Aquí se describe brevemente el reinado del tal vez peor rey de Judá. Donde muchos reyes anteriores se quedaron cortos en algún área (normalmente permitían los sacrificios en los lugares altos), de Acaz simplemente se dice que no hizo lo recto ante los ojos de Jehová. Acaz tuvo muchos buenos ejemplos, en su padre y en su ancestro David. Acaz rechazó estos piadosos ejemplos y anduvo en su propio camino. No solo rechazó la piadosa herencia de David, sino que adoptó los impíos caminos de los reyes del reino del norte. El reino del sur tuvo una mezcla de reyes consagrados e impíos; el reino del norte solo tuvo reyes impíos, y Acaz siguió su ejemplo.
Miqueas 7: 2-7 es una buena descripción de la depravación de los tiempos de Acaz y la reacción del remanente de Dios ante ella. Él ofreció en sacrificio a su hijo y eso describe la participación de Acaz en la adoración a Moloc. El dios pagano (o demonio, con más exactitud) Moloc era adorado mediante una ceremonia que consistía en calentar una estatua de metal que representaba al dios hasta que estaba ardiendo, y entonces colocaban a un niño vivo en las manos estiradas de la estatua, mientras los tambores ahogaban los gritos del niño hasta que este moría quemado. En Levítico 20 Dios pronunció la sentencia de muerte contra todos los que adoraban a Moloc, diciendo: Y yo pondré mi rostro contra el tal varón, y lo cortaré de entre su pueblo, por cuanto dio de sus hijos a Moloc, contaminando mi santuario y profanando mi santo nombre.
Tristemente, incluso un hombre tan grande como Salomón sancionó la adoración a Moloc y después construyó un templo a este ídolo. Uno de los crímenes más grandes de las tribus del norte de Israel era su adoración a Moloc, lo cual los llevó a la cautividad asiria. El rey Manasés de Judá dio su hijo a Moloc. Hasta los días del rey Josías de Judá, que destruyó un lugar de adoración a ese ídolo la adoración a Moloc continuó. Las naciones que ocuparon Canaán antes del tiempo de Josué también practicaban esta terrible forma de sacrificios humanos y de niños. Dios traería juicio sobre Judá por su continua práctica de estos pecados.
Rezín rey de Siria y Peka hijo de Remalías, subieron a Jerusalén para hacer guerra: Esta era parte de la política antiasiria de Peka. Pensó que, con Judá derrotada, Siria e Israel juntos podrían resistir más efectivamente al poder resurgente del Imperio asirio. El pasaje de Isaías 7 deja claro que el objetivo de este ataque era destronar a Acaz y poner a un rey sirio sobre Judá, un cierto hijo de Tabeel. En general, Judá sufrió pérdidas terribles en este ataque. El rey Acaz perdió 120 000 soldados judíos y 200 000 rehenes civiles
en estas batallas contra Israel y Siria. Fue un tiempo oscuro para Judá, y parecía que la dinastía de David pronto se extinguiría, como habían terminado muchas otras dinastías en el reino del norte. Cuando este gran número de cautivos fueron llevados a Samaria, sucedió algo extraño y maravilloso. Un profeta llamado Obed reprendió al ejército que manejaba a los cautivos, y los exhortó a regresarlos a Judá. Estos líderes de Israel respondieron, dándose cuenta de que ya habían ofendido a Jehová y se arriesgaban a ofenderlo aún más. Así que arroparon y alimentaron a los cautivos (quienes antes de esto habían sido tratados horriblemente), y los regresaron a Judá.
Los ejércitos combinados de Siria e Israel eran lo suficientemente fuertes como para capturar muchas ciudades de Judá, pero no lo suficientemente fuertes como para derrotar Jerusalén y derrocar al gobierno de Acaz. La profecía de Isaías 7 —incluyendo el anuncio de la señal de Emanuel— vino de Isaías para el rey Acaz durante esta invasión de Israel y Siria. Como lo revelan los siguientes versículos, Acaz se negó a confiar en Jehová y en vez de eso puso su confianza en el rey de Asiria. Sin embargo, por amor a David, Dios no permitió que este desastroso ataque contra Judá prevaleciera. Él no permitiría que esta conspiración satánica contra la dinastía mesiánica de David tuviera éxito. Los reyes de Israel y Siria se consideraban a sí mismos como antorchas ardiendo, que venían a destruir a Judá y a la dinastía de David. Dios dijo que solo eran como pedazos de tizón que humean, que al final no harían mucho daño.
A través del mensaje de Isaías para Acaz, él le aseguró al perverso rey —quien realmente no escuchó— que: “Habrá un remanente que regresará a la tierra; y la virgen concebirá y dará a luz un hijo, para que no falte un rey sobre el trono de David. La dinastía nunca podría ser destruida, porque para el reino de Emanuel no habrá final”. Isaías le ofreció una señal para que tuviera la certeza de que tendría la ayuda de Dios en la batalla contra los enemigos combinados de Israel y Siria. Esta fue una oferta justa para un pecador infame; pero Acaz se negó bajo la excusa de no querer probar a Dios, cuando en realidad lo que él quería era confiar en el rey de Asiria.
Acaz se rindió a un enemigo para poder derrotar a otro. Se negó a confiar en el Dios de Israel, y se sometió él y a su reino a un enemigo de Israel. Esencialmente, Acaz hizo de Judá un reino sometido a Asiria. Acaz ahora acataba órdenes del rey asirio y sacrificó la independencia del reino de Judá. Cuando alguien apela a Dios diciendo: “Yo soy tu siervo y tu hijo; sube, y defiéndeme”, entonces Dios contesta. Es verdad que el rey asirio respondió y liberó a Acaz; pero fue una liberación que duró poco. Él realmente pudo haber asegurado su reino rindiéndose y sacrificándose a Dios de la misma manera.
Pastor Carlos Umaña
Comunidad Cristiana Lifehouse
