Abraham no fue justificado por obras, pero si declarado justo por medio de la fe. Al construir sobre el pensamiento iniciado en Romanos 3:31, Pablo hace la pregunta: ¿La idea de la justificación por medio de la fe, aparte de las obras de la ley, hace que lo que Dios hizo en el Antiguo Testamento sea irrelevante? Al contestar dicha pregunta, Pablo mira a Abraham, el hombre más estimado entre el pueblo judío de sus días. Si alguien pudiera ser justificado por las obras, ellos tendrían algo de qué gloriarse. Sin embargo, tal jactancia no es nada delante de Dios es evidente que nadie puede en realidad ser justificado por las obras. El Antiguo Testamento no dice que Abraham fue declarado justo debido a sus obras. En lugar de eso, Génesis 15:6 dice que creyó a Jehová, y le fue contado por justicia. Pablo lo pone en claro: la justicia de Abraham no provino de sus buenas obras, sino de su confianza en Dios. Fue una justicia obtenida por medio de la fe.

En general, los maestros judíos en los días de Pablo creían que Abraham fue justificado por sus obras, al guardar la ley. Los pasajes antiguos de los rabinos dicen: “Encontramos que Abraham, nuestro padre, había realizado toda la Ley antes de que fuera dada” y “Abraham fue perfecto en todas sus obras con el Señor”. Los rabinos argumentaban que Abraham guardó la ley perfectamente, aún antes de que fuera dada, guardándola por intuición o anticipación. Nuestra justificación no es Dios haciéndonos perfectamente justos, sino contándonos como perfectamente justos. Después de ser contados como justos, entonces Dios empieza a hacernos verdaderamente justos, culminando en nuestra resurrección.

La idea del verso 4 sobre la gracia está en contra del principio de las obras; la gracia tiene que ver con recibir libremente el regalo dado por Dios, las obras tienen que ver con ganar nuestro mérito delante de Dios. El sistema de las obras busca poner a Dios en deuda con nosotros, haciendo que Dios nos deba Su favor debido a nuestro buen comportamiento. Es como decir que Dios nos debe la salvación o la bendición debido a nuestras buenas obras. El problema es que Dios justifica también al impío. Podríamos creer que Dios solo justificaría a un hombre piadoso, pero debido a lo que Jesús hizo en la cruz, Dios puede justificar al malo.

No es como si Dios estuviera feliz con nuestra condición de impío. No somos justificados debido a nuestra impiedad, pero si a pesar de nuestra impiedad. Por esto entendemos que no hay dos maneras para la salvación: salvos por obras por medio de guardar la ley en el Antiguo Testamento y salvos por gracia por medio de la fe en el Nuevo Testamento. Cualquiera que haya sido salvo -Antiguo o Nuevo Testamento- es hecho salvo por gracia por medio de la fe, a través de su relación de un amor de confianza con Dios. Debido al Nuevo Pacto, nosotros tenemos los beneficios de la salvación que los santos del Antiguo Testamento no tenían, pero no tenemos una forma diferente de salvación.

El rey David del Antiguo Testamento sabía lo que era ser un pecador culpable, Él conocía la seriedad del pecado y lo bueno que es ser verdaderamente perdonado. Él conocía la bienaventuranza del hombre a quien Dios atribuye justicia sin obras. Si David hubiera sido juzgado solamente por sus obras, el Dios justo debe condenarlo. Sin embargo, él conocía por experiencia que son bienaventurados aquellos cuyas iniquidades son perdonadas.

Ningún pecador, por mucho que lo intente, puede llevarse sus propios pecados y volver limpio de culpa. Ninguna cantidad de dinero, ni ciencia, ni habilidad inventiva, ni ejércitos de millones, ni ningún otro poder de la tierra puede quitarle al pecador un pequeño pecado y su culpa. Una vez que ha sido cometido, cada pecado y su culpa se aferran al pecador tan cerca como su propia sombra, se aferran por toda la eternidad a menos que Dios se los lleve.

Finalmente, en el Salmo citado el cual es el 32: 1,2 David habla de la bienaventuranza, no de aquel que es justificado a través de las obras, pero de aquel que es limpiado a través de la imputación. Esto está centrado en lo que Dios coloca sobre nosotros (la justicia de Jesús), no en lo que nosotros hacemos por Dios. ¡Qué maravillosa declaración para alguien que cree en las promesas de Dios! Lo que Dios ve en nosotros, es nuestra fe en Él. Bienaventurados somos nosotros que podemos disfrutar de la redención de nuestros pecados por nuestra fe en Jesús.

Pastor Carlos Umaña Comunidad Cristiana Lifehouse.