La conexión entre aquellos que confiaban en sí mismos como justos y aquellos que menospreciaban a los otros es casi inevitable. Si me doy a mí mismo el crédito de un supuesto caminar grande y espiritual con Dios, entonces es algo fácil despreciar a otro por su supuesto caminar bajo y carnal con Dios. En la parábola, ambos hombres oraron, pero no vinieron a Dios de la misma manera. El fariseo subió al templo a orar, pero no oró. Habló consigo mismo, no con Dios; en su breve oración se refirió a sí mismo en cinco ocasiones. Es completamente posible dirigir tus palabras a Dios, pero en realidad estar orando a ti mismo, porque tu enfoque está en ti mismo, no en Dios. Tu pasión está en tu propia agenda, no en la de Dios. Tu actitud es hágase mi voluntad, no hágase Tu voluntad. El hombre estaba lleno de adoración, pero se regocijaba no en quien era Dios ¡sino en quien era él!

En su supuesta oración, el fariseo se alabó a sí mismo, y se comparó a otros hombres. No es difícil tener una opinión tan elevada de uno mismo cuando nos comparamos con otras personas; normalmente no es difícil encontrar a alguien peor. Un antiguo rabino (Rabí Simeón) fue un ejemplo de este orgullo fariseo cuando dijo: Si solamente hubiera treinta personas justas en el mundo, mi hijo y yo seríamos dos de ellas; pero si solamente hubiera veinte, mi hijo y yo seriamos parte de ese número; y si solo hubiera diez, yo y mi hijo seriamos parte de ese número; y si solo hubiera cinco, yo y mi hijo seriamos parte de esos cinco; y si solo hubiera dos, yo y mi hijo seriamos esos dos; y si solo hubiera uno, yo sería ese justo.

En aquellos días muchos judíos ayunaban en el segundo y quinto día de la semana, porque creían que Moisés había subido al monte Sinaí a recibir la ley en el quinto día de la semana, y que descendió con la ley en el segundo día de la semana. Aquellos que deseaban ganar méritos especiales también ayunaban los lunes y los jueves. Es notable que estos eran los días de mercado cuando Jerusalén estaba llena de campesinos. Aquellos que ayunaban se emblanquecían los rostros y aparecían en ropas sucias, y esos días le daban a su piedad la mayor audiencia posible. Lo que el fariseo dijo acerca de sí mismo era cierto. Su problema no era que estaba lo suficientemente lejos en el camino, sino que estaba en el camino equivocado por completo. El fariseo dependía de su propio poder y obras delante de Dios, pero el recolector de impuestos dependía de la misericordia y el perdón de Dios. Podemos imaginar al fariseo orando con palabras elocuentes y fluidas, en un estilo espiritual; cualquiera que lo escuchara orar diría que era un hombre espiritual. En contraste, imaginamos al publicano orando embarazosamente, con frases cortadas y con miedo; pero su oración agradó a Dios.

El publicano era tan consiente de su pecado y corrupción de su corazón que golpeaba su propio corazón como castigo. De acuerdo a Morris, el tiempo verbal golpeaba el pecho describe una acción continua; él lo seguía haciendo. El texto original no dice que él se golpeó una vez, sino que lo hacía una y otra y otra vez. Era un acto continuo. Parece que estuviera diciendo: ¡Oh, este corazón malvado! Y lo golpeaba. Una y otra vez expresó su intenso dolor con este gesto oriental, porque no sabía otra manera de como expresar su dolor. El fariseo pensó que no era como otros hombres; que era mejor que ellos. El publicano también pensó que no era como otros hombres; que era peor que ellos. “En realidad oró: ‘Oh Dios ten misericordia de mí, el pecador’, como si no fuera solo un pecador, sino el pecador por excelencia”. Si no hubiera otro pecador en el mundo, él era uno; y en un mundo de pecadores era prominente entre ellos: el pecador de los pecadores. Enfáticamente, él se aplica a sí mismo el título de culpable. La justificación del publicano fue inmediata. Él humildemente vino delante de Dios sobre la base de Su sacrificio expiatorio y fue justificado. No se ganó su justificación, y no tuvo un periodo de prueba; simplemente fue justificado.

Esencialmente, el fariseo veía la oración y su vida espiritual como una manera de ser exaltado, pero el publicano se acercó a Dios en humildad. La verdadera humildad es simplemente ver las cosas como son. El fariseo se veía a sí mismo como algo grandioso cuando no lo era, y el publicano se veía a sí mismo como un pecador con necesidad de la misericordia de Dios, que es lo que era. No ganamos nada al venir a Dios en la mentira del orgullo. El principio que Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes es tan importante que Dios lo repitió tres veces.

A los niños le encantaba venir a Jesús, y dice algo acerca de nuestro Salvador que los niños lo amaban y que Él amaba a los niños. Jesús no era un hombre malo y amargado porque los niños no aman a las personas malas y amargadas. Era costumbre de las madres llevar a sus hijos a un distinguido rabí en el primer cumpleaños para que los bendijera. Jesús sabía que estos niños, aunque no entendían el hablar o la enseñanza elocuente de Jesús, podían responder a un toque. Jesús sabe cómo comunicarse de la manera que necesitamos. Debido a que los niños les encantan venir a Jesús, nunca debemos bloquear el camino, o fracasar en proveerles uno. Sabemos más acerca de Jesús que lo que las mujeres de Judea; así que no hay una buena razón para que mantengamos a nuestros niños lejos de Jesús. Los niños reciben la bendición de Jesús sin tratar de hacerse dignos de ella, o de pretender que no la necesitan. Tenemos que recibir las bendiciones de Dios de la misma manera. No solo Jesús dio la bienvenida a estos pequeños humanos como miembros del reino de Dios; También los elogió como ciudadanos modelos de él, debido a su capacidad de confiar y amar.

Pastor Carlos Umaña Comunidad Cristiana Lifehouse.