En domingo, dos discípulos viajaron a Emaús desde Jerusalén. Mientras caminaban juntos (probablemente regresando de celebrar la pascua en Jerusalén) les dio oportunidad de hablar. Estos no eran apóstoles famosos, eran seguidores de Jesús simples y medio desconocidos. Lo considero como característica del Señor que, en la gloria de su vida de resurrección, se entregó a sí mismo con tanta plenitud de revelación a estos hombres desconocidos y sin distinción… Él todavía se revela a los corazones humildes. Aquí está el Salvador para el hombre común. Aquí está el Señor que no rechaza a los humildes. Existe una considerable incertidumbre acerca de la ubicación original del pueblo de Emaús. Lucas menciona que estaba a unas siete millas de Jerusalén. Si él se refería a un viaje de ida y vuelta, la referencia encajaría bastante bien con un pueblo al que Josefo identificó como Emaús, el cual localizó a treinta estadios de Jerusalén. Lucas casi por seguro obtuvo su información de uno de los dos discípulos, y probablemente por escrito. La cuenta tiene todas las señales de una experiencia personal. Hablaban de las cosas que eran más importantes en sus corazones: de todas aquellas cosas que habían acontecido, las cosas concernientes al arresto y crucifixión de Jesús. El Maestro se acercó a los discípulos, y caminaba con ellos por un tiempo. Pero por un tiempo ellos estaban imposibilitados de manera milagrosa de reconocer a Jesús. Cristo abrió la conversación al preguntarles de que habían hablado. De esto, podemos saber que Jesús había caminado en silencio con ellos por un tiempo, escuchándolos mientras continuaban su conversación. Jesús sabía lo que ya sabían (que estaban tristes) y lo que aún no sabían (que no tenían razón para estar tristes). Probablemente sonrió cuando comenzaron a contarle todo lo que él ya sabía. Ellos sabían su nombre y de donde era, que era un profeta, que era poderoso en obra y en palabra, que había sido crucificado, que había prometido redimir a Israel, que otros decían que había resucitado de entre los muertos. Estos discípulos tenían una esperanza que había sido decepcionada; pero de alguna manera su esperanza estaba equivocada (que él era el que había de redimir a Israel). Jesús les mostraría que su verdadera esperanza se cumplió en Él y en su resurrección. Lo único que estos discípulos tenían para basarse era el testimonio de otros, pero tardaron en creer. El reporte de las mujeres significaba poco para ellos, y el reporte de Pedro y Juan quienes habían visto las ropas de la tumba significaba poco, porque a él no le vieron. Jesús les dijo que el problema de su creencia estaba más en su corazón que en su cabeza. Muchas veces pensamos que los principales problemas para creer están en la cabeza, pero en realidad se encuentran en el corazón. Ellos deberían haber creído todo lo que los profetas han dicho, que el Mesías sufriría primero y después sería recibido en gloria. Isaías, Daniel, Zacarías. Jesús empezó a enseñarles lo que sin duda fue uno de los estudios bíblicos más espectaculares que han sido enseñados comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, Él les dijo todo acerca del Mesías. Les declaraba en todas las Escrituras: Esto describe cómo Jesús les enseñó. La idea de declarar es de simplemente dejar que el texto hable por sí mismo; exactamente lo que un maestro de la Biblia debe hacer. La palabra antigua griega declaraba (diermeneuo) tiene la idea de apegarse al texto. Cuando Jesús explicó las cosas que de él decían en el Antiguo Testamento Él no utilizó alegorías extravagantes o ideas especulativas. Él declaraba, lo que significa apegarse completamente al texto. Jesús actuó como si debía continuar más lejos, pero no quería forzar su compañía sobre estos discípulos. Mas ellos le obligaron a quedarse demuestra que, aunque no sabían que era Jesús en medio de ellos, sabían que querían pasar todo el tiempo que pudieran con este hombre. Estos hombres no habían estado presentes en la última cena que Jesús tuvo con sus doce discípulos; Ellos no sabían nada de la naturaleza sacramental de partir el pan en términos teológicos. Aunque no fue lo que se podría llamar una cena sacramental, había algo en ella que les mostró quien era el misterioso y sabio invitado. Antes, sus ojos estaban velados. Ahora, les fueron abiertos los ojos y lo reconocieron al partir el pan. Morrison siguiere varias maneras en que pudieron haber reconocido a Jesús al partir el pan: La forma en que tomó el lugar de anfitrión con “el aire tranquilo de majestad, la manera en la que Él bendijo la comida que comerían, las manos perforadas que les dieron el pan. Como sea que haya sido, ya sea por palabra o por sus manos, ellos sintieron de forma irresistible que este era Él. Un poco de acción, algún rastro familiar, les dijo de un momento a otro que este era el Cristo.Tan pronto como sus ojos fueron abiertos a ver a Jesús por quien realmente era, Él se fue milagrosamente y ambos dijeron lo que había en sus corazones. Sus corazones ardieron mientras lo escucharon hablar y enseñar. Incluso aunque no sabían que era Jesús, incluso cuando no creían que Él había resucitado de entre los muertos, sus corazones aun ardían debido al ministerio de la Palabra de Dios y de Jesús, la Palabra viva de Dios. La palabra de Dios puede tener este mismo efecto en nuestros corazones, incluso cuando no sabemos que es Jesús haciendo su trabajo. Después de una caminata de siete millas de ida, ellos estaban tan emocionados que caminaron siete millas de regreso, y probablemente mucho más rápido de regreso. Ellos tenían la pasión de contar las maravillas de la resurrección de Jesús. Ellos tenían una mutua confirmación de la resurrección de Jesús. Aunque el Jesús resucitado no estaba físicamente con ellos, Su resurrección había sido confirmada por más de dos testigos.

Pastor Carlos Umaña Comunidad Cristiana Lifehouse.