Después de la ceremonia de dedicación, la nube cubrió el tabernáculo de reunión, y la gloria de Dios llenó la morada. Con la entrega de la ley y el establecimiento de las instituciones del tabernáculo y el sacerdocio, se cambió la función de Moisés. Había servido como caudillo, profeta y sacerdote, pero ahora, Moisés no podía entrar en el tabernáculo de reunión, porque la nube estaba sobre él, y la gloria de Dios había llenado la morada. La presencia visible del Señor puso su sello de aprobación sobre la gente, el tabernáculo mismo, e indicaba que Israel sería un reino de sacerdotes y una nación santa: Dios era Rey. Como soberano, él indicaría cuándo partirían de un lugar y cuándo se quedarían; en todas sus etapas, la nube de Dios estaba de día sobre el tabernáculo; y el fuego estaba allí de noche, a la vista de toda la casa de Israel.

Moisés le serviría de profeta e intérprete de la ley; Aarón y sus hijos desempeñarían la función ceremonial de sacerdotes; el Decálogo serviría de constitución legal, y el Señor que los había redimido y los había llamado a sí mismo estaba presente para guiarlos y ser su Rey soberano. De ser un pueblo esclavizado Dios los había convertido en una nación libre, en un pueblo peregrino en marcha hacia la tierra prometida, y el Señor peregrinaba con ellos. Años más tarde, con la desobediencia de la nación, el apóstol Juan volvió al tema y dijo que Dios no había fracasado en su propósito, sino que había puesto su tabernáculo entre nosotros en la persona de su Hijo:

“…Y el Verbo se hizo carne y habitó (literalmente “puso su tienda”) entre nosotros, y contemplamos su gloria, como la gloria del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad…” – (Juan 1:14).

Después dijo: “…La ley fue dada por medio de Moisés, pero la gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo…” – (Juan 1:17). ¡La gloria de Dios ha llenado el mundo, y el reino es de él para siempre!

Con cuántas ansias debe haberse agolpado el pueblo para contemplar la sagrada estructura. Y mientras contemplaban con reverente satisfacción, la columna de nube flotó majestuosamente sobre el tabernáculo, descendió y lo envolvió. De esta manera Dios demostró su aprobación de todo lo que se había hecho. El Señor aceptó la casa que le había sido preparada y entró en ella. Con profunda emoción el pueblo vio la señal de que la obra de sus manos había sido aceptada. Ahora se daba cuenta de que Dios mismo habitaría entre ellos y los acompañaría en su viaje. El libro del Éxodo concluye adecuadamente con una sublime manifestación de la gloria y del poder de Dios. Termina como terminará la historia de este mundo: con el descenso de la gloria del Señor para morar entre los hombres.

Concluimos nuestro comentario al libro de Éxodo, extractando algunas ideas: “El descenso de los hijos de Israel a la tierra de Egipto es el comienzo del exilio de Israel. El mismo no concluirá hasta que ellos hayan regresado a su tierra de origen, alcanzando el nivel de sus patriarcas. Empero, cuando los hijos de Israel salieron de Egipto, a pesar de que ya hablan sido liberados de la esclavitud, todavía se los consideraba como exiliados, porque estaban en una tierra que no era de ellos, vagando por el desierto. Pero cuando ellos llegaron al monte Sinaí y construyeron el tabernáculo y volvió el Señor e hizo posar su Presencia Divina entre ellos, ellos alcanzaron otra vez el nivel de sus patriarcas. Y a partir de entonces ya fueron considerados como redimidos. Es por eso que este libro concluye con el relato de la edificación del Tabernáculo diciendo que la Gloria de Dios lo colmaba. La nube no estaba sobre el tabernáculo durante los viajes, sólo cuando acampaban.

Pastor Carlos Umaña Comunidad Cristiana Lifehouse.