Como en el texto anterior, el rey Sedequías quería una reunión privada con Jeremías. Hay muchas similitudes entre los eventos de Jeremías 37 y Jeremías 38 sin embargo son diferentes lugares de reunión con el rey y diferentes conversaciones. Jeremías fue fiel a su carácter y Sedequías fue fiel al suyo, así que el mismo drama pudo haber sido actuado de forma similar, aunque de maneras distintas. Sedequías le rogó a Jeremías que le dijera la verdad, pero Jeremías temía que el rey no pudiera aceptarla, incluso pensó: “no me escuchará”; o en el peor de los casos me matará. Sedequías le juró a Jeremías en el nombre del Señor que no lo mataría y que no permitiría que otros lo hicieran. Extrañamente, un rey que no vivía como el Señor quería hace un juramento diciendo, “vive jehová”. Pero ¿Qué valor se le podía dar al juramento, a quien era ampliamente conocido de ser una persona mentirosa que había quebrado su juramento de fidelidad a Nabucodonosor?

Jeremías aceptó tomar el riesgo de entregar el mensaje de Dios al rey Sedequías. Al hablar a través de Jeremías, Dios empieza el mensaje al identificarse a sí mismo como Jehová, el Dios del pacto de Israel, Jehová de los ejércitos, el Amo y Señor de los descendientes del pacto de Abraham, Isaac, y Jacob. Esta no era una palabra nueva para Sedequías. Tal vez tenía una urgencia nueva, pero no era un mensaje nuevo. Los babilonios eran el instrumento del juicio de Dios para Judá y por lo tanto la resistencia contra ellos era tonta e inútil. Era mucho mejor entregarse a ellos y a la voluntad de Dios. Esta era la notable paciencia y misericordia de Dios para un rey que había rechazado la palabra de Dios muchas veces antes. Sedequías no podía evitar la conquista de Jerusalén con su arrepentimiento, pero Él podía hacer esa conquista mucho menos severa. Incluso ahora, en esta hora tan tarde: Si él se rendía, su alma viviría y no sería asesinado. Jerusalén sería perdonada de la destrucción total, sus esposas, hijos, y la familia real serían todos perdonados de la muerte. Todo lo que tenía que hacer era confiar en el profeta, para levantar su cabeza en alto, tomar la bandera de la paz, caminar a través de los príncipes hacia los ejércitos caldeos. Este simple acto de rendición hubiera salvado a la ciudad. Sedequías sabía lo que significaba rendirse ante los príncipes; él vergonzosamente se rindió ante los príncipes de Judá. A través de Jeremías, Dios le advirtió a Sedequías que se rindiera a los príncipes correctos. El destino de la ciudad descansaba en el arrepentimiento y la confianza en Dios de este hombre. Rendirse a los babilonios perdonaría a la ciudad de Jerusalén. Ellos serían conquistados, pero no destruidos ni puestos a fuego. Una vez más la debilidad de carácter de Sedequías se mostró. Había que tomar ciertas acciones que él sabía que eran las correctas, pero le faltaba el coraje para hacerlo. Habría bendiciones para la obediencia (y te irá bien y vivirás) y una maldición para la desobediencia (Sacarán, pues, todas tus mujeres y tus hijos a los caldeos). Nada podía cambiar el hecho de que, como el instrumento de Dios, los babilonios conquistarían Judá y Jerusalén. Aun así, la obediencia o desobediencia de un hombre podría determinar la extensión de la miseria y la destrucción que habría.

Esta era una fuerte y valiente palabra la que Jeremías le dio a Sedequías. El rey anteriormente le había mostrado su misericordia y le había prometido pan, pero el pan que el rey puso en la boca del profeta no evitó que Jeremías le dijera la verdad. Preocupándose por sus propios intereses, Sedequías no quería que nadie más supiera lo que El Señor le había dicho a través del profeta. Tal vez él no quería la culpa de la catástrofe, miseria y destrucción que su desobediencia podía traer. Incluso al saber lo que su desobediencia traería sobre su familia no logro hacer que el rey tomará acciones. Como un niño, él solo está preocupado de que su plática secreta no fuera conocida. Sus palabras finales – virtualmente, “¡No me acuses!”, esto muestra que esta última y final llamada al arrepentimiento desde el borde ni siquiera había sido registrada por él. Cuando los príncipes de Judá le preguntaron a Jeremías acerca de su conversación con el rey, Jeremías hizo lo que el rey le dijo. Él no reveló lo que Dios le había dicho a Sedequías, aparentemente creyendo que esto era entre el rey y Dios. Esto era decir la verdad, y nada más que la verdad, pero no toda la verdad. El rey no deseaba que el actuara en contra de su conciencia, ni le propuso nada que no fuera consistente con la verdad.

Jeremías no fue regresado a la cisterna y permaneció en el patio hasta que Jerusalén fue conquistada, tal y como lo había profetizado. Finalmente volvió a la prisión; Sedequías se fue al palacio. Las cosas resultaron mejor para el profeta que para el rey. Sedequías regreso al palacio para sufrir la angustia de saber qué era lo correcto por hacer y no tener el coraje para hacerlo.

Pastor Carlos Umaña Comunidad Cristiana Lifehouse.