Los primeros versículos de Éxodo se extienden por algunos 430 años. La historia de Éxodo comienza donde la historia de Génesis termina: en una gran familia con una posición crucial en el plan eterno de Dios y su migración a Egipto. El título hebreo para el Libro de Éxodo fue tomado de las primeras palabras: “Estos son los nombres de”. En el lenguaje original, la primera palabra de Éxodo es ‘y’ (éstos), lo cual marca su continuidad del libro de Génesis. En la septuaginta —la traducción del Antiguo Testamento al griego— buscaron un título que describiera el contenido de cada libro. El segundo libro de Moisés narra la salida de Israel de Egipto. Por eso, los traductores usaron la palabra exodos, que en griego significa salida. Este nombre se ha preservado en la mayoría de los demás idiomas hasta nuestros días. En cuanto al autor aunque el libro no dice quién lo escribió, tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento y la tradición indican que Moisés fue el autor de los primeros cinco libros de la Biblia. Esta atribución data desde el tiempo de Josué (Josué 8:31–35) y Jesucristo también lo confirmó (Marcos 12:26; Lucas 24:44). Esta opinión nunca se discute ni en la Biblia ni en los escritos históricos antiguos.

José era el notable bisnieto de Abraham, quien salvó a Egipto – y el mundo – de un hambre terrible puesto que escucho a la voz de Dios la cual habló a través del sueño de Faraón. Debido a su sabiduría y a su buena administración él fue enaltecido y fue honrado con un puesto en Egipto. Pero, eventualmente, José murió, y el estatus que su familia disfrutaba murió con él. En Génesis 47:27 dice: Así habitó Israel en la tierra de Egipto, en la tierra de Gosén; y tomaron posesión de ella, y se aumentaron, y se multiplicaron en gran manera. Ellos ciertamente se multiplicaron al pasar las generaciones – así que se llenó de ellos la tierra. Esta familia comenzó con cinco miembros en Harán: Jacob, Raquel, Lea, Zilpa y Bilha. Bendecidos por Dios la familia de Israel creció rápidamente en los años que estuvieron en Egipto.

Los antiguos egipcios eran famosos – o infames – por su sentido de orgullo racial hacia otras personas. No es sorprendente el verlos atemorizados y el de ser discriminantes contra esta fuerte minoría entre ellos, el cual parecía que muy pronto ya no sería la minoría. En aquel tiempo los egipcios temían de una invasión por parte de los heteos al norte. Si los hebreos, que se encontraban entre ellos, se unían a los heteos, esto significaría un riesgo real a su seguridad.

Cuando a los hijos de Israel se les impuso labores de esclavos ellos construyeron muchas de las grandes ciudades y monumentos de Egipto – excepto las pirámides, las cuales se construyeron mucho antes. Como no sabemos exactamente cuándo esta fuerza laboral comenzó, tampoco sabemos cuanto duró. Algunos estiman que la esclavitud duró 284 años, otros dicen que duró 134 años.

Existe una famosa pintura de pared en una antigua tumba de Tebas, Egipto (el Luxor moderno) – la tumba del capataz de los esclavos que hacían los bloques durante el reinado de Tutmosis III. La pintura muestra a dichos capataces armados con pesados látigos. Su rango se denota por la una larga vara tomada en sus manos y el jeroglífico egipcio de la cabeza y cuello de una jirafa.

Pero cuanto más los oprimían, tanto más de multiplicaban y crecían: Este era el propósito de Dios para Israel durante su estancia en Egipto. Egipto sirvió como el vientre de una madre para Israel, fue un lugar donde ellos crecieron rápidamente de un gran clan a una poderosa nación. La nación no podría crecer de esta manera en Canaán, ya que era prácticamente imposible el evitar matrimonios mixtos con los habitantes paganos y malvados de Canaán. En Egipto había una parcialidad en cuanto a la raza, tenían un sistema de separación racial la cual permitió que Israel creciera allí durante varios siglos sin ser asimilados. Este crecimiento, al pie de la aflicción, a sido consistentemente la historia del pueblo de Dios durante todas las edades – cuanto más sea la aflicción, mayor será su crecimiento. Como lo dijo el antiguo escritor cristiano Tertuliano, “La sangre de los mártires es la semilla de la Iglesia.” El sufrimiento y la persecución son como las olas que vienen sobre el barco la cual parece que pueden destruirlo; pero el barco atrapa a la ola y la usa para agarrar velocidad.

Y amargaron su vida con dura servidumbre: Debido a que el propósito de Dios era el de bendecir a Israel, y el de cumplir Su rol hacia ellos dentro de Su plan eterno, entonces no habría ninguna cantidad de aflicción la cual pudiera derrotar Su propósito. Los egipcios intentaron su mejor esfuerzo a través de una cruel esclavitud; pero no funcionó. El principio de Isaías 54:17 es demostrado como cierto: Ninguna arma forjada contra ti prosperará. La maldad de los egipcios podría herir a los hijos de Israel, pero nunca podrían derrotar el plan de Dios para ellos. El Faraón pensó que era mejor no matarlos; pero él quería que fueran esclavos. En medio del cruel y difícil servicio, la vida pudo parecer desesperante para los hijos de Israel, y la idea de pensar de que Dios estaba trabajando en Su plan puro parecer muy distante para ellos – pero a pesar de ello era verdad.

Pastor Carlos Umaña Comunidad Cristiana Lifehouse.