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Santiago describe con precisión las contiendas entre los cristianos en los términos de guerras y pleitos. Muy seguido, las batallas que ocurren entre los cristianos son amargas y severas. No quiere decir que combatan dentro de un hombre, aunque también es cierto; sino que hacen que los hombres luchen entre sí. La fuente de guerras y pleitos entre los cristianos siempre es la misma. Hay alguna raíz de carnalidad, una guerra interna dentro del creyente con respecto a las lujurias y la carne. Casi todos los que tienen una actitud muy crítica y contenciosa afirman que es el Espíritu de Dios quien los impulsa y los apoya. Santiago deja claro que esta manera contenciosa viene de sus pasiones. Las pasiones llevan al conflicto.
La palabra asesinar es alarmante y tiene la intención de alarmar; Santiago buscó el forzar a sus lectores a que se dieran cuenta de la profundidad de la maldad en su odio amargo hacia los demás. Esto nos ayuda a entender racionalmente la locura de vivir la vida detrás de las lujurias del mundo y de nuestros apetitos animales. Estás tentado a cumplir un deseo pecaminoso porque piensas (o esperas) que puede ser satisfecho, pero nunca lo será. ¿Por qué no aceptar tu falta de tal satisfacción ahora, en lugar de experimentar un pecado muy doloroso y dañino después? La razón por la que estos deseos destructivos existen entre los cristianos es porque no buscan a Dios para que satisfaga sus necesidades.
Santiago nos recuerda el gran poder de la oración, y el motivo por el que uno puede vivir innecesariamente como un indigente espiritual: simplemente por no orar, o no pedir cuándo ora. Después de tratar el problema de la falta de oración, ahora Santiago trató el problema de la oración egoísta. Estos, cuando pedían, lo hacían con motivos puramente egoístas. Debemos recordar que el propósito de la oración no es persuadir a un Dios renuente a hacer nuestra voluntad. El propósito de la oración es alinear nuestra voluntad con la suya y, en asociación con Él, pedirle que cumpla su voluntad en esta tierra. El termino gastar, es el mismo verbo que se usa para describir el derroche del Hijo Pródigo. Los deseos destructivos persisten, incluso si oramos, porque nuestras oraciones pueden ser egocéntricas y autoindulgentes.
¡Oh almas adúlteras!: Esta es una reprensión en la que se emplea el vocabulario del Antiguo Testamento. Dios habló de esta manera en el Antiguo Testamento por medio de los profetas Jeremías, Ezequiel y Oseas cuándo su pueblo fue atraído a ciertas formas de idolatría. Los mejores manuscritos griegos antiguos solo dicen que son “adúlteras”. Utiliza la forma femenina deliberadamente, porque un giro de especial desprecio y desdén en el mundo antiguo era llamar a una comunidad o a un grupo usando algún equivalente femenino. Según esta imagen, Dios es el “esposo” y nosotros somos su esposa. Los judíos, por su pacto con Dios, se representan como desposados con él y; por lo tanto, su idolatría, y su iniquidad en general, son representados bajo la noción de adulterio.
Santiago reconoce que nosotros no podemos ser amigos del sistema del mundo, que está en rebelión contra Dios, y ser amigos de Dios al mismo tiempo. Aun el deseo de ser amigo del mundo constituye enemistad con Dios. Esto significa que se es hostil con Dios, ya que se desafía su voluntad y se desprecia su propósito; disfrazarlo como uno puede, es un desafío implícito para Dios. Las fuertes declaraciones que Santiago hace aquí nos recuerdan que no todo era hermoso en la iglesia primitiva. Tenían mucha carnalidad y mundanalidad con la que lidiar. Mientras que la iglesia del Nuevo Testamento es un claro patrón para nosotros, no debemos sobre romantizar el carácter espiritual de los primeros cristianos.
La presencia que mora en el interior del Espíritu Santo tiene un anhelo celoso por nuestra amistad con Dios. El Espíritu condenará al cristiano que vive en compromiso. Santiago está de acuerdo con los muchos pasajes del Antiguo Testamento que nos dicen que Dios es un Dios celoso. La idea es que Dios ama a los hombres con tal pasión que no puede soportar ningún otro amor dentro de los corazones de los hombres. El mismo Espíritu Santo que nos convence de nuestro compromiso, también nos dará la gracia de servir a Dios como debemos. Esta maravillosa afirmación; “pero él da mayor gracia”, contrasta fuertemente con las palabras anteriores. El pecado busca entrar, la gracia cierra la puerta; el pecado trata de obtener el dominio, pero la gracia, que es más fuerte que el pecado, se resiste y no lo permite. El pecado nos hace caer a veces, y pone su pie en nuestro cuello; la gracia viene al rescate. El pecado sube como el diluvio de Noé, pero la gracia cabalga sobre las cimas de las montañas como el arca. Al mismo tiempo, Santiago nos recuerda que esta gracia solo llega a los humildes. La gracia y el orgullo son enemigos eternos. El orgullo exige que Dios me bendiga a la luz de mis méritos, ya sean reales o imaginarios. Pero la gracia no se ocupará de mí en base a nada en mí, bueno o malo, sino solo en base a quién es Dios.
A la luz de la gracia ofrecida a los humildes, solo hay una cosa que hacer: someterse a Dios. Esto significa ordenarse bajo Dios, rendirse a Él como un Rey conquistador, y comenzar a recibir los beneficios de su reinado. Debemos someternos a Dios porque Él nos creó, porque su gobierno es bueno para nosotros, porque toda resistencia a Él es inútil, porque tal sumisión es absolutamente necesaria para la salvación y porque es la única manera de tener paz con Dios. Para resolver los problemas de la carnalidad y los pleitos que ocasiona, debemos también resistir al diablo. Esto significa estar en contra de los engaños del Diablo y de sus esfuerzos por intimidar. Mientras logramos resistir al diablo, se nos promete que huirá de nosotros. Entonces Él nos exaltará, debido a que Dios resiste a los soberbios, pero da gracia a los humildes, y la gracia —el favor inmerecido de Dios— siempre nos exaltará. En este pasaje Santiago ha descrito poderosamente tanto el deber como la bendición del arrepentimiento.
Pastor Carlos Umaña
Comunidad Cristiana Lifehouse.
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