Los príncipes de Judá sentían simpatía por Jeremías, Baruc, y el mensaje del pergamino. Ellos anticiparon que el rey Joacim lo recibiría de mala gana, así que para la protección de este lo depositaron en el aposento de Elisama el secretario. Ellos empezaron por darle a Joacim un reporte comprensivo de lo que Jeremías dijo; que Baruc escribió. Después el rey ordenó que el pergamino fuera traído ante él y se lo leyeran de forma directa y pública. El rey estaba en la casa de verano esto probablemente se refiere a una porción o piso del palacio que era más cómodo durante el invierno, con un ambiente más fresco, del clima de invierno. Joacim se sentó ahí con un brasero ardiendo delante de él.

Los escribas usaban unos cuchillos pequeños y afilados, para cortar sus plumas y para cortar pergaminos cuando era necesario. Mientras Jehudí continuaba leyendo cada columna del pergamino, Joacim cortó la parte que acababa de leer. Su primer acto en contra de la palabra de Dios era cortarla. Joacim tomó la sección que había cortado y metódicamente y repetidamente los puso en el fuego que calentaba la habitación. Esta era una deliberada y dramática manera de insultar y rechazar al profeta y al Dios al que el profeta representaba. Joacim esperaba quemar y destruir la palabra del profeta y de su Dios. Tal vez pensó: estas no son las palabras de Dios; estas son las palabras de Jeremías. La personalidad de Jeremías está en todas estas palabras. Él estaba terriblemente equivocado; estás eran las palabras de Jeremías, pero también eran las palabras de Dios.

El rey esperaba poder destruir el poder de la palabra de Dios al destruir el pergamino. Este acto blasfemo e ignorante fracasó en ver las diferencias entre la palabra de Dios viva y eterna y el medio por el cual esa palabra había sido entregada, la tinta del pergamino o la información en la pantalla. La tinta y el pergamino pueden ser quemados, pero la palabra de Dios nunca puede ser destruida. En esta ocasión, como en otros que vendrían, Dios se encargó de su preservar Su palabra y su cumplimiento. En el año 300 el emperador romano Diocleciano ordenó que todas las biblias fueran destruidas y se destruyeron miles de ellas, incluso porciones de ellas eran destruidas. Un cristiano podía ser asesinado por el solo hecho de poseer una. Aun así, no funcionó. El siguiente emperador romano ordenó 50 nuevas biblias completas que se pagaron a expensas del gobierno.

El pecado puede deteriorar las facultades morales y espirituales, de tal manera que el hombre puede aventar sin el más mínimo temor la palabra de Dios al fuego, y condenar a su mensajero a muerte. Pero tales acciones nunca destruyen la palabra de Dios, ni la invalidan. Este no fue el último ataque sobre la palabra de Dios. Reyes y gobernadores se han vuelto en contra de ella; escépticos y estudiosos liberales han buscado desacreditar o desmembrarla; pero ha permanecido indestructible. El hombre que actúa como Joacim hizo será juzgado.

Dios y su palabra habían sido gravemente insultados justo frente a los ojos de sus siervos y aun así les parecía poca cosa. Ellos probablemente no aprobaban la acción, pensando algo como “Bueno, yo nunca hubiera hecho tal cosa.” Sin embargo, pensaron que era de poco significado que el rey a cargo del pueblo del pacto de Dios quemara las mismísimas palabras del Dios del pacto. Cuando Josías escuchó el libro de la ley que le era leído él rasgó sus ropas en amargura y dolor sobre el pecado y la rebelión de su pueblo y de sus líderes. La mayoría de los oficiales de la corte se quedaron ahí parados de forma indiferente. Ellos compartían con el rey en lo que se refería a la palabra de Dios. Y aunque Elnatán y Delaía y Gemarías rogaron al rey que no quemase aquel rollo, no los quiso oír: Hubo algunos que por lo menos le dijeron algo al rey. Aun así, Joacim los ignoró y ordenó que Baruc y Jeremías fueran arrestados – pero el Señor los escondió.

La respuesta de Dios a la acción del rey Joacim de cortar y quemar las palabras que habían sido escritas era escribirlas de nuevo y publicarlas. Jeremías 22:28-30 registra una promesa hecha a Conías el sobrino de Joacim “Escribid lo que sucederá a este hombre privado de descendencia, hombre a quien nada próspero sucederá en todos los días de su vida; porque ninguno de su descendencia logrará sentarse sobre el trono de David, ni reinar sobre Judá” Jeremías 22:30. Lo que era cierto para el sobrino, también sería cierto para el tío.

Dios promete traer sobre el rey Joacim y los suyos el juicio que Jeremías profetizó, incluso la desgracia hecha a su cadáver después de su muerte. La catástrofe del juicio vendría sobre el pueblo de Judá y de Jerusalén porque ellos rechazaron la palabra de Dios a través de Jeremías tal y como el rey Joacim lo hizo. De hecho, la oposición de Joacim solo empeoró su causa, no la mejoró. Respondiendo al acto del rey de cortar y quemar su palabra, Dios estaba determinado a traer aún más palabras de juicio, no menos.