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Posiblemente, Dios pudo haber diseñado una forma de salvarnos que no requiriera el sufrimiento del Hijo de Dios. Pero era apropiado que Jesús nos salvara a costa de su propia agonía. Esta es la máxima ilustración de la verdad que el amor verdadero, la verdadera entrega, implica sacrificio. Como dijo David: no ofreceré a Jehová mi Dios holocaustos que no me cuesten nada. El amor que Dios tiene por nosotros tenía que mostrarse en sacrificio y Dios no podía sacrificar a menos que agregara humanidad a su deidad y sufriera por nosotros.

Jesús es el capitán, el autor, el líder de nuestra salvación. Esto tiene implicaciones maravillosas: Un capitán hace todos los arreglos para la marcha, y Jesús hace todos los arreglos para nuestro progreso como cristianos. Da las órdenes a sus tropas: “Ve” o “Quédate” o “Haz esto”. Jesús nos manda como nuestro capitán. Lidera el camino y es un ejemplo para sus hombres, y Jesús hace esto por nosotros. Anima a sus hombres, y Jesús nos anima y alienta. Recompensa a sus tropas, y Jesús recompensa a sus seguidores. No faltaba nada en la deidad de Jesús. Sin embargo, hasta que se hizo hombre y sufrió, Dios nunca experimentó sufrimiento.

El perfeccionar no implica que haya habido imperfección moral en Jesús, sino solo la consumación de esa experiencia humana de tristeza y dolor por la que debe pasar para convertirse en el líder de la salvación de su pueblo. Sabemos que, si solo hubiera sido Dios, no habría sido apto para un Salvador perfecto, a menos que se hubiera hecho hombre. El punto es que convenía para el Padre hacer esto, en el sentido de que Jehová quiso quebrantarlo por el bien de llevar muchos hijos a la gloria. Todos somos de la misma familia humana, por lo que Jesús no se avergüenza de llamarlos hermanos. Él no podía ser nuestro hermano a menos que fuera humano como nosotros. No es extraordinario que no esté avergonzado de asociarme con Jesús. Pero es extraordinario que Él no se avergüenza de llamarnos hermanos. En cada uno de estos ejemplos vemos al Mesías dispuesto a asociarse con sus hermanos, ya sea en una congregación de adoración, una comunidad que confía en el Padre, o declarando una asociación familiar común. La cita maravillosa del Salmo 22:22 nos recuerda que Jesús cantó, alabando a su Padre en medio de la congregación. ¿Jesús cantó? Sí, literalmente. Después de la cena, cantaron un himno. Debe haber sido tan emocionante escuchar la voz de Cristo, temblando con emoción, cantando los Salmos, que constituían el Gran Hallel. Para que Jesús cumpliera con su rol de “Hermano Mayor” para la familia de los redimidos, Él tuvo que participar de carne y sangre. Él tuvo que entrar a la prisión para liberar a los cautivos.

Jesús destruyó el “derecho” de Satanás a gobernar sobre el hombre, el cual presuntamente le fue dado en el jardín de Edén por la rebelión de Adán. La idea es que Jesús le quitó a Satanás el “derecho” de gobernar al permitir que Satanás le quitara “ilegalmente” la vida a Jesús en la cruz, y el acto “ilegal” de Satanás contra Jesús le hizo perder su derecho a gobernar sobre el hombre. En esta forma de pensar, el resultado final es que el diablo no tiene derecho sobre aquellos que vienen a Dios a través de la obra de Jesús en la cruz. Como la muerte solo tiene dominio sobre aquellos que fueron nacidos pecadores o que han pecado, Satanás no tenía “derecho” a tomar la vida de Jesús, quien nunca pecó ni nació siendo pecador, y el diablo cometió un asesinato “ilegal” conforme a su naturaleza. Jesús le permitió al diablo herir su calcañar para que Él le pudiera herir en la cabeza. El problema con este enfoque es que sabemos que el diablo no le quitó la vida a Jesús. Jesús la entregó por su propia voluntad. Sin embargo, uno podría decir que el diablo es culpable de “intento de asesinato ilegal” de alguien sobre quien no tenía ningún derecho, porque no había mancha de pecado en Jesús. Satanás ciertamente quería asesinar a Jesús y lo intentó, y es culpable de eso. Ni la Deidad ni la humanidad de Jesús son negociables. Si hacemos menos a cualquiera de las dos, entonces Él no puede salvarnos.

El sumo sacerdote llevaba un peto que tenía piedras con los nombres de las tribus de Israel grabadas en su pecho y en sus hombros. Por lo tanto, el sumo sacerdote estaba en constante solidaridad con el pueblo de Dios, llevándolo sobre su corazón y sobre sus hombros. Jesús no llevaba puesto el peto del sumo sacerdote; pero la herida en su pecho y la cruz en sus hombros son un testimonio mucho más elocuente de su corazón por nosotros y de lo que hizo por nosotros, para expiar los pecados del pueblo. Algunos se preguntan si Jesús fue realmente tentado. Después de todo, como Él era Dios (ellos razonan), no podía pecar, entonces su tentación no podía ser real. El escritor a los hebreos insiste en que no solo fue real la tentación de Jesús, sino que fue tan real que padeció bajo ella. Jesús conocía las tentaciones del poder y las tentaciones del dolor. Él conocía las tentaciones de la riqueza y las de la pobreza. Conocía las tentaciones de la popularidad y del rechazo. Él conocía las tentaciones del niño y las tentaciones del hombre. Conocía las tentaciones de sus amigos y de sus enemigos. Él conocía las tentaciones de su familia y las de los extraños. Como Jesús agregó la humanidad a su deidad y ha experimentado el sufrimiento humano, Él puede ayudarnos en nuestra tentación. Él sabe por lo que estamos pasando.

Pastor Carlos Umaña
Comunidad Cristiana Lifehouse.

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