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Todas las personas sufrieron. Las mujeres fueron violadas, los príncipes encadenados, los jóvenes y los muchachos convertidos en esclavos. Las alegrías de la vida – los ancianos reunidos en la puerta, los jóvenes disfrutando de sus canciones, la danza– todo se cambió en luto.

A los príncipes colgaron de las manos: Es muy probable que se tratara de una especie de castigo. Eran colgados de ganchos en la pared por sus manos hasta que morían a causa de la tortura y el agotamiento. En días más felices, estos muchachos habrían sido soldados; ahora tenían que hacer el trabajo de las mujeres. El tema familiar se repite. Jeremías entendía que toda la calamidad vino sobre ellos a causa de su pecado. Su pecado trajo juicio y debilidad de corazón, lo que trajo oscurecimiento de los ojos, lo que trajo desolación al Monte de Sion.

Al final del Libro de Lamentaciones, Jeremías se enfoca en la naturaleza eterna e inmutable de Dios. Su reinado es eterno, con su trono eterno perdurando de generación en generación. Como diría más tarde el escritor de hebreos 13: 8: Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre. Dios permanece para siempre; pero ahora les parecía a Jeremías y a los sobrevivientes de Jerusalén que Él los había olvidado completamente. La verdad teológica de la naturaleza eterna e inmutable de Dios aún no se había experimentado en su situación actual.

A pesar de sentirse olvidado por Dios, Jeremías representó al pueblo ante Dios de una manera apropiada. Comprendía que su única esperanza era clamar a Dios por el don del arrepentimiento. Jeremías sabía que ni siquiera tenían el poder de arrepentirse adecuadamente por sí mismos; necesitaban que Yahveh los volviera a sí mismo. Si Él lo hacía, entonces serían restaurados. Si Dios no es el autor de nuestro arrepentimiento, nunca nos arrepentiremos apropiadamente. A veces, la mejor oración posible no es “Me arrepiento” (aunque esa es una buena oración). Una oración mejor es: vuélveme a Ti, oh Señor. Necesito que me des el don del verdadero arrepentimiento.

En un último mensaje breve pero contundente, oró a Jehová para que volviera al pueblo hacia Él. Esto lo introdujo mediante una declaración de su confianza en la entronización perpetua de Jehová. Fue un grito que reconocía la máxima impotencia del hombre, es decir, su incapacidad incluso para arrepentirse. Nada mejor que adoptar el grito del profeta, y pedir a Dios que vuelva el alma, y renueve sus benditas y santas experiencias. No habrá duda de que seremos convertidos, si Él nos convierte.
Con Dios haciéndonos volver a Él mismo, podemos confiar en la renovación, un regreso a nuestros mejores días como en el pasado. Si nos hemos descarriado o desviado, podemos orar para que Dios nos conceda el arrepentimiento para que podamos renovar nuestros días como al principio.

Lamentaciones parece incapaz de terminar en una esperanza positiva para el futuro, incluso si la tendencia general es positiva hacia el final. Sin embargo, Jeremías termina con el temor de que quizás Dios había desechado por completo a Israel y que su ira permanecería para siempre. Las palabras específicas de las Escrituras y la historia de Israel desde esta oración confirman sin lugar a duda que Dios no había rechazado por completo a su pueblo, ni lo hizo más tarde, ni su ira duró para siempre. Los días de lamentación no serían el capítulo final de la historia de Israel.

Varias profecías del Antiguo Testamento concluyen con una nota negativa o desfavorable: Eclesiastés 12:14; Isaías 66: 24; Malaquías 4: 6, al igual que Lamentaciones. En consecuencia, en las lecturas de la sinagoga se hizo costumbre concluir tales composiciones con una repetición del versículo anterior, de modo que, en estas circunstancias, el versículo 21 se volvería a leer después del versículo 22.

El libro termina de la forma en que Dios pretendía que terminara, con el tipo de angustia no resuelta que hemos llegado a esperar del Profeta llorón. Sin embargo, Lamentaciones nunca tuvo la intención de tener la última palabra.

Pastor Carlos Umaña
Comunidad Cristiana Lifehouse.

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