Mateo nos presenta a uno de los personajes fascinantes del Nuevo Testamento. Este fue el Juan nacido a Zacarías y Elisabeth, cuyo nacimiento milagroso de esta pareja demasiado vieja se anunció, junto con su llamado a ser el precursor del Mesías, en Lucas 1. El mensaje de Juan era un llamado al arrepentimiento. Algunas personas piensan que el arrepentimiento se trata principalmente de sentimientos, especialmente de sentir pena por su pecado. Es maravilloso sentirse culpable por su pecado, pero arrepentirse no es una palabra de “sentimientos”. Es una palabra de acción. Juan les dijo a sus oidores que cambiaran su manera de pensar, no solamente que se sintieran culpables por lo que habían hecho. El arrepentimiento habla de un cambio de dirección, no de pena o dolor en el corazón. El llamado al arrepentimiento es importante y no debe ser descuidado. Es completamente correcto decir que esta es la primera palabra del evangelio.

Arrepentíos fue la primera palabra del evangelio de Juan el Bautista, del evangelio de Jesús, de la predicación de los doce apóstoles, de las instrucciones de predicación que Jesús les dio a sus discípulos después de Su resurrección, de la exhortación en el primer sermón cristiano, en la boca del Apóstol Pedro y de Pablo a través de su ministerio. Donde Juan predicó no era exactamente un desierto. Es caliente y, apartado del mismo Jordán, árido en gran manera, pero no despoblado. Juan quería que la gente supiera que el reino de los cielos estaba cerca. No estaba tan distante o en sueños; como habían imaginado. Es por eso que Juan estaba tan apresurado en su llamado al arrepentimiento. Si el reino de los cielos se ha acercado, entonces debemos prepararnos ahora. Algunos dispensacionalistas ven una diferencia entre el reino de los cielos y el reino de Dios, los términos dominantes utilizados en Marcos y Lucas. La idea es que el reino de Dios es un reino espiritual ya presente, pero el reino de los cielos se refiere a la tierra milenaria que viene en su esplendor. Una explicación mejor es que Mateo simplemente usó el término reino de los cielos en lugar de reino de Dios para evitar ofender a los lectores judíos, quienes usualmente rechazaban las referencias directas a Dios y se referían a Su morada en lugar de directamente a Él.

Mateo usó el pasaje de Isaías 40:3 para identificar a Juan el Bautista como el precursor profetizado del Mesías. En este rol, el propósito de Juan era preparar corazones para el Mesías y dar a conocer el pecado entre Israel para que pudieran recibir la salvación del pecado por medio del Mesías. Mateo tiene en mente construir una gran senda para la llegada de un rey majestuoso. La idea es llenar los hoyos y derribar los montes que se encuentran en el camino. La idea es tomada de la práctica de los monarcas orientales, quienes, cuando entraban a una expedición, o tomaban un viaje por un país desértico, enviaban heraldos delante de ellos, para preparar todo para su pasaje; y pioneros para abrir los pases, para nivelar los caminos y quitar todo impedimento.

Había mucha gente que reconocía su pecado, su necesidad de prepararse para el Mesías, y estaban dispuestos a hacer algo al respecto. El mensaje de arrepentimiento de Juan y su llamado a prepararse para el Mesías dieron gran fruto. El bautismo era para los pecadores, y ningún judío jamás se había concebido a sí mismo como un pecador apartado de Dios. Ahora, por primera vez en su historia nacional, los judíos reconocían su propio pecado y su propia necesidad clamorosa de Dios. Nunca había habido un movimiento nacional tan único de penitencia y de búsqueda de Dios. Cuando dice que toda Judea, y toda la provincia: El término toda que aquí se repite dos veces, es suficiente para demostrarnos, que a menudo en las Escrituras significa muchos, pues no se puede imaginar que cada persona en Jerusalén y la provincia de alrededor del Jordán fue a escuchar a Juan el Bautista, pero muchos si lo hicieron. Con el bautismo, Juan ofrecía un lavado ceremonial que confesaba el pecado y hacía algo para demostrar arrepentimiento. Esta confesión de pecados por individuos era algo nuevo en Israel. Había una confesión colectiva en el gran día de expiación, y confesión individual en ciertos casos específicos (Números 5:7), pero no una descarga espontánea de almas penitentes, cada hombre aparte. Debe haber sido un espectáculo conmovedor.

Al ver él que muchos de los fariseos y de los saduceos venían: Esta es nuestra introducción a estos dos grupos importantes en el judaísmo del primer siglo. Estos dos grupos eran muy diferentes y a menudo estaban en conflicto. Juntos representaban el liderazgo del judaísmo. Los fariseos creían que uno era hecho justo al cumplir la ley, y se creían justos de esta manera. A menudo malinterpretaban la ley. Mantuvieron muchas tradiciones que pensaban que tenían la misma autoridad que las Escrituras. A menudo eran hipócritas en sus prácticas, descuidando la esencia y el espíritu de la ley por aspectos de la observancia externa. Juan acusó a estos líderes de querer parecer ansiosos por el Mesías, pero no realmente arrepintiéndose y preparando sus corazones. Por lo tanto, Juan demandó frutos dignos de arrepentimiento.

Podemos aprender mucho de la predicación de Juan el Bautista: Huir de la ira venidera. Esta ira es la ira de Dios. es justa y bien merecida, es ignorada porque no es inmediata sino venidera, no es menos cierta solo porque está retrasada, es terrible porque es la ira de Dios. La única manera de sobrevivirla es de huir exitosamente de ella. Huir implica una acción inmediata, rápida, implica un movimiento recto, sin desvíos. Juan les advierte que dejen de confiar en su patrimonio judío porque deben arrepentirse realmente, no simplemente confiar en los méritos de Abraham. En esos días, se enseñaba ampliamente que los méritos de Abraham eran suficientes para la salvación de todos los judíos y que una persona judía no podía ir al infierno. Juan señala que estos fariseos y escribas son de familia diferente; son una generación de víboras, es decir, ¡una familia asociada con serpientes! Se ha observado bien que aquí hay una alusión a un leñador, quien, habiendo marcado un árbol para la escisión, coloca su hacha en la raíz y se quita su prenda exterior para que pueda ejercer sus golpes con más fuerza, y para que pueda realizar su trabajo rápidamente. Juan no vino a hacer un trabajo de poda y recorte; era manejador de un hacha afilada que tumbaría a cada árbol inútil.

Pastor Carlos Umaña Comunidad Cristiana Lifehouse.