Es maravilloso que en medio de la enseñanza de Jesús acerca del matrimonio, los padres traían a sus hijos para ser bendecidos. Hoy en día, los padres también deberían traer a sus hijos a Jesús; Él los quiere bendecir y darle la bienvenida al reino de los cielos. Era una costumbre judía llevar a un niño a los ancianos en la noche del día de Expiación para bendecirlo y orar por él. Jesús pidió que los dejaran venir a Él. Esto también nos muestra algo notable sobre el carácter de Jesús. Él era querido por los niños, y los niños a menudo son jueces astutos de carácter. El imponer manos es utilizado bíblicamente como la manera de otorgar la bendición en otra persona.

Entonces vino uno y le dijo: Maestro bueno, ¿qué bien haré para tener la vida eterna? Esta pregunta demuestra que este hombre, como todas las personas por naturaleza, tenía una orientación hacia ganarse la vida eterna. Él quería saber qué buena obra o noble acción podía hacer para tener la vida eterna. Todos los tres evangelios (Mateo, Marcos y Lucas) nos dicen que este hombre era rico. Mateo nos dice que era joven, y Lucas nos dice que era un gobernante. ¿Por qué me llamas bueno? En esto, Jesús no negó que era bueno. Sino que Él le preguntó al hombre: ¿Entiendes lo que me dices cuando me llamas bueno? ¿que sabes acerca de lo bueno? El argumento es claro: o Jesús era bueno, o no debería haberlo llamado bueno; pero como no hay ninguno bueno excepto Dios, Jesús; que es bueno, debe ser Dios.

La respuesta de Jesús a la pregunta del hombre fue bastante sencilla. Si quieres ganar la vida eterna por tu propia cuenta, debes guardar los mandamientos, todos ellos, y guardarlos en el sentido más completo. Le dijo: ¿Cuáles? No matarás. No adulterarás. No hurtarás. No dirás falso testimonio. Honra a tu padre y a tu madre; y, Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Jesús le preguntó al hombre acerca de los mandatos que tratan principalmente de la relación de un hombre con el hombre. En respuesta, el hombre joven afirmó: “Todo esto lo he guardado desde mi juventud”, así declarando haber cumplido los mandatos de Dios con respecto a cómo se debe tratar a otras personas. Es justo preguntar si este joven realmente había cumplido con estos mandamientos. Es probable que en realidad los mantuvo de una manera que lo hizo justo ante los ojos de los hombres, en el sentido de que Pablo podría decir en cuanto a la justicia que es en la ley, irreprensible en Filipenses 3:6. Pero ciertamente no los mantuvo en el sentido completo y perfecto del cual habló Jesús en el sermón del Monte.

Marcos 10:21 nos dice que, en respuesta del joven, Jesús le amó. Jesús tuvo compasión de este hombre, quien estaba tan equivocado como para pensar que él realmente podía justificarse ante Dios. ¿Qué más me falta? Esto por sí mismo nos dice que este hombre no había guardado perfectamente la ley, porque él sabía que algo faltaba en su vida, lo cual provocó la pregunta. Aún faltaba algo en su vida, lo que reflejaba que algo faltaba en su relación con Dios.

El llamado a abandonar todo y seguir a Jesús es un llamado a poner a Dios primero en todas las cosas. Es la obediencia completa a la primera tabla de la ley, la cual trata de la relación del hombre con Dios. Podemos cometer dos errores aquí. El primero es creer que esto aplica a todos, cuando Jesús nunca hizo este mandato a todos los que le seguirían, sino especialmente a este hombre rico cuyas riquezas eran claramente el obstáculo para su discipulado. En cambio, mucha gente rica puede hacer más bien en el mundo si continúa haciendo dinero y usando esos recursos para la gloria de Dios y el bien de los demás. El segundo error es creer que esto no aplica a nadie, cuando claramente hay aquellos hoy en día que la mejor cosa que pueden hacer para ellos mismos espiritualmente es abandonar radicalmente el materialismo que los está arruinando. Sin embargo, notamos que Jesús simplemente llama a este hombre a ser su discípulo, al decir: “sígueme”. Él usó un lenguaje similar al llamar a muchos de sus discípulos. Pero para este hombre significaba dejar atrás las riquezas en las que había puesto su corazón. En esto, el rico fracasó totalmente. El dinero era su dios; era culpable de idolatría. Es por esto que Jesús, conociendo el corazón del hombre, le pidió que renunciara a sus posesiones. Él seria salvo por obras; sin embargo, no llevaría a cabo sus obras a lo máximo de los mandatos de la ley. Falló en observar el espíritu de la primera y de la segunda tabla. No amaba a su prójimo pobre como a sí mismo; no amaba a Dios en Cristo Jesús con todo su corazón y alma. El principio permanece: Dios puede retar a un individuo y requerirle que rinda algo por el bien de Su reino que a alguien más todavía permite. Hay muchas personas que perecen por no abandonar lo que Dios les ha dicho.

Se fue triste, porque tenía muchas posesiones: ¿Y que eran estas en comparación con la paz de conciencia, y el descanso mental? Además, tenía prueba inequívoca de que esto no contribuía nada a su consolación, ya que ahora es miserable ¡aun mientras él las posee! Y así será cada alma, quien coloca bienes terrenales en el lugar del Dios supremo.

Pastor Carlos Umaña Comunidad Cristiana Lifehouse.