Estos hombres se quedaban a la entrada de la puerta porque no eran bienvenidos en la ciudad. Su condición leprosa los hacía marginados e intocables. Si usted eliminara de las Escrituras todas las historias que tienen que ver con hombres y mujeres pobres y afligidos, qué libro tan pequeño sería; especialmente, si junto con las historias son eliminados todos los Salmos de los afligidos, todas las promesas para los angustiados, y todos los pasajes que pertenecen a los hijos del dolor. Este libro, ciertamente, en su mayoría está hecho de los anales de los pobres y los despreciados.
Tradiciones judías sin fundamento dicen que estos cuatro hombres eran Giezi y sus tres hijos. Giezi fue azotado con lepra debido a su codicia hacia Naamán. La lógica de ellos era perfecta. Pronto morirían por la hambruna si se quedaban en la ciudad. Si quedaba algo de comida, ciertamente serían los últimos en recibirla. Así que decidieron que sus probabilidades eran mejores si se rendían a los sirios. A veces debemos percibir que solo tenemos dos opciones: podemos permanecer sentados, pero saber que moriremos; o podemos ir a Cristo. Sin embargo, nosotros solo podemos morir si vamos con Él, y Él nos rechaza; mientras que, si no vamos con Él, con toda seguridad moriremos.
El enorme ejército Sirio, rodeó la ciudad de Samaria por varios meses, y era el hogar y centro de provisiones para miles de hombres. Cuando los leprosos fueron a ese lugar esa mañana, descubrieron un campamento militar vacío; lleno de provisiones, pero sin ningún hombre. Las palabras a la entrada del campamento de los sirios insinúan que ellos fueron no solo a la orilla del campamento, sino que caminaron a la parte más lejana del campamento de los sirios, la parte alejada de la ciudad. Ellos llegaron al campamento como alguien que llegaba de lejos, no como alguien de Siria. Consideraron que su mejor oportunidad era llegar a las posiciones menos fortificadas del campamento y llegar como si no pertenecieran a la ciudad sitiada.
La forma en que estos leprosos se aproximaron al campamento pudo haber provisto la ocasión para el milagro; tal vez, el Señor de alguna forma magnificó los pasos tambaleantes de los hombres mientras recorrían su camino hacia el extremo opuesto del campamento. Israel estaba indefenso contra el enemigo que los sitió, pero Dios no lo estaba. Él atacó al ejército sirio con tan solo provocar que escucharan el estrépito de un ejército. Tal vez, Dios hizo esto poniendo el ruido en el aire; tal vez, simplemente, creó la percepción del ruido en la mente de los soldados sirios. Como quiera que Dios lo haya hecho, sucedió. El mismo Dios que atacó al ejército sirio para que no pudiera ver lo que estaba ahí, ahora atacaba otro ejército sirio para que escuchara cosas que no estaban ahí.
Todo quedó atrás, por lo que los leprosos tomaron el botín del campamento. Como resultado, el sitio de Samaria había terminado, a pesar de que ninguno en la ciudad lo sabía ni lo disfrutaba. Todos los que habían ido a la cama esa noche sintieron que aún seguían en esa horrible guarida donde la nefasta muerte parecía realmente presente en las formas esqueléticas de los afectados por el hambre. Ellos eran tan libres como los venados en el desierto si lo hubieran sabido; pero su ignorancia los mantuvo en una vil cadena perpetua. Claro que lo hicieron. Después del largo periodo de hambruna, esta era la respuesta a toda esperanza y oración que tenían.
Ellos sabían que su descubrimiento del campamento no podría permanecer secreto para siempre, así que escondieron algunas cosas valiosas para poder beneficiarse de ellas aun cuando el campamento fuera descubierto por otros. Los leprosos disfrutaron con justa razón del milagro que Dios proveyó. Pero también se dieron cuenta de que su regalo les dio la responsabilidad de compartirlo con otros. Ellos entendieron que permanecer callados y disfrutar egoístamente sus bendiciones sería pecado. Tenían la responsabilidad de compartir la nueva. Si el único resultado de nuestra religión es el consuelo de nuestras pobres almas, si el inicio y el final de la piedad se encuentra dentro de uno mismo, es algo extraño estar en conexión con el desprendido Jesús, y ser el fruto de su Espíritu lleno de gracia. Ciertamente, Jesús no vino a salvarnos para que pudiéramos vivir para nosotros mismos. Vino a salvarnos del egoísmo.
Sin embargo, disfrutaron primero del banquete antes de decirles a otros. Nosotros no podemos compartir apropiadamente de las buenas noticias de Jesucristo si no estamos disfrutándolas. Como los leprosos no eran bienvenidos en la ciudad, solo podían comunicarse con los guardas de la puerta. Había muchas personas con las que no podían hablar, pero fueron fieles en hablarles a los que sí podían.
Pastor Carlos Umaña
Comunidad Cristiana Lifehouse.
