Nuestra deuda es con el Espíritu, no con la carne. La carne (otra vez, en el sentido estricto de la carne pecaminosa en rebelión contra Dios) no nos dio nada bueno. Por lo tanto, no tenemos ninguna obligación de complacerle o consentirle. Nuestra deuda es con el Señor, no con la carne. Pablo nos recuerda constantemente que el vivir conforme a la carne termina en muerte. Necesitamos ser recordados porque muy seguido somos engañados al pensar que la carne nos ofrece vida. Cuando hacemos morir las obras de la carne (forzando a la carne pecaminosa a someterse al Espíritu), debemos hacerlo por el Espíritu. De otra manera seremos como los fariseos y espiritualmente orgullosos.

El apóstol nos dice que no solo somos salvos por la obra del Espíritu, sino que también debemos caminar por el Espíritu si queremos crecer e ir tras la santidad en el Señor. No podemos ser como algunos de los gálatas que pensaron que podían comenzar en el Espíritu y luego encontrar la perfección espiritual a través de la carne (Gálatas 3:3). Por lo tanto, viviendo en el Espíritu significa viviendo como un hijo de Dios. Es adecuado que los hijos de Dios sean guiados por el Espíritu de Dios. Sin embargo, no debemos pensar que ser guiados por el Espíritu es una condición previa para ser un hijo de Dios. En lugar de eso, nos hacemos hijos primero y luego el Espíritu de Dios nos guía. Pablo no dijo que: Todos los que van a la iglesia, todos los que leen sus Biblias, todos los que son patriotas de su país, todos los que participan en la comunión, estos son hijos de Dios. En este texto, la prueba para ver si somos hijos es si somos guiados por el Espíritu de Dios.

¿A dónde nos guía el Espíritu Santo? Nos guía al arrepentimiento, a pensar poco en nosotros y mucho en Jesús, a la verdad, al amor, a la santidad, a ser útiles. El vivir como un hijo de Dios significa una relación íntima, de gozo, con Dios, no como la esclavitud y temor mostrados por la ley. Un hijo de Dios puede tener una relación tan cercana con Dios que puede clamar: ¡Abba, Padre! (¡Papi!).

Es fácil para nosotros ver a Jesús relacionándose con el Padre con esta confianza bienaventurada, pero podemos pensar que no somos dignos de hacerlo nosotros. Sin embargo, recuerda que estamos en Cristo: tenemos el privilegio de relacionarnos con el Padre de la misma manera que lo hace Cristo Jesús. En el mundo Romano del primer siglo D.C., un hijo adoptivo era un hijo elegido deliberadamente por su padre adoptivo para perpetuar su nombre y heredar sus bienes; no era inferior en estatus a un hijo nacido del curso ordinario de la naturaleza. Bajo la adopción romana, la vida y la posición del hijo adoptado cambiaban completamente. El hijo adoptivo perdía todos los derechos de su antigua familia y ganaba todos los nuevos derechos de su nueva familia; La vieja vida del hijo adoptado era completamente borrada, con todas las deudas canceladas, sin nada de su pasado contado en su contra. La evidencia de que somos hijos de Dios es el testimonio del Espíritu Santo. Él da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos. En pocas palabras, Pablo dice que aquellos que son hijos de Dios, nacidos de nuevo por el Espíritu de Dios, conocen su estatus porque el Espíritu Santo testifica a nuestro espíritu que así es.

Esto no quiere decir que no haya quienes piensen o asuman erróneamente que son hijos de Dios aparte del testimonio del Espíritu. También hay cristianos cuyas mentes están tan nubladas por ataques espirituales que comienzan a creer la mentira de que, después de todo, no son hijos de Dios. Sin embargo, el testimonio de el Espíritu todavía está allí. No debemos de preguntarnos si en verdad somos cristianos o no. Los hijos de Dios saben quiénes son. La ley judía decía que de la boca de dos o tres testigos todo debía de ser establecido (Deuteronomio 17:6). Hay dos testigos de nuestra salvación: nuestro propio testimonio y el testimonio del Espíritu Santo.

Debido a que estamos en Cristo, tenemos el privilegio de relacionarnos con el Padre de la manera que lo hace Jesús. Por lo tanto, somos herederos de Dios y coherederos con Cristo. El ser un hijo de Dios también significa tener una herencia. En Lucas 18:18 el hombre principal le preguntó a Jesús: “¿Qué haré para heredar?” Pero el hombre principal no entendió porque la herencia no es cuestión de hacer, es cuestión de ser, de ser parte de la familia correcta. Debido a que estamos en Cristo, también somos llamados a compartir Su padecimiento. Los hijos de Dios no están inmunes al sufrimiento o a la aflicción. De hecho, el compartir los padecimientos presentes es una condición para nuestra futura glorificación. En lo que a Dios concierne, todo es parte del mismo paquete de filiación, sin importar cuánto quiera nuestra carne tener la herencia y la gloria sin el sufrimiento.

Pastor Carlos Umaña Comunidad Cristiana Lifehouse.