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David y sus hombres cubrieron unas veinticinco millas por día en la marcha hacia el sur de Afec para llegar a Siclag, a donde habrían llegado cansados, hambrientos y esperando todas las comodidades de un cálido recibimiento. Mientras que David y sus hombres estaban en el norte intentando unirse al ejército filisteo, su propia ciudad Siclag estaba desprotegida. Los oportunistas amalecitas se aprovecharon de la ciudad indefensa, la atacaron y le prendieron fuego. No sólo habían quemado la ciudad, sino que se habían llevado a todas las mujeres y los niños. Hay un toque de la justicia poética de Dios en todo esto. David había llevado esta misma calamidad a otras ciudades. 1 de Samuel 27:8-11 dice que durante el tiempo que vivió entre los filisteos, David vivió como bandido, saqueando ciudades y asolaba David el país, y no dejaba con vida hombre ni mujer. Los amalecitas fueron más misericordiosos de lo que David fue.
Al llegar a unas pocas millas de su ciudad, los corazones de David y sus hombres debieron iluminarse. Como soldados, estaban desanimados porque no se les había permitido pelear con los filisteos. Pero sabían que iban a regresar a casa. Y el hogar significaba familia y un entorno familiar. Pero ese pensamiento brillante rápidamente se volvió negro como la noche. Incluso a lo lejos, vieron que algo andaba mal. El humo se elevaba de su ciudad, pero no era el humo de las fogatas para cocinar. Era demasiado humo para eso y el humo era demasiado negro. Se preguntaban por qué nadie había venido a recibirlos desde lejos – ¿Dónde estaban sus esposas e hijos? ¿No se alegraban de verlos? – Pero cuando llegaron a la ciudad y vieron que era un pueblo fantasma, un montón de escombros quemados sin voz de sobrevivientes, parecía que todo estaba perdido. A este punto David no tenía nada más en qué apoyarse. Nadie en Israel podía ayudarlo. Los filisteos no lo querían. Su familia había desaparecido; todo lo que poseía había desaparecido. Incluso sus amigos se volvieron en su contra hablaban de apedrearlo. Todo apoyo se había ido, excepto Jehová. Ese es un buen lugar para estar. David no lloró solo porque todo y todos estaban perdidos. También lloró porque sabía que él era el responsable. Se requirió de mucho para traer a David hasta este lugar, pero ahora está aquí – Dios es su única fortaleza. Este era un David descarriado y obstinado ¿por qué lo fortalecería Dios? Porque David ahora estaba totalmente quebrantado, listo para ser llenado.
En este punto de pérdida total, David vio el amor del Señor en el rechazo de los líderes filisteos. Si Dios no los hubiera enviado de regreso a casa por el rechazo de los filisteos, hubieran pasado meses y meses antes de que regresaran a casa y la situación hubiera sido mucho peor. Eso que antes lo lastimó, se volvió dulce para él ahora y la más preciada expresión del amor del Señor. Él podía recordar la promesa y el llamado de Dios. Podía sacudir su cabeza, despejar la niebla y decir: Tengo un llamado alto y una promesa de Dios y no me la ha quitado. Necesito empezar a vivir según ese destino.
David usa su fuerza y consultó a Jehová. De todo el tiempo que David pasó entre los filisteos, esta es la primera vez que leemos que busca a Dios de alguna forma. David buscó a Dios con la ayuda del sacerdote, casi con certeza usando el Urim y Tumim. Cuando David consultó a Jehová, probablemente le pidió a Abiatar. Hubo un tiempo en el que David no se hubiera molestado en siquiera hacer preguntas. Simplemente lo hubiera hecho porque cuando un soldado es atacado, él contraataca. Pero al regresar de su descarrío, David entrega todo a Jehová. Nada se hace sólo porque se hacía antes. Él consulta a Dios para todo. Entonces, Dios le dio a David una promesa al actuar (los alcanzarás, y de cierto librarás a los cautivos). Cuando Dios nos da algo que hacer, también nos da una promesa si obedecemos. David dijo, Hombres, voy a ir, tengo una promesa de victoria de Dios y voy a creerla. No importa si ustedes vienen conmigo o no, porque Dios está conmigo, e incluso si tengo que pelear contra los amalecitas yo solo, la promesa de Dios no fallará. Semejante fe conmovió los corazones de los seiscientos hombres y fueron con David.
Porque se quedaron atrás doscientos, que cansados no pudieron pasar el torrente de Besor: Esto pudo haber desanimado a David. Mientras perseguía a un ejército amalecita significativamente mayor, se enteró de que una tercera parte de sus hombres no podía continuar. Pero David no dejó que esta prueba lo detuviera. Puso a ese tercio de los hombres a trabajar cuidando las provisiones, aligerando la carga de los 400 que continuarían y se puso en marcha otra vez, lleno de fe. Cuando David y sus seiscientos hombres perseguían a los amalecitas, se toparon con un hombre derrumbado en el desierto. Hubiera sido fácil y lógico ignorar a este hombre porque tenían la misión “mucho más grande” de perseguir a los amalecitas.
David y sus hombres mostraron una bondad inesperada y le dieron pan, y comió, y le dieron a beber agua. David se interesó por este hombre. Mostró interés puro y bondad a un don nadie. No sólo le dieron al egipcio agua y comida; le dieron cuidados y bondad. Al mostrar bondad inesperada a este egipcio, Dios le mostró a David una bendición inesperada. El egipcio prometió guiar a David hasta el campamento de los amalecitas.
Pastor Carlos Umaña
Comunidad Cristiana Lifehouse.
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