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La idea de David esperando en o al Señor ha sido común, especialmente en los últimos salmos. En el salmo anterior, David esperaba en el Señor sin una respuesta inmediata. Aquí, se dice la respuesta: “Y se inclinó a mí, y oyó mi clamor.” El tema de la espera, expuesto en el Salmo 37, ha tenido su dolorosa aplicación en los salmos 38 y 39, pero ahora tiene su resultado triunfal. La palabra inclinó lleva el sentido de que Dios se inclina hacia David en su aflicción, quitando cualquier distancia percibida entre el Señor y Su siervo. Cuando David supo que Dios oyó su clamor, confió en una respuesta favorable.

Estos fueron más beneficios para David mientras pacientemente esperaba a Jehová. Dios lo liberó de su actual crisis (que era como lodo cenagoso), y lo puso en un lugar mucho mejor y más seguro (enderezó mis pasos). La oración de David por liberación fue respondida. Otro beneficio para David al esperar en el Señor su liberación, produjo una alabanza espontánea, un cántico nuevo que vino de Dios mismo. El siervo de Dios que sufre siempre se convierte en el que canta. Porque, así como el secreto del canto es siempre esperar a Dios, hacer la voluntad de Dios, en y a través del sufrimiento, el resultado es siempre la liberación, y el emitir un canto.

La liberación y la alabanza que se derivaron de ella fueron un testimonio eficaz para los demás. Fueron inspirados a temer al Señor y a confiar en Él. Confiar en el Señor es la evidencia, no la esencia de la salvación. El que es un verdadero creyente es evidentemente redimido del dominio del pecado y de Satanás. Un hombre puede ser tan pobre como Lázaro, tan odiado como Mardoqueo, tan enfermo como Ezequías, tan solitario como Elías, pero mientras su mano se pueda sostener de Dios, ninguna de sus aflicciones externas podrá impedir que sea contado entre los bienaventurados. Pero el hombre más rico y próspero que no tenga fe es maldito, sea quien sea.

David conectó la confianza en Dios con la conducta moral – en este caso, la capacidad de discernir y juzgar el carácter de los demás y actuar de manera apropiada hacia ellos. Quizás la crisis de David vino por negarse a respetar a los soberbios, o a aquellos que se desvían tras la mentira. David alabó a Dios como el hacedor de muchas obras maravillosas y por Sus pensamientos para con Su pueblo. David sabía que Dios pensaba en él (y en su pueblo) y pensaba en ellos favorablemente; de lo contrario, no habría bendición en esos pensamientos. Los pensamientos de Dios para con nosotros son maravillosos porque son los pensamientos de Dios y son maravillosos porque son muchos; no es posible contarlos.  David entendía que, en un sentido relativo, Dios no quería sacrificios de animales. Dios quería siervos dispuestos y rendidos. En el Salmo 40:6 se mencionan cuatro tipos de ofrenda: Sacrificio (ofrendas hechas con sangre). Ofrenda (ofrendas hechas sin sangre). Holocausto (ofrendas de consagración total). Expiación (ofrenda para expiar el pecado).

En lugar de sacrificios de animales, Dios quiere siervos que lo escuchen y se entreguen a Él como un esclavo voluntario se entrega a su amo. David probablemente se refería a la costumbre de marcar a un siervo según Éxodo 21:5-6, donde un esclavo que quería permanecer en la casa de su amo y en el servicio de su amo era marcado con oído abierto – esto es, su amo le horadará la oreja con lesna, y será su siervo para siempre (Éxodo 21:6). Es extraordinario pensar que esta ceremonia se llevara a cabo en el antiguo Israel. Un servo diría “Sé que he cumplido con mis obligaciones para con mi amo y he servido lo que debía. Sin embargo, amo a mi amo y estoy tan agradecido por lo que me ha dado que con mucho gusto me comprometeré de por vida, no por deuda, vergüenza o derrota, sino por amor”. Este era el corazón de David hacia Dios, y este corazón y esta vida eran más grandes que cualquier sacrificio de animales.

La entrega de David a Dios fue maravillosa y un ejemplo impresionante. Sin embargo, solo presagió la sumisión final a Dios llevada a cabo por el Mesías, Jesucristo. Hebreos 10: 5-10 cita la traducción de la Septuaginta del Salmo 40:6-8. Esta es una maravillosa y notable profecía de la obra de Jesús. Es notable que todas las ofrendas y sacrificios que se consideraban de naturaleza expiatoria o purificadora, ofrecidos bajo la ley, son enumerados aquí por el salmista y el apóstol, para mostrar que ninguno de ellos, ni todos ellos, podían quitar el pecado; y que el gran sacrificio de Cristo era el único que podía hacerlo.

En un sentido mucho menor, David podía decir esto de sí mismo, porque su ascensión al trono de Israel fue profetizada mucho antes de que tuviera lugar. Sin embargo, cualquier cumplimiento de esto en David es una pálida sombra de su cumplimiento asombroso y perfecto en el más grande Hijo de David, Jesús el Mesías. Jesús no solo hizo la voluntad del Padre, sino que se deleitó en ella; desde la antigua eternidad había deseado la obra que se le había propuesto; en su vida humana estuvo angustiado hasta que alcanzó el bautismo de agonía en el que magnificó la ley, e incluso en el mismo Getsemaní eligió la voluntad del Padre y dejó a un lado la suya. La ley de Dios está en el corazón de los hombres buenos para vivir y morir con ella.

Pastor Carlos Umaña
Comunidad Cristiana Lifehouse.

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