Incluso antes de que Jesús fuera azotado, su condición física era débil. Es razonable asumir que Jesús se encontraba en buena condición física hasta la noche de su arresto. Sin embargo, durante las 12 horas, entre las 9 p.m. el jueves y las 9 a.m. el viernes, Jesús sufrió muchas cosas, tanto físicamente como de estrés de alto nivel, que lo afectaron físicamente. Sufrió un gran estrés emocional en Getsemaní, como se indicó cuando su sudor se convirtió en gotas de sangre. Jesús sufrió el estrés emocional de ser abandonado por sus discípulos, sufrió una severa golpiza en la casa del sumo sacerdote, una noche sin dormir, ser forzado a caminar más de dos millas y media. Todos estos factores hicieron que Jesús estuviera especialmente vulnerable a los efectos del castigo romano. Antes de que Jesús tomara la cruz, Él fue azotado, flagelado, tal y como Pilato lo había prometido. El ser flagelado era un acto legal que se hacía antes de cada ejecución romana, y solo las mujeres y los senadores o soldados romanos (con la excepción de los casos de deserción) estaban exentos. El objetivo de la flagelación era de debilitar a la víctima hasta el estado justo antes de colapsar y morir. Conforme los soldados romanos golpeaban repetidamente la espalda de la víctima con toda su fuerza, las bolas de acero causarían contusiones profundas, y las puntas de cuero y los huesos afilados cortarían la piel y los tejidos subcutáneos. Luego, mientras continuaba la flagelación, las laceraciones desgarrarían los músculos esqueléticos subyacentes y producirían cintas temblorosas de carne sangrante. El dolor y la pérdida de sangre generalmente prepararían el escenario para un shock circulatorio. La cantidad de sangre que se perdía podía determinar cuánto tiempo la víctima sobreviviría en la cruz.

Antes de que Jesús fuera llevado, su ropa le fue quitada. Esto fue doloroso y abrió heridas que apenas acababan de comenzar a sanar. Cuando los soldados arrancaron la túnica de la espalda de Jesús, probablemente reabrieron las heridas flageladoras. Mientras Jesús fue llevado a la crucifixión, fue, como todas las víctimas de la crucifixión, forzado a cargar la madera con la que sería crucificado. El peso total de la cruz era típicamente de 300 libras. La víctima solo cargaba la viga horizontal de la cruz, que pesaba entre 75 y 125 libras. Cuando la víctima cargaba esta parte de la cruz, normalmente era desnudado y sus manos eran amarradas a la cruz. Las vigas verticales de una cruz generalmente estaban ubicadas de forma permanente en un lugar visible fuera de las murallas de la ciudad, junto al camino principal. Es posible que, en muchas ocasiones, Jesús pasó junto a la misma viga vertical sobre la que Él sería crucificado. El hombre, que se llamaba Simón, era de Cirene, en África del norte (ahora Libia). Sin duda, Simón estaba visitando Jerusalén como un peregrino de Pascua desde su tierra natal (a unas 800 millas o 1300 kilómetros de distancia). Él sabía poco o nada acerca de este Jesús y no deseaba asociarse con este Hombre quien había sido condenado a morir como criminal. Aun así, los romanos eran la ley, y Simón no tuvo otra opción, lo tomaron, y le pusieron encima la cruz para que la llevara. Tal vez lo escogieron porque era obviamente un extranjero y el más visible en la multitud. Maravillosamente, tenemos razones para creer que Simón llegó a entender lo que realmente significa tomar la cruz y seguir a Jesús. Hay evidencia que sugiere que sus hijos se convirtieron en líderes entre los primeros cristianos

Era costumbre que una gran multitud siguiera a un criminal condenado en su camino a la crucifixión. Estaba diseñado a ser un evento público. De acuerdo a las costumbres de la crucifixión, un guardia romano iba al frente con un letrero que indicaba el nombre y el crimen de la persona, gritando el nombre y el crimen del hombre por todo el camino hasta la crucifixión. Normalmente, no tomaban el camino más corto para que la mayor cantidad de personas pudieran ver cómo el Imperio Romano trataba a sus enemigos. Con buena razón, ciertas mujeres lloraban y hacían lamentación cuando vieron a Jesús siendo tratado de esta manera. Jesús esencialmente les dijo: No lloren por mí, lloren por los que me rechazan. En cuanto a las palabras en sí mismas, son especialmente notables, ya que constituyen el último discurso conectado de nuestro salvador antes de su muerte. Todo lo que dijo después de esto fue fragmentario y principalmente de la naturaleza de la oración.

Bienaventuradas las estériles: Normalmente, la costumbre judía hacía todo lo contrario, alababa a la maternidad y estigmatizaba a las estériles. Pero los días de la caída de Jerusalén serían tan severos que las mujeres preferirían no tener hijos, en lugar de hacerlos pasar por todo lo terrible que le esperaba a la ciudad. La idea es: “Si este es el destino del inocente (Jesús se refiere a sí mismo), ¿qué pasará con los culpables?” Jesús habló esto en un sentido más inmediato, conociendo el destino que vendría sobre Jerusalén. Con su ojo profético, él ve más allá de los años y ve a Jerusalén acosada y capturada. Él habla como si estuviera oyendo los terribles gritos que anunciaban la entrada de los romanos a la ciudad, y los asesinatos de jóvenes y ancianos, y mujeres y niños.

Había un lugar específico a las afueras de las murallas de la ciudad de Jerusalén, pero aún cerca, donde las personas eran crucificadas. En este lugar llamado de la Calavera, es donde Jesús murió por nuestros pecados, y nuestra salvación se cumplió. En una crítica reveladora Fitzmeyer; un teólogo jesuita, observa en un comentario al lado del v. 32 que el registro del camino de Jesús a la cruz no menciona nada acerca de las catorce estaciones de la cruz, como las caídas de Jesús, el encuentro con su madre o con Verónica. Tales tradiciones posteriores, aunque sin duda sentimentales en su atractivo, parecen no tener una base histórica.

En días en que el Nuevo Testamento se escribió por primera vez, la práctica de la crucifixión no necesitaba explicación. En las muchas generaciones desde entonces, la mayoría de las personas no aprecian lo que una persona experimentaba en el procedimiento de una ejecución por crucifixión. Aunque los romanos no inventaron la crucifixión, la perfeccionaron como una forma de tortura y pena capital diseñada para producir una muerte lenta con el máximo dolor y sufrimiento. La combinación de flagelación y crucifixión hizo que la muerte en la cruz fuera especialmente brutal. La víctima era arrojada al suelo para sujetar con sus manos la cruz, y las heridas en la espalda eran nuevamente abiertas y contaminadas con tierra. Entonces, mientras la víctima colgaba de la cruz, cada respiración causaba que las dolorosas heridas en la espalda rasparan contra la madera áspera de la viga vertical. Cuando el clavo penetraba las muñecas, cortaba el nervio medio grande. Este nervio estimulado producía espasmos de dolor insoportables en ambos brazos, y a menudo causaba que las manos de la víctima tomaran una forma como de garras. Más allá del dolor extremo, el efecto principal de la crucifixión fue restringir la respiración normal. El peso del cuerpo, tirando hacia abajo de los brazos y los hombros, tendía a fijar los músculos respiratorios en un estado de inhalación y dificultaba la exhalación. La falta de respiración adecuada resultaba en calambres musculares severos, que dificultaba aún más la respiración. Para poder respirar bien, la víctima tenía que empujarse con los pies, y doblar los codos, jalando de los hombros. Poniendo el peso del cuerpo sobre los pies causaba un dolor severo, y al doblar los codos se retorcían las manos que colgaban de los clavos. Levantando el cuerpo para poder respirar, también tallaba dolorosamente la espalda contra la madera. Cada esfuerzo para respirar adecuadamente era agonizante, agotador y resultaba en una muerte más rápida. No era raro que los insectos se posaran sobre o dentro de las heridas abiertas o en los ojos, oídos y nariz de la víctima indefensa, y las aves de rapiña rasgaran estos sitios. Incluso, era costumbre dejar el cadáver en la cruz para ser devorado por animales salvajes. Lo más significativo sobre el sufrimiento de Jesús fue que no era, en ningún sentido, víctima de las circunstancias. Él estaba en control. Jesús dijo acerca de su vida en Juan 10:18, nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Es algo terrible el tener que ser forzado a soportar esa tortura, pero elegirla libremente por amor es extraordinario. En su muerte, Jesús fue identificado con pecadores: fue crucificado entre dos criminales.

Pastor Carlos Umaña Comunidad Cristiana Lifehouse.