Éstos que aquí se mencionan no pudieron probar su genealogía. Aquellos seguramente pensaron que eran israelitas, esperaban serlo o trataban de serlo. Pero el pensarlo, el esperarlo o el intentarlo no les convertía en israelitas ni les resultaba de ninguna ayuda. Y como no podían probar su descendencia, su genealogía, fueron excluidos.
Aplicando este ejemplo a la experiencia de la salvación, diremos que usted, no sólo necesita ser salvo, sino que también tiene que saberlo con certeza.
En aquel tiempo los sacerdotes tomaban sus decisiones, basándose en el Urim y el Tumim, que se encontraban en el pectoral que usaba el sumo sacerdote. El pectoral era como un saquito cuadrado que estaba ligado al efod, que era un ornamento que se llevaba sobre la túnica del sumo sacerdote. Se ha pensado que el Urim y el Tumim eran pequeños guijarros o varillas. Gracias a dos colores diferentes se podía interpretar su salida del efod como un sí o como un no. Si salían juntos, se interpretaba que no había respuesta. Por este medio el sumo sacerdote averiguaba la voluntad de Dios. Aquella fue la manera provista por Dios para aquella época. Pero en la actualidad, los creyentes en Cristo determinan cual es la voluntad de Dios por medio de Su Palabra y la guía del Espíritu Santo. Y esa misma Palabra es la que nos explica cómo podemos obtener la vida eterna.
En el último versículo de este séptimo capítulo. Los israelitas se encontraban en ese momento de su historia de regreso en su tierra. Bajo la dirección de Nehemías se había realizado una gigantesca obra. Pero, como veremos más adelante, el trabajo no había finalizado. Aún quedaba más tarea para ellos.
A raíz de lo que hemos leído en el versículo 3, que cada uno de los vigilantes de la ciudad debía efectuar su turno de guardia, algunos en sus puestos y otros frente a su propia casa, imaginamos que aquellos habitantes de Jerusalén habrán experimentado miedo e inseguridad, especialmente al caer la noche, porque la oscuridad creaba las condiciones propicias para un ataque del enemigo. Pero, en todo caso, aquella vigilancia debía ser una actitud confiada, una actitud de fe consciente de la insuficiencia y debilidad humana, y de la suficiencia y efectividad de los recursos sobrenaturales de Dios.
Los temores de aquellos moradores de la ciudad, son nuestros miedos y temores en el día de hoy. En este sentido, viene bien recordar las siguientes palabras del Salmo 127: “Si el Señor no edifica la casa, en vano trabajan los que la edifican: si el Señor no guarda la ciudad, en vano vela la guardia”. Vivimos en un mundo en el que las medidas de seguridad son cada vez más numerosas y efectivas, basadas en los últimos adelantos de la tecnología. Pero el caso es que las personas son cada vez más conscientes de su vulnerabilidad, de su inseguridad. Está claro que hay en nosotros una tendencia a la autodestrucción, y fuerzas o influencias externas que tratan de malograr nuestra vida presente y futura. Le invito a vivir una vida de seguridad, basada en una relación con Dios. Usted puede iniciar esa relación depositando su fe en Jesucristo, creyendo en Él como su Salvador. Quizás, pueda usted dirigirse a Dios haciendo suyas las palabras del autor del Salmo 31: “Señor . . . inclina a mí tu oído, rescátame pronto; sé para mi roca fuerte, fortaleza para salvarme. Porque tú eres mi roca y mi fortaleza, y por amor de tu nombre me conducirás y me guiarás”.
Pastor Carlos Umaña
Comunidad Cristiana Lifehouse.
