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Pablo comienza su conclusión en esta sección: Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? Si todo lo que tuviéramos fueran los primeros capítulos del libro de Romanos, algunos podrían creer que Dios estaba contra nosotros. Ahora que Pablo ha mostrado todo lo que Dios hizo para salvar al hombre de Su ira y equiparlo para tener victoria sobre el pecado y la muerte, ¿quién puede dudar que Dios es por nosotros?
Nuestros débiles corazones, propensos al legalismo y la incredulidad, reciben estas palabras con gran dificultad: Dios es por nosotros . . . Le hemos fallado; pero Él es por nosotros. Somos ignorantes; pero Él es por nosotros. No hemos dado mucho fruto; pero Él es por nosotros. Casi todos los hombres dicen o piensan que Dios es por ellos, los terroristas comenten crímenes horribles pensando que Dios es por ellos. Sin embargo, el Espíritu Santo guarda esta declaración con un “si”, para que podamos saber que solo porque un hombre piense que Dios está con él no significa que así sea. Dios es solamente por nosotros si estamos reconciliados a Él por medio de Cristo Jesús. Del mismo modo, a pesar del sufrimiento que enfrentan los cristianos, si Dios es por ellos, ¿qué importa si otros están en contra de ellos? Una persona más Dios hacen una mayoría invencible. En verdad podemos ser engañados al pensar que Dios es por nosotros cuando no lo es. Pero no se puede negar que para aquellos que están en Jesucristo, ¡Dios es por ellos!
La evidencia de que Dios es por nosotros es el regalo de Cristo Jesús. Porque Dios estuvo dispuesto a poner a su propio hijo a pagar el precio por nosotros y esto debe hacernos pensar que, si llegó a ese punto, con su propio hijo que más no hará con nosotros. Si el Padre ya dio Su regalo más grande, ¿cómo podemos pensar que no nos dará los regalos más pequeños?
Ahora, cuando llegamos a esta conclusión es casi lógico que el enemigo quiera poner dudas en el corazón, o quiera acusarnos delante de Dios, sea por nuestro sentimiento de responsabilidad o por algún defecto que tengamos, ante esto el apóstol hace un par de preguntas: ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Ante esto él mismo responde: Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios. Llegando a este punto Pablo hace una de las aseveraciones más hermosas y esperanzadoras del Evangelio. Estamos seguros que en cualquier cargo contra nosotros. Si somos declarados “no culpable” por el juez supremo, ¿quién puede presentar un cargo adicional? Estamos seguros ante toda condenación. Si Jesús es nuestro defensor, promoviendo nuestro beneficio, Nadie podrá condenarnos.
Con fervor de poeta Pablo nos ilustra que nada nos puede separar del amor de Dios que se nos ha manifestado en nuestro Señor Resucitado. Ni la aflicción, ni las penalidades de la vida, ni el peligro nos pueden separar. Los desastres del mundo no separan de Cristo al que es Suyo, sino le acercan más a Él. En los versículos 38 y 39 Pablo hace una lista de cosas terribles. Ni la vida ni la muerte nos pueden separar de Cristo. En la vida, vivimos con Cristo; en la muerte, morimos con Él; y como morimos con Él, también resucitamos con Él. La muerte, lejos de ser una separación, es solamente un paso hacia una más íntima unión; no es el final, sino “la puerta en el Cielo” que nos da acceso a la presencia de Jesucristo.
Los poderes angélicos tampoco nos pueden separar de Él. En aquel tiempo, los judíos habían desarrollado mucho la creencia en los ángeles. Todo tenía su ángel: había ángeles de los vientos, de las nubes, de la nieve, del granizo y de la escarcha, del trueno y del rayo, del frío y del calor, y de las estaciones. Los rabinos decían que no había nada en el mundo, ni siquiera una brizna de hierba, que no tuviera su ángel. Según los rabinos había tres rangos de ángeles: el primero incluía tronos, querubines y serafines; el segundo, poderes, señoríos y fuerzas, y el tercero, ángeles, arcángeles y principados. Pablo se refiere a estos ángeles en más de una ocasión en sus cartas. Pero recordemos que Pablo había sido Rabino y ellos creían que los ángeles eran poco amigos de los humanos. Creían que se habían enfadado cuando Dios creó a los hombres; se habían puesto celosos, porque no querían compartir a Dios con otra especie. Así es que Pablo, haciéndose eco de las ideas de su tiempo, dice que “ni siquiera los mezquinos y celosos ángeles nos pueden separar del amor de Dios, por mucho que lo intenten”.
No hay época de la Historia que nos pueda separar de Cristo. Pablo habla de cosas presentes y cosas por venir. Sabemos que los judíos dividían el tiempo en esta era presente y la era por venir. Pablo está diciendo: “En este mundo presente no hay nada que nos pueda separar de Dios en Cristo; llegará el día cuando este mundo será sacudido y amanecerá la nueva era. Pero no importa; porque entonces tampoco, cuando se acabe este mundo y se haga realidad el nuevo, el lazo de unión con Cristo permanecerá. Ninguna influencia maligna nos separará de Cristo. Pablo menciona específicamente altura y profundidad. Son términos de astrología. El mundo antiguo estaba obsesionado con la idea de la tiranía de las estrellas. Creían que todas las personas nacemos bajo una cierta estrella que decide nuestro destino. Todavía hay algunos que creen en la influencia de las estrellas; pero en el mundo antiguo era una creencia más general y obsesiva. La altura (hypsóma) era cuando una estrella estaba en su cenit, y se suponía que su influencia era máxima; profundidad (hathos) era cuando estaba en su nacer, dispuesta a empezar a ascender y ejercer su influencia en alguna persona. Pablo dice a los que estaban -y a los que están- obsesionados con estas cosas: “Las estrellas no te pueden hacer ningún daño. En su subir y bajar son impotentes para separarte del amor de Dios”.
Ni ningún otro mundo nos podrá separar de Dios. La palabra que usa Pablo para otro es héteros, que significa realmente diferente. Está diciendo: “Supongamos que, inexplicablemente, como por arte de magia, nos encontramos en otro mundo totalmente diferente de éste. ¿Estaremos a salvo: seguirá envolviéndonos el amor de Dios? Aquí tenemos una visión que despeja toda soledad y todo temor. Pablo está diciendo: “Podemos pensar en cualquier cosa aterradora que pueda producir este mundo o cualquier otro mundo diferente: ninguna de ellas conseguirá separar al cristiano del amor de Dios que se encuentra en Jesucristo. Que es Señor de todo terror y de todo mundo.” En Él se hace realidad la seguridad que anunciaba proféticamente el salmo 27: El Señor es mi luz y mi salvación. ¿De quién temeré? El Señor es la fortaleza de mi vida. ¿De quien he de atemorizarme?
Pastor Carlos Umaña
Comunidad Cristiana Lifehouse.
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