Pilato declaró clara y elocuentemente a Jesús inocente de cualquier crimen. Este fue el resultado de su cuidadosa investigación tanto de Jesús como de la evidencia presentada contra Él.

Pilato no sugirió un castigo ligero para Jesús. La costumbre romana de castigar era un azote brutal con látigos. Los golpes venían desde un látigo con muchos pedazos de cuero, cada uno teniendo pedazos afilados de hueso o de metal en las puntas. Reducía la espalda a rojo vivo, y no era extraño que un criminal muriera como consecuencia de los azotes, incluso antes de la crucifixión.

Esto no fue justo. Un hombre inocente no merece ni siquiera un castigo leve, mucho menos uno tan pesado como el sugerido por las palabras: “Le soltaré, pues, después de castigarle”.

Pilato pensó que tenía la manera de que Jesús escapara de la muerte. Él planeaba liberarlo de acuerdo a la tradición de liberar a un prisionero cada temporada de Pascua. Quizás pensó: “Si este hombre clama ser rey y es solo un poco hostil a Roma, entonces la multitud lo amará. Estos líderes judíos no quieren que Jesús salga libre, pero la multitud simpatizará con Él”.

La multitud, la cual Pilato estaba convencido de que liberaría a Jesús, lo condenó. Debido a esto, Pilato no tuvo el coraje para oponérsele tanto a los líderes religiosos como a la multitud. Esta era una escena extraña y casi demencial: un cruel y despiadado gobernador romano tratando de salvar la vida de un maestro judío hacedor de milagros en contra de los intensos esfuerzos de los líderes judíos y de la multitud. Los fuertes gritos dan la impresión de que un motín estaba a punto de estallar. Debe haber sido obvio para Pilato que la situación se estaba volviendo cada vez más fea.

Podemos imaginarnos que muchos en esta multitud, tan solo unos cuantos días antes, habían gritado “Hosanna” a Jesús. Aun así, es probable que la mayoría de los que gritaron: “¡Crucifícale!” eran residentes locales de Jerusalén, no peregrinos de Galilea o de otros lugares quienes habían recibido a Jesús en el día que entró en Jerusalén.

La multitud rechazó a Jesús y aceptó a Barrabás, cuyo nombre significa hijo del padre, y quien era un terrorista y un asesino. Si alguien puede decir: “Jesús murió por mí”, fue Barrabás. Él sabía lo que era que Jesús muriera en su lugar, el inocente por el culpable.

Y entregó a Jesús a la voluntad de ellos: Esta es la manera en la que Pilato percibió sus acciones, y en parte era cierto. En el sentido más grande, Jesús fue entregado a la voluntad de su Padre y el propósito eterno de Dios, predestinado desde antes de la creación del mundo, sería ciertamente cumplido.

Pastor Carlos Umaña Comunidad Cristiana Lifehouse.