En el templo, Jesús notó una larga fila de personas ricas quienes depositaban mucho dinero, tal vez haciendo algún tipo de show para llamar la atención a sus ofrendas. La línea en la caja de ofrendas y el orgullo mostrado por los hombres ricos en sus donaciones nos muestra que no es necesariamente más espiritual el tener una caja de ofrendas en lugar de pasar la bolsa de las ofrendas. No se trata de lo correcto y lo incorrecto, pero se trata de una forma más fácil para que las personas den de una manera que no llame atención a sus ofrendas. Vio también a una viuda muy pobre, que echaba allí dos blancas: Esta pobre viuda debe haber sido una imagen de alegría para un Jesús cansado, quien soportó una tormenta de preguntas de sus enemigos. Jesús nos ve cuando damos. Él se da cuenta de cuánto damos, pero está mucho más interesado en la fe, el motivo y el corazón con el que damos, más que en la cantidad. Cuando haces todos los cálculos, dos blancas son el 1% de un denario, el 1% del salario de un día. Ella dio dos blancas, no solo una. La viuda se pudo haber quedado con una moneda, y nadie la culparía si lo hiciera. El haber dado una significaba la mitad de todo lo que tenía. En su lugar, ella dio con enorme generosidad. Jesús no dijo que ella dio más que cualquiera de ellos. Él dijo que ella dio más que todos, en otras palabras, más que todos ellos, todos juntos. Los otros dieron de lo que les sobra; ella dio sacrificialmente, de su pobreza. La ofrenda de la viuda y el comentario de Jesús al respecto también nos muestra que el valor de una ofrenda está determinado por lo que le cuesta al que la da. Esto es lo que hizo tan valiosa la ofrenda de la viuda. La viuda desafió la mentalidad que dice: “Daré cuando tenga más”. La viuda no tenía prácticamente nada, y aun así dio. Esto significa que todos podemos agradar a Dios con nuestras ofrendas de la misma manera que el hombre más rico puede complacer a Dios con las suyas. Cualquier cosa que demos en sacrificio a Dios, Él lo ve y Se complace.

Este templo fue reconstruido originalmente por Zorobabel y Esdras, pero grandemente expandido y mejorado por Herodes. Fue el centro de la vida judía por cerca de mil años. El templo fue tan reverenciado que fue costumbre jurar por el templo, y hablar en contra del templo podría considerarse una blasfemia. El rey Herodes hizo más que duplicar el monte del templo, creciéndolo a aproximadamente 150,000 metros cuadrados. El trabajo de reconstrucción de Herodes empezó en el año 19 a. C., y fue completado hasta el 63 d. C., tomando más de ochenta años de trabajo. Fue terminado solo siete años antes de ser destruido. El templo no solo era grande, también era hermoso. El historiador judío Josefo dijo que el templo estaba cubierto por fuera con placas de oro, que eran tan brillantes que cuando el sol caía sobre ellas, podían cegar al que las mirara. Donde no había oro, había bloques de mármol de un blanco tan puro que viajeros desde la distancia pensaban que había nieve en el monte del templo. Tan increíble cómo era el templo, Jesús nunca dudó en proclamar que Él era mayor que el templo. Para muchos judíos de aquella época, el templo se había convertido en un ídolo: empezó a significar más para la gente que Dios mismo. Las cosas buenas se pueden convertir en los perores ídolos; y a veces Dios amarga o quita incluso las cosas buenas que hemos convertido en nuestros ídolos. Unos 40 años después de que Jesús dijera esto, se esparció una revolución judía en contra de los romanos en Palestina. Los rebeldes gozaron de muchas victorias al principio, pero finalmente, Roma aplastó la rebelión. Jerusalén fue destruida, incluyendo el templo, tal como Jesús dijo. Se dice que, en la caída de Jerusalén, los últimos sobrevivientes de los judíos escaparon al templo, porque era la construcción más fuerte y segura de la ciudad. Los soldados romanos lo rodearon, y un soldado ebrio inició un incendio que pronto engulló todo el edificio. El oro que adornaba el techo se derritió entre las piedras de las paredes del templo, y para recuperar el oro, el comandante romano ordenó que el templo fuera desmantelado piedra por piedra. La destrucción fue tan completa que hasta el día de hoy es difícil saber dónde se encontraba el templo exactamente. Tanto Mateo como Lucas dejan en claro que Jesús habló tanto de la próxima destrucción de Jerusalén como también del final último de las eras con Su glorioso regreso. Proféticamente, los dos están conectados, aunque separados por muchos siglos. Debemos considerar el asedio de Jerusalén y la destrucción del templo como una representación de lo que está por venir. La respuesta de Jesús a estas preguntas, registradas en Lucas 21, tiene en mente tanto la destrucción próxima de Jerusalén en el futuro cercano y el regreso final de Jesús al final de las eras. El registro de Lucas se enfoca más en el primer aspecto.

Desde el principio, Jesús les advirtió a sus discípulos que muchos serían engañados mientras anticipaban Su regreso. Ha habido ocasiones en la historia de la iglesia cuando se han hecho predicciones imprudentes y se han confiado en ellas resultando en gran desilusión, desmotivación y separación. Un ejemplo notable de esto fue la expectación profética en 1846 con William Miller en los Estados Unidos. Debido a sus interpretaciones proféticas, cálculos y publicaciones, había cientos de miles en los Estados Unidos que estaban convencidos de que Jesús regresaría en 1846. Cuando no lo hizo, hubo una gran decepción, con algunos apartándose, y algunos cultos nacieron del fervor profético. Jesús sabía que muchos vendrían después de Él, clamando ser el Mesías político y religioso para Israel. Un fuerte ejemplo de esto fue un hombre llamado Bar Kokhba, quien 100 años después de Jesús, muchos judíos lo consideraban el mesías. Él inició una revolución contra los romanos y disfruto de éxito al principio, pero pronto fue aplastado. Trágicamente, aquellos que rechazaron a Jesús cuando vino a ellos como el Mesías terminaron siguiendo a falsos mesías que los guiaron solamente hacia la muerte y la destrucción. Al rechazar la verdad, fueron vulnerables a un gran engaño. Cuando los romanos vinieron en contra de Jerusalén. Josefo nos cuenta, también, de seis mil refugiados que perecieron en las llamas del pórtico del templo engañados por un ‘falso profeta, que en ese día había proclamado a la gente en la ciudad que Dios les había ordenado subir a la corte del templo para recibir allí las señales de su liberación. Ellos fueron engañados por charlatanes y pseudo mensajeros

Lo que Jesús dijo aquí aplicó tanto a la destrucción venidera de Jerusalén como al futuro cumplimiento del regreso de Jesús al final de las eras. En cierto sentido, hubo guerras que precedieron a la destrucción de Jerusalén, porque los romanos estaban frecuentemente en guerra con los judíos, los samaritanos, los sirios y otros durante este periodo. En el Imperio Romano más amplio hubo terremotos antes de que Jerusalén fuera destruida. Hubo también hambres, como la que fue mencionada en Hechos 11:28. En el área del Imperio Romano hubo terror como el de la destrucción de Pompeya, solo siete años antes de que Jerusalén fuera destruida. Hubo señales del cielo, tal y como el cometa que parecía una espada en el cielo sobre Jerusalén antes de su destrucción. Sin embargo, Jesús dijo específicamente que ninguna de estas cosas son las señales específicas de su regreso. Mateo 24:8 describe estas cosas como el principio de dolores, más literalmente el principio de dolores de parto. Tal y como es cierto con los dolores de parto, debemos esperar que las cosas que fueron mencionadas y se volverán cada vez más frecuentes y más intensas antes del regreso de Jesús, sin que ninguna de ellas sea la señal específica del regreso del Señor.

Pastor Carlos Umaña Comunidad Cristiana Lifehouse.