Pablo hace un resumen de lo dicho anteriormente y es como si dijera: No debes juzgar, no uses tu libertad para hacer caer a otro hermano.

En el Sermón del Monte, Jesús nos ayudó a entender lo que significa juzgar a otros según un estándar que no quisiéramos que sea aplicado a nosotros mismos. Esto no quita la necesidad y responsabilidad de exhortación o reprensión, en caso de ser necesario. Cuando exhortamos o reprendemos, lo hacemos sobre principios bíblicos claros, no sobre opiniones. Podemos ofrecer consejos a otros sobre opiniones, pero nunca debemos juzgarlos. Hay dos maneras que podríamos tropezar o causar que nuestro hermano caiga. Podemos desanimarlos o abatirlos con nuestro legalismo contra ellos, o podemos hacerlo al atraerlos a pecar por medio de un uso imprudente de nuestra libertad.

Pablo sabía que no había nada intrínsecamente inmundo de la carne que no era kosher o sacrificada a un ídolo. Sin embargo, no había nada que pudiera justificar la destrucción de un hermano cristiano por la comida. El asunto ahora no es mi libertad personal; pero es andar conforme al amor hacia alguien a quien Jesús ama y por el que murió. Si Jesús estaba dispuesto a rendir Su vida por el bien de ese hermano, ciertamente yo puedo rendir mi cena de bistec.

Siguiendo el llamado más alto del Reino de Dios. Nuestra libertad en Jesús y libertad de la ley es buena, pero no si la usamos para destruir a otro hermano en Cristo. Si ponemos a la comida y la bebida antes de la justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo, entonces estamos completamente fuera de sintonía con las prioridades de Dios y su corazón. Servir a Dios con un corazón por Su justicia, paz y gozo es el tipo de servicio que a Él le agrada, y que es aprobado por los hombres.

Pablo admitirá que la comida en si no es impura; pero también insiste que no hay nada puro en causar a un hermano tropezar. Sin embargo, no deberíamos pensar que Pablo permitiría este tipo de corazón para atender al legalismo de alguien. Pablo habla del tropiezo de un corazón sincero, y no el satisfacer los antojos del legalismo de alguien. Por ejemplo, cuando unos cristianos de origen judío se ofendieron porque los creyentes gentiles no fueron circuncidados, Pablo no atendió sus demandas legalistas.

El apóstol concluye con un principio: El principio final de la fe. ¿Tienes tú fe? Si tú tienes fe y sientes libertad para participar en ciertas cosas, ¡alabado sea Dios! Pero ten tu fuerte delante de Dios, no delante de un hermano que tropezará. No todo cristiano conoce esta felicidad. Hay cosas que Dios puede retarnos a renunciar, pero seguimos aprobándolas en nuestra vida, así nos condenamos a nosotros mismos. Quizás no sea que eso sea claramente bueno o malo, pero es suficiente que Dios nos haya hablado sobre el asunto.

Cada uno de nosotros debe preguntar a Dios, ¿qué existe en mi vida que impide una relación más íntima Contigo? Quiero conocer la felicidad que viene de no condenarme a mi mismo por lo que apruebo en mi vida. Esto requiere fe, porque a menudo nos aferramos a cosas que no nos edifican porque pensamos que nos hacen felices. La verdadera felicidad se encuentra en la cercanía con Jesús, y al no ser condenados por lo que aprobamos. Pablo concluye con otro principio por el cual podemos juzgar las “áreas grises”: si no podemos hacerlo con fe, entonces es pecado. Esta en una revisión maravillosa de nuestra tendencia a justificarnos en las cosas que permitimos. Si nos molesta algo, lo más seguro es que no sea de fe y que sea pecado para nosotros. Aceptemos las diferencias, y seamos piedra de apoyo y no de tropiezo para los demás. Bienaventurado el hombre de fe que contribuye a la paz y a la mutua edificación.

Pastor Carlos Umaña Comunidad Cristiana Lifehouse.