Este era el hijo otorgado por una milagrosa promesa, en recompensa al fiel servicio de la mujer sunamita. El niño murió trágicamente en las piernas de su madre después de un breve tiempo de aflicción. Su cabeza le dolía gravemente; lo que, posiblemente, fue provocado por el calor de la temporada de la cosecha, al cual se expuso en el campo. Probablemente, afectado por insolación, la cual podía en un sujeto tan joven ocasionar pronto la muerte, especialmente en un país tan caliente.
Ella subió, y lo puso sobre la cama del varón de Dios, y cerrando la puerta, se salió: Esto muestra la fe de la mujer. Se preparó para la resurrección del niño, no para su funeral. Ella no tenía duda de que Elías había levantado de los muertos al hijo de la viuda de Sarepta; y creía que aquel que había obtenido este regalo de Dios para ella, podía obtener su restauración a la vida. La mujer sunamita no quería que Eliseo se enterara de su pena a través de su ayudante Giezi. Ella quería que el hombre de Dios lo escuchara de sus propios labios y sintiera su pena. Nada enmudece tanto el dolor como la intromisión y la indiferencia. Una mano más tierna que la de Giezi se necesitaba para abrir el triste secreto de ese pecho acongojado.
Eliseo parecía desconcertado al ver que esta mujer (por quien posiblemente oraba con frecuencia) estuviera en una crisis que le fuera oculta. En esta circunstancia, Eliseo estaba más sorprendido de que Dios no le hubiera hablado de lo sucedido. ¡Cuánto mejor sería para la iglesia si los maestros hubieran estado más dispuestos a imitar la modestia de Eliseo, y hubieran dicho sobre muchas cosas: “El Señor lo ha ocultado de mí!”
En vez de ir él directamente, Eliseo envió a su siervo Giezi con su báculo. Esto parece seguir el patrón anterior en el ministerio de Eliseo. Él no hacía cosas por la gente directamente, sino que les daba la oportunidad de trabajar con Dios y de confiar en Él por sí mismos. Dios le dijo a la alianza de reyes que cavaran estanques. Dios le dijo a la viuda que juntara vasijas y que echara el aceite ella misma. Puede ser que la mujer sunamita haya fallado en esta prueba, porque pensó que el poder para sanar estaba más conectado con Eliseo mismo y se negó a abandonar su presencia (no te dejaré).
El niño no fue sanado por el toque del báculo, aunque (hipotéticamente) pudo haber sido sanado con dicho toque si la sunamita hubiera recibido esta promesa con fe total. Dios sí sanó al hijo de la sunamita en respuesta a la oración de Eliseo. Él oró siguiendo el ejemplo de su mentor Elías. Eliseo oró con gran fe porque sabía que Dios había obrado de esta manera en la vida de su mentor Elías. También oró con gran fe porque sintió que Dios quería levantar a este niño de la muerte. Pudiera parecer que se incurrió en inmundicia ceremonial con el toque de este cadáver; sin embargo, fue hecho justamente para dar lugar al deber moral, y a una acción de gran piedad y caridad como lo fue esto, especialmente al haber sido hecho por un profeta, y por el instinto del Espíritu de Dios, quien puede dispensar de sus propias leyes.
Hay un contraste significativo entre la extendida súplica de Elías y Eliseo y la orden autoritaria de Jesús al levantar a los muertos. Elías y Eliseo, apropiadamente, rogaron a Dios que levantara a los muertos. Jesús ordenó a los muertos que se levantaran.
Este báculo suyo, era lo suficientemente largo, sabía él, para llegar hasta el cielo, tocar en esas puertas, sí, abrirlas con fuerza. Aunque los milagros en su mayoría eran hechos en un instante, algunas veces eran hechos paulatinamente, como aquí, y en 1 de Reyes 18:44-45.
Claro, hay un uso profundo y hermoso que se puede hacer de la acción del profeta de tenderse sobre el niño muerto, boca a boca, mano a mano, si lo consideramos como simbólico de esa intimidad de aproximarse a nuestra naturaleza, muerta en pecados, lo cual hace el Señor de la vida en su encarnación y en su continuo acercamiento a nosotros.
Pastor Carlos Umaña
Comunidad Cristiana Lifehouse.
