Jeremías no será condenado a la muerte. Sin duda movidos por el valor de Jeremías, los gobernantes del concilio de príncipes y la opinión de todo el pueblo era que Jeremías no debía de morir. Aunque muy probablemente los sacerdotes y los profetas no estaban de acuerdo, Jeremías fue librado de la muerte. La honestidad y convicción del profeta por el Espíritu atrapó los corazones de los oficiales civiles y del pueblo. La apelación, “Mas saben de cierto que, si me matan, sangre inocente echaran sobre ustedes” parece haber funcionado. Siglos después otro inocente mensajero de Dios fue injustamente acusado por los líderes religiosos y en el juicio ellos fueron advertidos que una injusta sentencia de muerte les traería la culpa de sangre. Aun así, Jesús de Nazaret fue condenado de cualquier forma. A ellos no les gustaba el mensaje de Jeremías, pero tenían que admitir que era el mensaje de Dios. No era correcto culpar al mensajero por fielmente entregar el mensaje. Estos príncipes poco después se convirtieron en crueles enemigos de Jeremías

No sabemos exactamente quienes eran estas personas. Ellos no parecen encajar en las categorías anteriores de príncipes, sacerdotes, o profetas. Ellos hablaron con sabiduría sobre Jeremías y su situación. No hubo ancianos que hablaran a favor de Jesús cuando él fue enjuiciado injustamente. Un gobernador pagano proclamó su inocencia, pero envió a Jesús a la cruz de cualquier manera. Los ancianos recordaron el trabajo del profeta Miqueas, registrado en el libro de Miqueas. Ellos recordaron que su mensaje muchas veces no fue placentero, y recordaron lo que él decía; que fue registrado en Miqueas 3:12 concerniente a la destrucción de Jerusalén. Es de interés el notar que es lo que dijo Miqueas justo antes de la porción que ellos citaron: “Sus jefes juzgan por cohecho, y sus sacerdotes enseñan por precio, y sus profetas adivinan por dinero; y se apoyan en Jehová, diciendo: ¿No está Jehová entre nosotros? No vendrá mal sobre nosotros” Miqueas 3:11. Miqueas les advirtió del juicio específicamente en el contexto de la seguridad de los falsos profetas y en el sentido de que ningún daño le podía suceder a Jerusalén. En la mayoría de las cronologías, Miqueas llevó a cabo su trabajo profético más de 100 años antes del tiempo de Jeremías. El que lo citaran de forma exacta es importante. Muestra como el trabajo de los grandes profetas era atesorado, y tan bien recordado que podía ser fácilmente citado.

Los ancianos sabiamente recordaron que Miqueas no fue castigado por entregar un mensaje severo de parte de Dios. En su lugar, el rey Ezequías respondió temiendo al Señor y buscando en oración al Señor. Dios respondió favorablemente cuando hicieron esto y Jehová se arrepintió del mal que había hablado contra ellos. En un sentido de sabio interés propio, los ancianos entendían que estaba mal el oponerse a Jeremías y el perseguirlo. En su lugar ellos debían de temer a Jehová y orar en su presencia tal y como Ezequías había hecho con el mensaje de Miqueas. Si ellos no lo hacían, ellos sufrirían por ello, no solo Jeremías. Esta es realmente una buena defensa, y el argumento fue perfectamente concluyente. Los ancianos recordaron a un segundo profeta cuyo nombre era Urías. No sabemos nada de este Urías hijo de Semaías quien profetizo en los días del rey Joacim. Jeremías no fue el único profeta fiel durante los años de su ministerio. Hubo otros que dijeron la verdad acerca del juicio que venía, incluyendo a este Urías hijo de Semaías. Dado que los eventos de este capítulo sucedieron al inicio del reinado de Joacim, el rey debe de haber tratado de matarlo aun antes de estos. Estas cosas acababan de pasar. Este fiel profeta no se quedó en Jerusalén o en Judá. Él esperaba encontrar seguridad en la gran comunidad hebrea en Egipto, pero no la encontró. El rey envió hombres a encontrar a Urías y traerlo de regreso a Jerusalén. No hubo ninguna crítica a la decisión de Urías de irse de Jerusalén. No por timidez, sino por prudencia.

Tertuliano fue demasiado rígido en su condenación a todo tipo de escape en los tiempos de persecución. Dios no hizo a su pueblo para que se convirtieran en blancos de tiro a los cuales disparar. Los tratados internacionales del antiguo oriente mencionaban la extradición; era parte de los términos de vasallaje impuestos por Egipto. Los ancianos recordaron que el profeta fue brutalmente ejecutado y deshonrado en su muerte. Los ancianos no hablaron en contra de lo que Joacim había hecho. Había una amenaza poco oculta en el mensaje para Jeremías: te hemos salvado de la muerte, pero si sigues hablando terminarás tal y como Urías lo hizo. Cuantos otros profetas fueron intimidados para ser silenciados, no lo sabemos. Tal vez Ahicam era uno de los ancianos. Jeremías tenía por lo menos un amigo con influencia. Probablemente debe de haber sido un miembro de la diputación enviada por Josías a la profetisa Hilda que aparece en 2 de Reyes 22 y 2 Crónicas 34:20, y era el padre de Gedalías, el gobernador de Judá nombrado por Nabucodonosor. Jesús no tuvo a ningún Ahicam para defenderlo. Es más, Jesús es nuestro Ahicam, defendiéndonos de cada acusación del maligno y librándonos de toda condenación. Jeremías no solo tenía la amenaza de los sacerdotes y los profetas, sino también del pueblo. Los príncipes no llevarían a cabo una ejecución, pero Jeremías también necesitaba protección de la multitud, de las manos del pueblo.

Pastor Carlos Umaña Comunidad Cristiana [email protected]