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Mateo condensa el relato completo, hablándonos solo de la segunda comparecencia de Jesús ante Pilato. La primera es descrita en Lucas. Esperando evitar hacer un juicio sobre Jesús, Pilato lo envió a Herodes, el sub gobernante de Galilea. Jesús se negó a decirle algo a Herodes, así que regresó a Pilato como se describe aquí en Mateo. Cuando lo trajeron a Pilato, los líderes judíos acusaron a Jesús de promoverse como rey en desafío al César. Querían hacer ver a Jesús como un revolucionario peligroso en contra del Imperio Romano. Por lo tanto, Pilato le hizo a Jesús esta simple pregunta. ¿Eres tu el rey de los judíos?

Jesús no se veía especialmente majestuoso cuando estaba frente a Pilato, así que el gobernador romano probablemente fue sarcástico cuando preguntó: ¿Eres tú el Rey de los judíos? No hubo una defensa majestuosa, ningún milagro instantáneo para salvar su propia vida. En vez de eso, Jesús le dio a Poncio Pilato la misma respuesta simple que le dio al sumo sacerdote. Esto sorprendió a Pilato; él preguntó: “¿No oyes cuántas cosas testifican contra ti?” Pilato no podía creer que un hombre tan fuerte y digno –a pesar de lo golpeado y sangriento que estaba– permaneciera en silencio ante estas acusaciones. El gobernador se maravillaba mucho. Hay un tiempo para defender la propia causa o a uno mismo, pero esos momentos son raros. Cuando nos levantamos en defensa propia, usualmente estaríamos mejor si permaneciéramos en silencio y confiáramos en Dios para defendernos. Juzgando que había algo diferente –e inocente– sobre Jesús, Pilato esperaba que esta tradición de soltar a un prisionero pudiera ayudar a resolver el problema. Y tenían entonces un preso famoso llamado Barrabás: Marcos 15 nos dice qué hizo famoso a Barrabás. Él era uno de varios insurgentes, que habían cometido asesinato en la insurrección. Hoy consideraríamos a un hombre como Barrabás como un terrorista revolucionario. Pilato vio a través de las palabras manipuladoras de los líderes religiosos. Sabía que su motivo era la envidia, no ninguna otra cosa. Pilato tenía toda la evidencia que necesitaba para hacer lo correcto, liberar a Jesús. Vio la fuerza y la dignidad de Jesús, y sabía que este no era un criminal ni revolucionario. Sabía que no fue un cargo justo que llevó a Jesús ante su tribunal; fue solo la envidia de los líderes religiosos. Además de todo esto, Pilato también tuvo un mensajero único y notable: el sueño de su esposa. Solo podemos conjeturar lo que vio ella en este sueño. Tal vez vio a Jesús, un hombre inocente, coronado con espinas y crucificado. Tal vez lo vio viniendo en gloria con las nubes del cielo. Tal vez lo vio en el gran trono blanco del juicio, y ella y su esposo frente a Jesús. Ella despertó tarde en la mañana, perturbada por el sueño. Preguntó dónde estaba su esposo, y sus asistentes le dijeron que fue llamado temprano a sus negocios como gobernador, los líderes religiosos de Jerusalén enviaron a un prisionero para juicio. Inmediatamente, le pide a un mensajero que le lleve a su esposo las noticias de su sueño. Debido a todo esto, había una gran urgencia sobre su mensaje a Pilato. Fue valiente al enviarlo, y le imploró que simplemente no tuviera nada que ver con este hombre Jesús. “Déjalo ir. Envíalo lejos. No lo castigues ni un poco”. Fue una influencia, una advertencia que trágicamente él ignoró. Todo esto era un mensaje misericordioso de Dios para Pilato; un mensaje misericordioso que él rechazó. Los líderes religiosos conocían la mejor manera de influenciar a Pilato. No a través de su propio juicio de Jesús, no a través de su esposa, y no a través de los mismos líderes religiosos directamente. La mejor forma de empujar a Pilato en cierta dirección era a través de las voces de la multitud. Aquí tenemos a un hombre que sabe qué es lo correcto, y lo sabe por muchas maneras convincentes. Sin embargo, haría lo malo, algo terrible, por obediencia a la multitud.

La voz de la multitud no siempre es la voz de Dios. La multitud no respondió a la solicitud de evidencia o pruebas cuando Pilato preguntó: ¿qué mal ha hecho? Solo continuaron gritando exigiendo la muerte de Jesús. Ellos pidieron más que su muerte: pidieron que fuera ejecutado por tortura a través de crucifixión (“¡Sea crucificado!”). Cuando la multitud eligió a Barrabás en vez de Jesús, reflejó la naturaleza caída de toda la humanidad. Si alguien sabe lo que significa que Jesús murió en su lugar, fue Barrabás. Él era un terrorista y un asesino, pero fue liberado mientras que Jesús fue crucificado. La cruz en la cual colgó Jesús probablemente fue originalmente planeada para Barrabás. Él conocía el significado de la cruz mejor que la mayoría. Nos preguntamos si alguna vez se lo habrá tomado en serio.

Era algo fuera de lo normal que Pilato cediera de esta manera ante los líderes religiosos y la multitud. Él pudo haber elegido diferente. Pilato se lavó las manos diciendo: “Está fuera de mi control. Personalmente, no le deseo a Jesús ningún daño, pero estas cosas suceden”. Sin embargo, el poder y la responsabilidad de qué hacer con Jesús le incumbía a él. Decir “no encuentro en él delito alguno” no fue suficiente. Buscar una solución astuta para liberar a un prisionero durante la Pascua no era una solución. No tenía sentido lavarse sus manos. Por lo tanto, no pudo escapar de la responsabilidad, y es por siempre asociado con el crimen de enviar a Jesús a la cruz. Pilato cuando llamó a Jesús “este justo,” admitió que Jesús era el hombre inocente. Solo porque Pilato haya dicho “Inocente soy” no significa que era inocente. Jesús fue azotado, Los golpes llegaron de un látigo con muchas cuerdas de cuero, cada una con trozos de hueso o metal afilado en los extremos. Esto reducía la espalda a carne viva, y no era inusual que un criminal muriera por ser azotado, incluso antes de la crucifixión. La flagelación severa, con su intenso dolor y considerable pérdida de sangre, probablemente dejó a Jesús en un estado previo al shock. El abuso físico y mental infligido por los judíos y los romanos, así como la falta de comida, agua y sueño, también contribuyeron a su estado debilitado. Por lo tanto, incluso antes de la crucifixión actual, la condición física de Jesús era por lo menos grave y posiblemente crítica. Comúnmente, los golpes de flagelación disminuían conforme el criminal confesaba sus crímenes. Jesús permaneció en silencio, no teniendo crímenes que confesar, así que los golpes continuaron con toda su fuerza.

Pastor Carlos Umaña
Comunidad Cristiana Lifehouse.

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