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Pablo nuevamente se siente obligado a abrir su corazón con respecto a sus compañeros judíos. Él no se regocija de que hayan tropezado en la piedra de tropiezo como lo expresó en Romanos 9: 32. El anhelo de su corazón se tradujo a una acción concreta: Orar a Dios por Israel. De esta forma reconocerá fácilmente que Israel tiene celo de Dios, pero también ve que es un celo no conforme a la ciencia. Aquí es donde muchas personas religiosas -incluso cristianos sinceros- se pierden. Tienen mucho celo, pero poca ciencia. Esta es una descripción perfecta del mismo Pablo antes de su conversión. Saulo de Tarso era un notorio perseguidor de cristianos antes de que Jesús le confrontara en el camino a Damasco. Es extraordinario que Pablo haya encontrado algo bueno que decir sobre estas personas judías que lo perseguían sin piedad. “Al menos tienen celo de Dios”. Pablo demostró hábilmente en los primeros capítulos de Romanos lo inútil que es esto. En términos llanos, por las obras de la ley ningún ser humano será justificado. Israel tenía una falta de conocimiento o ciencia. Pero ese no era su único problema. También tenían un problema moral: no se han sujetado a la justicia de Dios.

La gente no puede llegar a Jesús sin la información correcta sobre el evangelio, pero la información por sí sola no es suficiente para salvar a nadie. Debe haber una sumisión radical a la justicia de Dios, poniendo de lado nuestra propia justicia. No podemos olvidar el énfasis de la responsabilidad personal. Todas las enseñanzas de Pablo acerca de la elección de Dios y Su derecho a elegir no disminuyen la responsabilidad del hombre. En los versos del 4 al 8 Pablo nos dice que para los que creen, Jesús es el fin de la ley. La ley llega a su fin para el creyente en el sentido que nuestra obediencia a la ley ya no es el fundamento de nuestra relación con Dios. Cristo no vino para moderar la ley, ni para hacer posible que nuestra obediencia quebrada sea aceptada como un tipo de compromiso. La ley no está obligada a bajar sus términos; como si originalmente hubiera pedido demasiado; es santa, justa y buena, y no debe ser alterada de ninguna manera, ni tampoco puede serlo.

Pero la justicia es por la fe: Esto está basado en Jesús, y no tenemos que “trabajar” para obtener a Jesús. No es como si tuviéramos que subir al cielo o descender al abismo para obtenerlo. Creemos y recibimos.

Los versículos 9 y 10 son de suprema importancia. Contienen la base del primer credo cristiano. 1. Hay que confesar que Jesucristo es el Señor. La palabra para Señor es Kyrios. Es la palabra clave del cristianismo primitivo. Su significado pasa por cuatro etapas: (a) Es el título normal de respeto. (b) Era el título que se aplicaba al Emperador romano. (c) Era el título de los dioses griegos y Romanos, que se colocaba antes del nombre; por ejemplo: Kyrios Serapis. (d) En la traducción al griego del Antiguo Testamento, Kyrios es la traducción normal del nombre divino Yahweh o Jehová. Los primeros cristianos iban a la muerte con tal de no confesar que el César era Kyrios, porque sólo aplicaban ese título a Jesucristo. Cuando llamaban a Jesús Kyrios, no sólo le confesaban como el Señor supremo de su vida, y Le estaban equiparando al Emperador o a los dioses griegos, sino con el Dios único y verdadero, al Que se debía absoluta obediencia y culto reverente. Llamar Kyrios a Jesús era reconocer y confesar su divinidad. Lo primero para ser cristiano es el sentimiento de qué Jesucristo es supremamente único.

2. Hay que creer que Jesucristo ha resucitado. La Resurrección de Jesucristo era una parte esencial del credo cristiano. El cristiano cree, no solamente que Cristo vivió, sino también que vive. No sólo debe saber de Cristo, sino conocerle personalmente. No se limita a estudiar un personaje histórico, por muy grande que fuera; sino que vive con una Presencia real. No sólo debe saber de Cristo el Mártir: debe también conocer a Cristo el Vencedor.

3. Pero el cristiano no sólo debe creer en su corazón, sino también confesar con sus labios. Ser cristiano es creer y confesar. El creer supone testificar ante los demás. No es suficiente que Dios sepa de qué parte estamos, sino que hace falta que también lo sepa la gente. A un judío le resultaría difícil creer que el acceso a Dios no era por medio de la Ley; este camino de la confianza y la aceptación era algo revolucionario e increíblemente nuevo para él. Además, le resultaría sumamente difícil creer que el acceso a Dios estaba abierto a todo el mundo. Le parecía que los gentiles no podían estar en la misma posición que los judíos. Así es que Pablo concluye su argumento citando dos pasajes del Antiguo Testamento como última demostración. Cita en primer lugar Isaías 28:16 “Nadie que crea en Él será defraudado”. No se dice nada de la Ley; todo se basa en la fe. Y en segundo lugar cita Joel 2:32 “Todo el que invoque el Nombre del Señor se salvará”. No hay limitación aquí; la promesa es para todos; por tanto, no hay diferencia entre judíos y gentiles. De Romanos 9 podríamos pensar que la salvación es la decisión soberana de Dios, pero de Romanos 10 podríamos pensar que la salvación es únicamente la responsabilidad del hombre, en conjunto podemos ver el asunto desde cada perspectiva.

Pastor Carlos Umaña
Comunidad Cristiana Lifehouse.

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