Abraham fue contado justo antes de que fuera circuncidado; por lo tanto, no fue debido a la circuncisión. Abraham fue contado como justo en Génesis 15:6. Él no recibió el pacto de la circuncisión hasta Génesis 17, que fue al menos 14 años después. Recibió la circuncisión como señal, como sello de la justicia de la fe que tuvo para que fuese padre de todos los creyentes; los que si y los que no, a fin de que también a ellos la fe les sea contada por justicia.

Para el pueblo judío de la época de Pablo, el significado de la circuncisión era más que social. Era el punto de entrada para una vida vivida bajo la Ley de Moisés: Pablo dijo en Gálatas 5:3. Y otra vez testifico a todo hombre que se circuncida, que está obligado a guardar toda la ley. Los judíos querían usar la circuncisión para declarar que ellos eran los verdaderos descendientes de Abraham. Pablo insiste que, para tener a Abraham como tu padre, tú debes de seguir las pisadas de la fe que tuvo Abraham. “Nuestro padre Abraham” es una frase importante, la cual los antiguos judíos guardaban celosamente. Ellos no permitían que un gentil circuncidado convertido al judaísmo se refiriera a Abraham como “nuestro padre” en la sinagoga. Un gentil convertido debía de llamar a Abraham “su padre” y solamente los judíos de nacimiento podían llamar a Abraham “nuestro Padre”. Pablo tira esa distinción y dice que por medio de la fe todos pueden decir, “nuestro padre Abraham”.

William Barclay explica que los maestros judíos de los días de Pablo tenían un dicho: “Lo que está escrito de Abraham también está escrito de sus hijos”, dando a entender que las promesas dadas a Abraham se extienden a sus descendientes. Pablo estaba de acuerdo con este principio, y extendía el principio al ser justificado por fe para todos los descendientes espirituales de Abraham, aquellos que creen, a los que siguen las pisadas de la fe de Abraham.

Ya que todos los tratos de Dios con Abraham, Isaac y Jacob sucedieron antes de que se diera la Ley de Moisés, no podemos decir que estaban basados en la ley. En lugar de eso, están basados en la declaración de Dios de la justicia de Abraham por medio de la fe. Abraham fue un hombre bendecido, así es, pero se convirtió en heredero del mundo por medio de otro principio completamente: La fe.

La ley no nos puede traer a las bendiciones de las promesas de Dios. Esto no es porque la ley sea mala, sino porque somos incapaces de guardarla. Nuestra incapacidad de guardar la ley (nuestra transgresión) significa que se convierte esencialmente en un vehículo de la ira de Dios hacia nosotros, especialmente si la tenemos como el principio por el cual nos justificamos y nos relacionamos con Dios. Pablo dice: dónde no hay ley, tampoco hay transgresión: ¿Cómo puede decir esto Pablo? Debido a que “Transgresión” es la palabra correcta para sobrepasar una línea, y para quebrar un mandamiento claramente definido. Donde no hay línea, no hay transgresión real.

Hay pecado que no es “el cruzar la línea” de la Ley de Moisés. La raíz del pecado es el quebrantar la confianza con Dios; es negar Su propósito amoroso en cada mandamiento que da. Antes de que Adán pecara él rompió la confianza con Dios, por lo tanto, el plan de redención de Dios está centrado en una relación de amor, confianza y fe, en lugar de guardar la ley. Cuando centramos nuestra relación con Dios en el cumplimiento de la ley; en lugar de un amor de confianza, entonces estamos yendo en contra de todo Su plan. La fe esta relacionada con la gracia en la misma manera que las obras están relacionadas con la ley. La gracia y la ley son principios, y la fe y las obras son los medios por los cuales seguimos esos principios para nuestra relación con Dios.

Hablando técnicamente, no somos salvos por la fe. Somos salvos por la gracia de Dios, y la gracia es apropiada por la fe. La salvación entonces es por fe, y nada más. La gracia no puede obtenerse a través de obras, ya sea obras pasadas, presentes o futuras, o prometidas. Esto se debe a que, por definición, la gracia es dada sin considerar nada de aquel que la recibe. La gracia y la fe son congruentes, y se unirán en el mismo carruaje, pero la gracia y el mérito son contrarios el uno al otro y se repelen en sentidos opuestos, y por lo tanto Dios no ha elegido ponerlos bajo el mismo yugo.

Si la ley es la base de nuestra salvación, entonces nuestra salvación depende de nuestro cumplimiento de la ley, y nadie puede guardar la ley lo suficientemente bien para ser salvos por ella. Una promesa de salvación con respecto a la ley nunca puede ser firme. Un gentil podría decir: “Yo no soy judío, no soy de la ley; pero soy de la fe de Abraham”, y él sería tan salvo como lo sería un creyente en Jesús judío. El cumplimiento de la promesa en Génesis 17:4-5 no solo se encuentra en los descendientes de Abraham a través de Isaac, pero especialmente en su rol de ser padre de todos los que creen, y esos creyentes provienen de toda nación bajo el cielo y no solo de Israel.

Pastor Carlos Umaña Comunidad Cristiana Lifehouse.