestruces; pues tanto el chacal como el avestruz hembra son reconocidos por su triste lamento, y por su apego a los lugares desolados.

Pastor Carlos Umaña Comunidad Cristiana Lifehouse.