Después que el muro fue terminado, después de que el muro estaba funcionando, después de que el pueblo hubo escuchado y obedecido la Palabra de Dios, después de que el Espíritu Santo estaba haciendo una obra significativa en las vidas de las personas; ahora hay una escena de arrepentimiento dramático y humilde. El ayuno mostró su bajo y humilde estado. Ellos se consideraron a sí mismos tan pobres delante de Dios que no tenían comida. También querían decir, “estamos tan afligidos por nuestro pecado que la comida no parece importante.”

Con cilicio era vestir una tela áspera, como un saco de yute. Una vez más, esto era para mostrar su completa pobreza de espíritu delante de Dios. También querían decir, “estamos tan afligidos por nuestro pecado, que las comodidades normales de la vida no tienen importancia, tomaron pequeños puñados de tierra y los echaron sobre sus cabezas. Esto era también para mostrar su humilde estado delante de Dios. Ellos hicieron esto públicamente, y otros los verían en este estado público. Seguramente hubo aquellos entre ellos que dijeron, “Yo no me humillaré uniéndome.” Otros han de haber dicho, “Yo lo haré solo para que otros puedan ver que yo también soy espiritual.” Pero hubo muchos, sino la mayoría, que vinieron a Dios con corazones humildes y realmente arrepentidos.

Aquellos que eran de descendencia pura de Israel vinieron y confesaron el pecado de su nación; confesaron sus pecados, y las iniquidades de sus padres. Esto era importante. Tenían que darse cuenta y admitir su falta a los lineamientos de Dios. También era importante admitir que no solo eran pecadores, sino que venían de ancestros pecadores. Esto era especialmente importante en Israel, donde había una tradición de glorificar a sus antepasados. Esto no significa que había una especie de “maldición generacional” que tenía que ser rota. Dios no castiga a los hijos por los pecados de los padres, y es malo decir que lo hace. Sí reconocemos que aquellos criados en un ambiente de pecado pueden muy bien repetir esos mismos pecados, pero no porque deban; sino porque su entorno hizo que fuera una decisión fácil de tomar.

No debe parecer extraño que después de semejantes victorias, tanto con la construcción como espiritualmente, hubiera un arrepentimiento tan humilde. Esto muestra que el arrepentimiento no es algo que terminamos una vez que venimos a Jesús. Es algo que crece conforme nos acercamos a Jesús. Esta gran y humilde reunión del pueblo de Dios tomo lugar solo dos días después de la gozosa celebración de la Fiesta de los Tabernáculos. Se habían acercado a Dios, ¡Y ahora Él los estaba acercando aún más!

El humilde arrepentimiento y confesión de pecado hubieran sido una obra incompleta sino hubiera sido por la lectura de la Palabra de Dios y la adoración. Dios no nos muestra nuestro pecado solo para que lo confesemos humildemente, sino para que podamos andar en lo que es correcto delante de él. A la luz del capítulo anterior podemos entender que la lectura no fue una mera secuencia de palabras, sino que conllevó comentarios explicativos y aplicaciones a la situación presente”. Este quebrantamiento de corazón los ha llevado a venir humildemente delante de Dios y escuchar su Palabra. Un primer paso seguro para el avivamiento es el quebrantamiento de corazón.

Jesúa, Cadmiel, Bani,  los levitas y líderes reunidos para guiar al pueblo en su humilde confesión. No debería sorprendernos, o hacernos sentir como fracasos, si debemos ser guiados a confesión y arrepentimiento. Evidentemente, los otros ocho hombres no hicieron la siguiente oración todos al mismo tiempo. Tal vez fue escrita y se turnaron, tal vez fue orada espontáneamente en sucesión, o tal vez (y según la tradición), Esdras hizo esta oración. La siguiente oración se considera la oración más larga de la Biblia; y sin embargo solo toma seis minutos y medio decirla. La oración no necesita ser larga para ser gloriosa y efectiva.

Después de animarlos a alabar, Esdras dio una razón para hacerlo; porque este es el gran Dios que lo hizo todo. Ver a la gloria de la creación de Dios nos da una razón para alabarlo, para humillarnos delante de Él, y para confiar en Él. Dios quiere que le alabemos, que nos humillemos delante de Él, y que confiemos en Él; pero nos da una buena razón para hacerlo. Algunas veces nosotros queremos nuestras propias razones, pero Dios nos da bastantes de sus propias razones.

Y cumpliste tu palabra: Esto le dice a Dios, “Señor, Tú prometiste esta tierra a Abraham y a sus descendientes ¡y ahora aquí estamos! Tu promesa ciertamente es verdadera.”

Pastor Carlos Umaña
Comunidad Cristiana Lifehouse.