Después de la ceremonia de consagración, los sacerdotes continuaban con sacrificios diarios, uno por la mañana y otro a la caída de la tarde. Todos los días eran entregados a Dios, comenzando y terminando con sacrificios de expiación y consagración. Se usaba también un vino dado a Dios como sacrificio, derramado delante de Él como una demostración de despojarse completamente de uno mismo para Dios. El Apóstol Pablo usó la terminología de la libación para expresar su completa devoción a Dios y su posible pronto martirio en Filipenses 2:17. Las ofrendas quemadas – completamente consumidas por el fuego – agradaban a Dios y eran “olor grato” para Él. Dios es honrado y glorificado a través de nuestra completa rendición hacia Él.

A excepción de los tiempos de cautiverio y apostasía nacional, estos sacrificios diarios continuaron en Israel hasta el tiempo del Nuevo Testamento. Lucas 1 describe a Zacarías (el padre de Juan el Bautista) ministrando en un sacrificio matutino, el cual se convirtió en lo que podríamos llamar “devociones matutinas” para el antiguo Israel. Dios quería sacerdotes consagrados y una nación adoradora, y no porque simplemente quisiera una “fuerza de trabajo bien entrenada”. Dios quería sacerdotes consagrados y sacrificios diarios, para poder reunirse y hablar con su pueblo. Esta es la gran razón para la consagración, para un sentido de entrega total a Dios. No es principalmente para que podamos ser mejores trabadores para Dios, sino para que podamos disfrutar de una relación más profunda y significativa con Él. Si esto es de poco interés para nosotros, nunca estaremos debidamente motivados para la verdadera consagración.

Era la presencia de Dios la que realmente santificaba y consagraba al tabernáculo y a los sacerdotes. No era principalmente por lo que hacían los sacerdotes. Lo que hacían los sacerdotes al consagrar era quitar las barreras para la radiante gloria de Dios. Dios dejó en claro quién realiza la obra de consagración. Somos tentados a pensar que nosotros nos santificamos a nosotros mismos porque estamos muy inmersos en el proceso de santificación y porque esta saca tanto de nosotros. Pero Dios es quien hace la obra – lo que nosotros hacemos es remover las barreras y pasar tiempo con el enfoque en Él.

Aarón y sus hijos tenían un ministerio hacia el pueblo de Israel, pero su primer ministerio era hacia el Señor. Ellos podían tener éxito al ministrar al pueblo, pero si fallaban en el ministerio hacia el Señor, entonces su ministerio fracasaba.

Dios prometió mostrar Su gloria a través de sacerdotes consagrados. Cuando Moisés y Aarón realizaron esta ceremonia de consagración, Levíticos 9:23-24 nos cuenta el resultado: y la gloria de Jehová se apareció a todo el pueblo. Y salió fuego de delante de Jehová, y consumió el holocausto con las grosuras sobre el altar; y viéndolo todo el pueblo, alabaron, y se postraron sobre sus rostros.

Hay un precio que pagar por rendirse completamente a Dios. La ceremonia de consagración era larga, sangrienta y requería perseverancia para completarla. Pero la recompensa era más grande que el costo – la gloria del Señor se revelaba no solo a los sacerdotes consagrados, sino al pueblo en general. Dios nuevamente enfatizó la idea de relación en el proceso de consagración. Esta relación con Dios llena de adoración, es el instrumento y el fruto de la consagración.

Pastor Carlos Umaña Comunidad Cristiana Lifehouse.