Con frecuencia Juan menciona ser nacido de Dios. Somos nacidos de Dios cuando ponemos nuestra confianza en Jesús y en su obra redentora en nuestras vidas. También entendemos que Juan no está hablando de aceptar intelectualmente que Jesús es el Mesías. Por el contrario, Juan se refiere a confiar en y depender de Jesús como Mesías. Existen muchos, que tienden a pensar al estilo de la nueva era, quienes creen que Jesús tenía el “espíritu de Cristo” – como también lo tenían Confucio, Mahoma, Buda y algunos modernos. Pero nosotros nunca diríamos que Jesús “tiene” el Cristo – Jesús es el Cristo. Ser nacido de Dios tiene estos dos efectos. Se asume que amaremos a Dios (el que engendró,) porque somos nacidos de nuevo en Su familia. También se asume que amaremos a otros quienes han sido engendrados por él; nuestros hermanos y hermanas en Cristo.

Así como nuestro amor por la gente refleja nuestro amor a Dios, nuestro amor y obediencia a Dios es una demostración del amor hacia el cuerpo de Cristo. En ocasiones se ha dicho que lo mejor que un padre puede hacer por sus hijos es amar a su esposa (madre de ellos.) Aun así, la primordial manera de que un hijo de Dios ame a sus hermanos y hermanas en Cristo, es amar a Dios y obedecerle. Y, si amas al padre, amarás al hijo. Todo junto funciona bien. Cuando nuestro amor y obediencia a Dios se enfría, no solamente nos lastimamos a nosotros mismos – lastimamos también a nuestros hermanos y hermanas. Algunos cristianos se sienten agobiados por los mandamientos de Dios, sin embargo, Juan insiste que no son gravosos. Cuando vemos qué tan buenos y sabios son los mandamientos de Dios. Son regalos que nos ofrece para mostrarnos la mejor y más gratificante vida posible. Los mandamientos de Dios son como el “manual del fabricante” para la vida; Él nos dice qué hacer porque Él sabe cómo funcionamos mejor, no nos son dados para atarnos o provocarnos dolor, o porque Dios sea como un anciano irritable.

Juan inicia con un principio que es muy sencillo y a la vez muy poderoso – si somos nacidos de Dios, venceremos al mundo. La idea de que todo lo que es nacido de Dios pudiera ser vencido por el mundo era extraña para Juan e igualmente debe ser extraño para nosotros. ¿Quién es el que vence al mundo? Esto nos dice que vencemos primeramente por quienes somos en Cristo, no por lo que hacemos. Vencemos porque somos nacidos de Dios, y somos nacidos de Dios porque creemos que Jesús es el Hijo de Dios – una vez más, no simplemente en un sentido intelectual, sino al entregar nuestras vidas en el hecho de que Jesús es el Hijo de Dios. Veamos cualquier léxico griego, y encontraremos que la palabra fe o creer no significa solamente creer, sino confiar, comprometer, encomendar; la base del significado de fe es confianza en, depender de.

El Jesús en quien debemos creer, es el Jesús que vino mediante agua y sangre; el Jesús que era parte de una tierra que era real, material, de carne y hueso. Así como el agua y la sangre son reales, también lo fue la venida del Hijo de Dios, Jesucristo. A través de los siglos, ha habido muchas ideas diferentes sobre lo qué Juan quiso decir con esta frase. Este es el pasaje más complicado en la Epístola y uno de los más confusos en todo el Nuevo Testamento. Algunos creen que agua habla de nuestro propio bautismo, y sangre habla de recibir la comunión, y de que Juan habla de cómo Jesús viene a nosotros en los dos sacramentos cristianos del bautismo y la comunión (Lutero y Calvino tenían esta idea). Sin embargo, si este es el caso, no concuerda con la perspectiva histórica que Juan tenía cuando escribió “vino mediante agua y sangre.” Pareciera que se escribe sobre algo que sucedió en el pasado, no de algo que continua.

Probablemente la mejor explicación es el más antiguo entendimiento cristiano de este pasaje que ha sido registrado (primero registrado por el antiguo Cristiano Tertulio.) Lo más probable es que Juan se refiere al agua como el bautismo de Jesús, y a la sangre como su crucifixión. El Espíritu Santo también da testimonio de la verdadera persona de Jesús, así como Jesús lo prometió (Él dará testimonio acerca de mí . . . Él me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber, Juan 15:26 y 16:14.) El mensaje constante del Espíritu Santo para nosotros es, “Aquí está Jesús.” Todo mundo, todos los días recibe el testimonio de los hombres en varias cosas. Por lo tanto, debemos tener mucha más confianza en el testimonio de Dios cuando nos dice quién es Jesús. Juan no quiere que creamos con una fe ciega. Por el contrario, nuestra fe debe ser basada en un testimonio confiable. Y tenemos el testimonio más confiable posible, el testimonio de Dios. Cuando creemos en Jesús, recibimos el Espíritu Santo como una confirmación interna de nuestra posición delante de Dios. Romanos 8:16 lo pone así: El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Cuando nos rehusamos a creer en Jesús, rechazamos el testimonio con que Dios ha testificado acerca de Su Hijo. Por lo tanto, con nuestra incredulidad estamos llamando mentiroso a Dios.

Juan aquí expone el gran pecado de la incredulidad. Casi todos los que se rehúsan a creer en Dios (en el sentido completo de la palabra creer) no tienen la intención de llamar mentiroso a Dios. Pero lo hacen de cualquier manera. “El gran pecado de no creer en el Señor Jesucristo se menciona muy a la ligera y con un espíritu muy sutil, como si a duras penas fuera un pecado; sin embargo, de acuerdo a mi texto y de acuerdo al tenor de las Escrituras, incredulidad es darle a Dios la mentira, y ¿qué puede ser peor que eso? Pastor Carlos Umaña Comunidad Cristiana Lifehouse.