Jesús, a través del relato de Lázaro y el hombre rico, ha dejado en claro que la eternidad es real, y nadie del más allá volverá para advertirnos. Es aún más imperativo cómo vivimos y mostramos a Jesús a los demás en este lado de la eternidad, porque es ahora que cuenta para siempre. Es inevitable que la gente se tropieza, pero ¡ay de la persona a través de la cual vengan esos tropiezos! Es importante entender lo que Jesús quiso decir cuando habló de tropiezos. La antigua palabra griega utilizada aquí para tropiezos es: skandalon, y viene de la palabra para un palo de trampa, el palo que suelta la trampa o donde se coloca la carnada. Era también utilizado para un obstáculo, algo con lo que la gente se tropezaba. La división y las falsas enseñanzas traen un skandalon entre el pueblo de Dios. Esencialmente, Jesús dijo: “Las personas van a morder la carnada, pero ¡ay de ti si ofreces el anzuelo! La gente va a tropezar, pero ¡ay de ti pones el obstáculo en su camino!” Mejor le fuera al ofensor morir una muerte horrible, como la de tener una piedra de molino alrededor de tu cuello y ser arrojado al mar. Esta es una lección que la iglesia aprendió por las malas al tratar de ayudar a Dios a maldecir a la raza judía por su rechazo al Mesías; la maldición volvió a la iglesia peor que nunca. Si alguien parece estar listo para el castigo o el juicio de Dios, deja que Dios sea quien lo haga. Salte del camino. Dios no te necesita como un instrumento de su juicio, solo como un instrumento de su amor.

Cuando alguien peca contra ti, no deberías pretender que nunca sucedió. Tienes que reprender a ese hermano en amor. El amor es la regla aquí; obviamente no podemos caminar guardando un registro de cada pequeña ofensa cometida contra nosotros. Un aspecto de los frutos del Espíritu Santo es la paciencia y debemos ser pacientes con las sencillas y pequeñas ofensas que se nos presentan en la vida diaria. Amor no es ir con otra persona con el asunto; amor no es el guardarlo dentro de ti. Amor es arreglar las cosas con la persona que pecó contra ti. Este es el reto de Jesús. No se nos da ninguna otra opción. Cuando la persona que te ofendió se arrepiente, perdónale. Jesús no intentaba aquí limitar nuestro enfoque del perdón. En todo caso, Su intención era ampliar nuestro trabajo de perdonar. No nos estaba dando una razón para no perdonar o para ser menos indulgentes. Si alguien hubiera pecado contra mí siete veces al día, y me pidiera que lo perdonara, podría pensar que realmente no era sincero. Aun así, Jesús me ordena que los siga perdonando y restaurando. En esta ocasión, los discípulos fueron extremadamente perceptivos. Reconocieron que se necesitaba una gran fe en Dios para poder tratar con las personas de esta manera indulgente y no ofensiva. Si el punto de Jesús en el pasaje anterior había sido de limitar el perdón, no necesitarían esta fe. Generalmente, pensamos que la fe se ejerce con obras dramáticas y milagrosas. Eso puede ser cierto, pero los mayores milagros de la fe tienen que ver con la restauración de las relaciones. La fe que debemos tener es una fe que tiene más que ver con qué tipo de fe es, que con cuanta fe hay. Una pequeña cantidad de fe, como un grano de mostaza puede lograr grandes cosas, si esa pequeña cantidad de fe se coloca en un Dios grande y poderoso.

Jesús acaba de hablar con sus discípulos de las grandes obras posibles por gran fe. Aquí Jesús agregó unas palabras destinadas de trabajar en contra del orgullo que constantemente surge cuando alguien es usado por Dios. Jesús habla de aquellos que realmente sirven. Arar es un trabajo duro; agota la fuerza y la resistencia del labrador. Es un trabajo duro en la agricultura y es un trabajo duro en el ministerio espiritual. Apacentar el ganado también puede ser un trabajo duro, que requiere una gran cantidad de paciencia, atención a los detalles y un corazón atento. Es útil recordar que estas palabras no fueron dadas a la multitud; el capítulo comienza: Luego dijo Jesús a sus discípulos. Jesús ilustró a un siervo regresando después de un arduo día de trabajo, ya sea arando o apacentando ganado. Cuando el siervo llega a casa, el señor no le da cumplidos, ni lo alimenta, ni le sirve, ni masajea al sirviente. El señor esperaba que el sirviente siguiera sirviendo porque todavía había trabajo por hacer. Siempre hay algo que podemos hacer para servir a nuestro Señor, y siempre hay alguna manera de que podemos hacerlo. Si no puedes ir a arar, debes ir a la cocina, y preparar algo; y si no puedes alimentar al ganado, debes llevarle un plato de comida a tu Señor.

Por supuesto que el amo no agradece al siervo por el trabajo que hizo; en esa cultura precristiana ese tipo de gentilezas eran impensables. Por lo tanto, no servimos a Jesús demandando que nos agradezca o nos alabe. Parece extraño que Jesús nos agradezca, a la luz de todo lo que ha hecho por nosotros y considerando todas las cosas que hemos dejado incompletas. ¿Qué es lo que hemos hecho por Él en comparación con lo que Él ha hecho por nosotros? El tipo de actitud de la que habló Jesús no es la de la falsa humildad, el tipo de actitud que dice “No soy bueno en nada”. Es una actitud que simplemente reconoce que Él ha hecho mucho más por nosotros de lo que podríamos hacer por Él. Por eso es tan importante que los maestros de la Biblia enfaticen aquellas cosas que la Biblia enfatiza. Cuando nos damos cuenta de todo lo que Dios ha hecho por nosotros en Jesús, queremos servirle por gratitud. Piensa en la gran obra de perdón que Jesús hizo por nosotros; Piensa en las grandes montañas que movió por fe. Las mayores obras de fe y perdón por nosotros son meras obligaciones en comparación.

No era inusual que los leprosos se congregaran los unos con los otros. Eran expulsados de la sociedad, y no tenían otra compañía que otros leprosos, así que se mantuvieron a distancia, porque tenían prohibido por la ley y las costumbres de acercarse a aquellos que estaban sanos, por temor de infectarlos. Ellos vinieron a Jesús juntos y oraron juntos, a pesar de que eran un grupo mixto de judíos y samaritanos. Unidos por su miseria, su nacionalidad y otros prejuicios desaparecieron cuando se unieron en oración. Una desgracia común había roto las barreras raciales y nacionales. En su tragedia común de su lepra, habían olvidado de que eran judíos y samaritanos y solo recordaban que eran hombres con necesidad. Fue notable que Jesús les pidió que fueran a los sacerdotes cuando todavía eran leprosos. Esto era sin duda caminar en fe. La única condición para ser sanados era la obediencia. Habiendo recibido órdenes, ellos deben obedecer. Si Él era el Señor como habían clamado, entonces que prueben su fe a través de su obediencia. Dios honra altamente este tipo de fe, y la convierte en el instrumento de su mano para obrar muchos milagros.

Solo uno volvió para dar las gracias; y era el menos probable, un samaritano. Y, a pesar de que fue el único, por lo menos volvió glorificando a gran voz. Los diez estaban dispuestos a cumplir una ceremonia religiosa; eso era ir al sacerdote. Solo uno estaba lleno de verdadero agradecimiento y acción de gracias. Los ejercicios religiosos externos son bastante fáciles y bastante comunes; pero los asuntos internos, el derramamiento del corazón con verdadera gratitud, ¡que cosa tan escasa es! Nueve obedecen rituales donde solo uno alaba al Señor. Jesús echó de menos a los nueve que no regresaron a dar gracias. Se preguntó donde estaban. Jesús también se da cuenta de nuestra falta de gratitud. Cristo mantiene la cuenta de todos los favores que la humanidad recibe de él, y la llamará a dar cuenta particular del mismo. Hubo una sanidad adicional para este décimo leproso. Cuando Jesús dijo esto, probablemente se refería al trabajo de Dios en el corazón del hombre. Los otros leprosos tenían cuerpos sanos, pero corazones enfermos.

Pastor Carlos Umaña Comunidad Cristiana Lifehouse.