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El Apóstol Pablo escribió esta carta a sus amigos cercanos, los cristianos en Filipos, desde la casa en la cual se le tenía custodiado en Roma, como esta descrito al final de los Hechos mientras él esperaba a comparecer en la corte ante César (alrededor del año 61 D.C.). La iglesia en Filipos fue fundada por Pablo algunos once años antes de haber sido escrita esta carta, durante su segundo viaje misionero. Esta era la primera iglesia establecida en el continente de Europa.
Pablo dirigió esta carta a tres grupos. A todos los cristianos en Filipos. Todos los cristianos son santos, pero sólo en Cristo Jesús. A los obispos: En un sentido general, esto significaba que estaba dirigido a aquellos con responsabilidades de liderazgo. La antigua palabra griega significa Inspectores (supervisores) y era utilizado para describir el liderazgo en general antes que viniera a describir un cargo en específico reconocida por algunas tradiciones cristianas. Y a los diáconos: Aquellos que tenían posiciones reconocidas de servicio. Pablo dio su saludo familiar de gracia y paz, reconociendo de esta manera que éstos llegan a nosotros únicamente de Dios nuestro Padre y a través de su Hijo.
Cuando Pablo recordaba todo lo que los Filipenses hacían por él, estaba extremadamente agradecido. Él tenía un agradecimiento natural por los Filipenses, pero más a Dios quien ha obrado tal bondad a través de ellos. Pablo oraba por los Filipenses y él lo hacía con gozo. Esta es una manera en la que Pablo sentía que podía recompensar a los Filipenses por lo que ellos hicieron por él. Es una revelación gloriosa el ver cómo la vida en compañerismo con Cristo triunfa sobre las circunstancias adversas. El triunfo, además, no es una indiferencia estoica. Es más bien el reconocer el hecho de que todas las condiciones aparentemente adversas son hechas aliadas del alma y ministros de victoria, bajo el dominio del Señor. Esta es la gran carta en donde Pablo cantó. Fue en Filipos en donde él cantó en prisión en la media noche, en compañía de Silas. Y de nuevo él estaba en prisión, pero ahora en Roma. Los Filipenses no esperaron para ver qué Pablo fuera un “ganador” antes de que ellos le apoyaran. Ellos apoyaron a Pablo y a su ministerio rápidamente. Cuando Pablo enseñó del comienzo de la obra de Dios entre ellos, era natural de que él pensara en el día en que se perfeccionará dicha obra. Pablo también expresó su confianza en la habilidad de Dios para perfeccionar esa obra. Esta obra en el creyente no se perfeccionará sino hasta el día de Jesucristo, el cual, en el contexto, tiene la idea de la segunda venida de Jesús y de nuestra resurrección con Él.
La gratitud de Pablo, el gozo y deseo de orar por los Filipenses está en lo correcto, debido a que ellos estaban junto a él durante sus pruebas por el evangelio, y ellos recibieron la misma gracia que él recibió. Pablo era un hombre con un intelecto sobresaliente, pero él también era un hombre con un gran corazón, y los Cristianos Filipenses estaban en su corazón. Y aún él podía decir de que Dios era su testigo al considerar su entrañable amor por ellos.
Pero el amor que Pablo quería que los Filipenses tuvieran no era un “amor ciego”. Era un amor que tenía ciencia y en todo conocimiento; era un amor que podía aprobar lo mejor. Pablo sabía del peligro de un amor sin discernimiento (conocimiento). El reprendió a la iglesia de los Corintios, los cuales se gloriaban en su “amor” y en su “franqueza” el cual estaba falto de cualquier sentido de ciencia y conocimiento. Cuando aprobamos y recibimos lo mejor, entonces nos hacemos sinceros (al hablar de una justicia interior) e irreprensibles (al hablar de una justicia externa la cual se puede ver). Para el día de Cristo significa que estas cosas incrementan evidentemente en nuestras vidas hasta que Jesús vuelva. El ser sinceros es importante, pero por sí solo no basta. Algunos pecadores notorios en los días de Jesús, tales como los publicanos eran sinceros, pero aun así necesitaban arrepentirse. Y también, el ser irreprensibles ante los demás es importante, pero esto también no es suficiente. Los Fariseos en los días de Jesús eran irreprensible a la opinión de muchos. Nosotros debemos de querer que Dios nos haga sinceros e irreprensibles.
La obra de convertirse en sinceros e irreprensibles es en realidad la obra de Dios dentro de nosotros. Y esto sucede cuando estamos llenos de frutos de justicia. El llevar fruto es siempre el resultado de permanecer en Jesús. Al permanecer en Él nosotros recibimos la vida y los nutrientes que necesitamos para llevar naturalmente frutos para gloria y alabanza de Dios. Cualquier genuino seguidor de Dios tiene su gloria a vista de todo lo que él hace, dice, o piensa. Él ama el glorificar a Dios, y él le glorifica al mostrar en su conversión la gloriosa obra del glorioso poder del Señor.
Pastor Carlos Umaña
Comunidad Cristiana Lifehouse.
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