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El rey Saúl y sus tres hijos murieron en la batalla contra los filisteos, en las laderas del monte de Gilboa. Fue el triste final de una vida trágica, que concluye la historia de un hombre que llegó al trono humilde, pero lo dejó endurecido, resentido contra Dios y el hombre. Hacia el final de 1 Samuel, un David desesperado dejó al pueblo de Dios y se alió con los filisteos. Dios previno una alianza total y trajo a David de regreso a través de circunstancias dolorosas (los amalecitas se llevaron a las familias y las posesiones de David y sus hombres). Fortaleciéndose en Dios David derrotó a los amalecitas y regresó con todos y con todo. Aunque David todavía vivía entre los filisteos, era un hombre cambiado desde sus desgarradoras circunstancias y desde que se fortaleció en Jehová. Cuando David regreso triunfante de Siclag, supo que la batalla entre los filisteos y los israelitas acababa de terminar. Ciertamente estaba preocupado por el resultado de esa batalla. David supo que estas eran malas noticias porque el mensajero tenía las expresiones tradicionales de duelo por los muertos – rotos sus vestidos, y tierra sobre su cabeza. Por eso, de inmediato reaccionó con un humilde lamento.
Algunos se preguntan si este amalecita dijo la verdad. Dijo que “misericordiosamente” terminó con la vida de Saúl después de que el rey se había herido de muerte. Puede ser que simplemente haya sido el primero en toparse con el cadáver de Saúl y haya tomado la corona real y su argolla para recibir recompensa de David. Todo el relato que da este joven es una invención: en muchos de los detalles es tremendamente contradictorio. No hay ningún hecho en el caso más que lo que trajo: la corona, o diadema, y las argollas de Saúl; que, como parece haber sido un saqueador de muertos, se encontró en el campo de batalla; y se los llevó a David y le dijo la mentira de haber matado a Saúl solo para congraciarse con David.
Podemos concluir que esta era una mentira porque 1 de Samuel 31:5 dice que el escudero de Saúl vio que estaba muerto. Si tomamos la historia del amalecita como cierta, esta es una afirmación escalofriante. En una guerra de juicio única, Dios ordenó a Saúl que destruyera al pueblo de Amalec por completo. Saúl falló en hacer esto y fue un amalecita quien trajo un amargo final a su trágica vida.
Podemos imaginarnos fácilmente al amalecita sonriendo mientras decía esto, asumiendo que David se alegraría de que su enemigo y rival estuviera muerto. Ahora David podría tomar la corona real y la argolla y usarlos él mismo. Cuando David se enteró de la muerte de Saúl, lloró. Podríamos haber esperado una celebración por la muerte de este gran enemigo y rival, pero David y sus hombres lloraron. Por pura envidia, odio, rencor, e impiedad, Saúl le arrebató a David su familia, hogar, carrera, seguridad y los mejores años de su vida – y Saúl permaneció sin arrepentirse hasta el final. Sin embargo, David y sus hombres lloraron y lamentaron y ayunaron cuando se enteraron de su muerte. El contraste demuestra poderosamente que nuestro odio, amargura, y falta de perdón son una elección, no nos son impuestos. A pesar de todo lo que Saúl hizo contra David, David escogió convertirse en un mejor hombre en vez de amargarse. Sus hombres tenían sus propias razones para odiar a Saúl, pero siguieron el ejemplo de su líder y respondieron al odio y al veneno de Saúl con amor.
La tristeza de David fue primero por Saúl, pero también lo fue por su gran e íntimo amigo Jonatán. Pero más que eso, era por el pueblo de Dios como un todo, pues estaban en una peligrosa y desesperada posición debido a la muerte del rey y a la derrota ante los filisteos.
El joven amalecita probablemente creía que David se estaba preparando para recompensarlo. A pesar de muchas oportunidades para defenderse legítimamente, David se negó a extender la mano y destruir a Saúl. David sabía que como fue Dios quien puso a Saúl en el trono, era el trabajo de Dios terminar con su reinado – y ¡ay de aquel hombre que levante su mano para destruir a un líder designado por Dios! Hay muchos factores que podrían excusar lo que el amalecita dijo e hizo. Saúl estaba en rebelión y se había endurecido contra Dios, repetida y constantemente intentó matar a David, ya estaba cerca de la muerte. Sin embargo, ninguna de estas excusas importaba. Excepto por el asesinato justificado en la guerra, la defensa propia o la ejecución criminal legal, es el trabajo de Dios terminar con una vida – no el nuestro. Esto es cierto de toda vida humana, pero es aún más cierto de la vida y ministerio del ungido de Jehová – Dios es totalmente capaz de lidiar con sus siervos, incluso aquellos que solo afirman serlo.
Pastor Carlos Umaña
Comunidad Cristiana Lifehouse.
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