Permanecer en Jesús significa que no debemos estar temerosos o avergonzados cuando Jesús regrese. Esto es porque le hemos conocido íntimamente y por eso podemos sentirnos seguros confiados por Su venida. El que Juan haya usado “tengamos” en lugar de “tengan,” nos indica que él también necesitaba esta confianza. Jesús prometió en Juan 14:23: El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él. Permanecer en Él significa que practicaremos la justicia en nuestras vidas porque somos nacidos de Él. Cuando alguien nace de alguien más, casi siempre hay un parecido familiar. Dices, “Mira, tiene los ojos de su mamá,” o “tiene la nariz de su papá.” Bueno, los hijos de Dios tienen un parecido con su Padre en el cielo. Él es justo, así que aquellos que nacen de él también practican la justicia.

Juan habla admirado sobre este amor que nos hace hijos de Dios. Él quiere que miremos – o sea, que veamos y estudiemos con atención. Qué nos ha dado el Padre habla de muchas cosas. Primero, habla de la medida del amor del Padre por nosotros; pudiera ser literalmente traducido como prodigado a nosotros. Segundo, habla de la manera en que Dios da el amor; otorgado tiene la idea de dar solo por dar, sin esperar algo a cambio. La grandeza de este amor es mostrada en que, por él, somos Sus hijos. Cuando Dios volteó abajo a ver a la humanidad perdida, pudo sólo haber tenido una compasión caritativa, lástima en nuestra situación en esta vida y en la eternidad. Con una simple lástima, Él pudo haber ideado un plan de salvación con el que el hombre se pudiera salvar del infierno. Pero Dios fue mucho más allá al llamarnos hijos de Dios. Es importante entender lo que significa ser hijos de Dios, y que no todos son hijos de Dios en el sentido que Juan lo menciona aquí. Juan se refiere a aquellos que han recibido el amor de Jesús en una vida de comunión y confianza en Él.

Nuestra situación actual es clara. Podemos saber y tener la seguridad de que estamos, ciertamente, entre los hijos de Dios. Romanos 8:16 nos dice, El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hechos hijos de Dios. Si tú eres un hijo de Dios, tú tienes seguridad interna de ello. No estamos completamente a obscuras con respecto a nuestro estado futuro. Cuando Jesús nos es revelado, ya sea al venir por nosotros o nosotros al acercarnos a Él, sabemos que seremos semejantes a Él. Ninguno de nosotros habremos terminado hasta que veamos a Jesús, y sólo entonces seremos semejantes a él. Tal vez esta sea la mayor gloria del cielo: no el ser personalmente glorificado, sino estar sin obstáculos ni restricciones ante la presencia de nuestro Señor.

Fundamentalmente, nuestra esperanza no está en el cielo ni en nuestra propia gloria en el cielo. Nuestra esperanza está en él. Nunca debemos poner nuestra esperanza en otras cosas; no en una relación, éxito, fondos bancarios, salud, posesiones o simplemente en nosotros mismos. Nuestra única real esperanza está en él. El mensaje de Juan es claro y consistente con el resto de las Escrituras. Nos dice que un estilo de vida de pecado habitual es inconsistente con una vida que permanece en Jesucristo. Un verdadero cristiano solo estará temporalmente en un estilo de vida de pecado. Aquel que se establece en pecado continuo no es un hijo de Dios, es del diablo, y Jesús vino a destruir las obras del diablo y librarnos de su esclavitud.

Bueno, dicho claramente: El que practica el pecado es del diablo. No tiene caso dar excusas ni disculpas; si tú amas al pecado, irás a dónde van los pecadores. Juan nos dio una razón por la cual vino Jesús en 1 Juan 3:5 (Él apareció para quitar nuestros pecados.) Ahora Juan nos da otra razón: para deshacer las obras del diablo. No neutralizarlas, no mitigarlas, tampoco limitarlas. Jesús quiere deshacer las obras del diablo. Mucha gente está innecesariamente temerosa del diablo, temiendo lo que pudiera hacerles. ¡Si tan solo supiéramos que conforme caminamos con Jesús el diablo tiene temor de nosotros!

Juan ya ha presentado la idea de ser hijo de Dios en 1 Juan 3:1 que seamos llamados los hijos de Dios. Él ya ha escrito de algunos que son del diablo (1 Juan 3:8). Pero aquí, lo deja claro: algunos son hijos de Dios y algunos son hijos del diablo. Algunos podrían pensar que Juan es muy duro al decir que algunos son hijos del diablo, y suponen que tal vez Juan no amaba a la gente como lo hizo Jesús. Pero Jesús también llamó a la gente hijos del diablo en Juan 8:41-45. En este pasaje, el punto de Jesús era importante ya que establece el principio de que nuestro linaje determina nuestra naturaleza y nuestro destino. Si somos nacidos de nuevo, y tenemos a Dios como nuestro Padre, se mostrará en nuestra naturaleza y destino. Pero si nuestro padre es Satanás o Adán, también se mostrará en nuestra naturaleza y destino – tal como se mostró en estos adversarios de Jesús. Juan presentó un sencillo, aunque no fácil modo de identificar quienes son los hijos de Dios y quienes los hijos del diablo. Todo aquel que no hace justicia y que no ama a su hermano, no es de Dios. Ambos son esenciales. Justicia sin amor nos convierte en fariseos religiosos, y amor sin justicia nos convierte en socios en la maldad. ¿Cómo podemos “balancear” el amor y la justicia? No podemos. Nunca debemos amar a costa de la justicia y nunca debemos ser justos a costa del amor. No estamos buscando un balance entre los dos, puesto que no son opuestos. El amor verdadero es la más grande justicia, y la verdadera justicia es el más grande amor. El amor y la justicia se muestran perfectamente en la naturaleza de Jesús. Él era las dos cosas, justo y totalmente amoroso.

Pastor Carlos Umaña Comunidad Cristiana Lifehouse.