Después de corregir cuidadosamente a sus seguidores en cuanto a la verdadera naturaleza de su reino y su misión, Jesús fue firmemente hacia Jerusalén. Sabiendo perfectamente lo que le esperaba, sabiendo que tendría que soportar la cruz antes de recibir el reino, Jesús fue. En su sufrimiento, debemos de admirarlo, no tenerle lástima a Jesús. Él sabía exactamente lo que le esperaba. Cuando Jesús llegó a esta última y crítica semana antes de la crucifixión, envió cuidadosa y deliberadamente a Sus discípulos para hacer arreglos para Su entrada a Jerusalén. Jesús había estado en Jerusalén muchas veces antes; pero había algo muy especial de este viaje a Jerusalén.

Jesús montó este animal relativamente humilde al entrar a la ciudad. En lugar de venir a caballo como un general conquistador, entró en un pollino, como era costumbre en la realeza. Él vino a Jerusalén como el Príncipe de paz. Un rey podía montar un asno en ocasiones, pero era más probable que apareciera en un poderoso caballo de guerra. La profecía de Zacarías vio al Mesías como el Príncipe de paz. Esta entrada a Jerusalén ha sido llamada el triunfo de Cristo. Fue de echo el triunfo de la humildad sobre el orgullo y la grandeza mundana; de la pobreza sobre la afluencia; y de la la mansedumbre y la gentileza sobre la ira y la malicia.

Aparentemente, el asno fue un préstamo o renta preestablecido de este para el uso de Jesús. Los discípulos tenían que decirles a los dueños que era para el uso de Jesús. Normalmente, animales como los burros (para los pobres) y caballos (para los ricos) eran puestos a disposición de los viajeros por un precio, o en ocasiones, para ser prestados. Lo necesita: no debido al cansancio: el que había viajado a pie desde Galilea hasta Betania, podría haber caminado dos millas más; pero para que pudiera entrar a Jerusalén tal y como había sido profetizado de Él, Zacarías 9:9.

La multitud honró a Jesús de forma extravagante y alabó a Dios por enviar a este Rey a Jerusalén, diciendo ¡Bendito el rey que viene en el nombre del Señor! La idea de un rey conquistador y victorioso entrando a la ciudad era bien conocida en aquel tiempo. Típicamente, un rey victorioso entraba a la ciudad escoltado por ciudadanos de su reino y su ejército. Mientras entraba, se entonaban canciones en honor y aclamación para el conquistador quien llegaba con símbolos de su victoria y autoridad. Finalmente, entraba en el templo prominente de la ciudad y ofrecía un sacrificio para honrar a los dioses y asociarse con ellos. Los Evangelios toman estas formas bien conocidas y las ponen de cabeza. Jesús entró a Jerusalén con una escolta relativamente humilde y sencilla y con cantos. Los únicos símbolos de su poder era un humilde burro y ramas de palma. Al entrar a la ciudad, no ofreció sacrificios, pero desafío el statu quo religioso y limpió el templo. La alabanza de la multitud incomodó a los enemigos de Jesús; los hizo quejarse de la adoración que estaba siendo ofrecida. Les hizo saber que estaban siendo derrotados. Juan 12: 19 dice que, en este día, Los fariseos dijeron entre sí: Ya veis que no conseguís nada. Mirad, el mundo se va tras él.

Jesús dijo esto cuando los fariseos le dijeron que silenciara a los que cantaban y lo recibían como Rey. En este día, Jesús iba a ser adorado por la mayor parte de sus seguidores. En el pasado, Jesús había hecho todo lo posible para desmotivar a las personas a celebrarlo públicamente como el Mesías. Aquí Jesús invitó la adoración pública como tal. La idea de la creación misma alabando a Dios puede parecer extraña, pero la Biblia habla de ello en algunos lugares: árboles, montañas, océanos, ríos, valles, colinas, ganado, aves y los campos todos alaban a Dios. Su adoración estaba llena de recuerdos. Recordaron todos los milagros que habían visto a Jesús hacer, como la resurrección de Lázaro de entre los muertos. Ellos clamaban las grandes cosas que Dios había hecho en sus vidas.

Una gran acusación contra una gran parte de nuestra adoración es que es inconsciente. No tenemos realmente nada específico en nuestras mentes por lo que alabamos a Dios, incluso ni por cosas que lo hemos visto hacer en nuestras vidas. Cualquiera que diga: “¡Alabado sea el Señor!” debería ser capaz de contestar esta pregunta: “¿Alabado sea por qué?”

Pastor Carlos Umaña Comunidad Cristiana Lifehouse.