Dios anuncia la muerte de los primogénitos. Aquí encontramos las instrucciones de Dios para Moisés acerca de la última calamidad. Mucho antes de esto, Dios le dijo a Moisés que Él mandaría una plaga a Egipto la cual causaría la muerte de los primogénitos (Éxodo 4:21-23). Después de esta plaga final, Faraón no solamente permitiría a Israel marcharse, él los echaría.

Faraón aún no estaba convencido, pero el pueblo de Egipto ya deseaba ver al pueblo de Israel marcharse. Deseaban tanto que se marcharan que les dieron regalos de plata y de oro para que se fueran. Así fue como los esclavos de Israel recibieron sus salarios del tiempo que estuvieron como esclavos, y del cómo no se fueron de Egipto con las manos vacías. Estas joyas fueron usadas después para adornar y enriquecer el Santuario. Éstas brillaban en el peto del Sumo Sacerdote, y brillaron en los vasos sagrados. Aún cuando el corazón de Faraón no estaba persuadido, todo Egipto (incluyendo a los siervos de Faraón) sabían que Jehová Dios era más grande que los dioses de Egipto y que Moisés era un siervo de este gran Dios. Es interesante que la relevancia que no tuvo siendo príncipe de Egipto, la tuvo siendo príncipe de Dios.

Mientras Moisés estaba parado quieto ante Faraón, por primera vez Dios le guio para decir específicamente lo que pasaría a los primogénitos de Egipto. Ellos morirían, todos, debido a que los egipcios no dejaban ir al primogénito (Israel) de Dios. Por lo tanto, habrá gran clamor por toda la tierra de Egipto.

Hasta el primogénito de la sierva que está tras el molino: El sentarse detrás de los dos molinos (es lo que dice literalmente en hebreo) es el hacer el trabajo de más bajo rango que una mujer esclava podía hacer en una casa, el moler maíz. En vista de la ley de la primogenitura, el golpe sería el más terrible que podría ser dado. Pero contra todos los hijos de Israel … ni un perro moverá su lengua: A pesar de la gran calamidad por venir, Dios le permitiría a los egipcios la habilidad de ver la situación como en realidad era: la culpa era de su propio Faraón, no era culpa de Moisés o de los hijos de Israel. Esto era aún una peor noticia para Faraón. Quizás a un político no le importaría la calamidad si puede culpar a alguien más. Aquí, Dios promete al mismo Faraón que él llevaría la culpa. Un derrame sin precedente de dolor le seguiría, pero entre los Israelitas habría tal tranquilidad en esa tarde que ningún perro tendrá la ocasión de ladrar. Ellos han hecho llorar a Israel: y Dios usualmente toma represalias del daño al daño, número a número, elección a elección, clamor a clamor.

Quizás algunos en ese día (incluyendo a Faraón) les fue fácil decir: Los Egipcios tienen dioses, y los Israelitas tienen un Dios. ¿Cuál es la diferencia? En Su abrumadora demostración de poder sobre las deidades egipcias, Dios mostró que si había una diferencia. Dios mismo puso la diferencia entre aquellos quienes son su pueblo y aquellos quienes no lo son. Hay muchas distinciones entre los hombres las cuales un día desaparecerán; pero permitan recordarles que en un inicio esta es una distinción eterna. Las últimas palabras de Moisés a Faraón le dijeron que él y el resto de los egipcios le ordenarían al pueblo de Israel marcharse.

Faraón no os oirá: Si nueve pagas habían venido de la mano de Dios, uno podría esperar que la advertencia de una décima plaga debía ser cierta; pero el corazón de Faraón permanecía duro, y Dios fortaleció a Faraón en su endurecimiento de corazón. Las nueve plagas pueden ser vistas como un todo. Ellas tocaron cada fase de la naturaleza: minerales, animales, vegetales, humanos. Ellas afectaron a las personas y las propiedades, e incluyeron a todo, desde lo más alto hasta lo más bajo. Aquí, por cuarta ocasión, se nos dice que Dios endureció el corazón de Faraón. Pero Dios nunca endureció el corazón de Faraón sino hasta que él lo endureció primero en contra del Señor y de Su pueblo.

Pastor Carlos Umaña Comunidad Cristiana Lifehouse.