Sabiendo Jesús. Esto no era algo de lo que Jesús se enteró en esta hora. Varios años antes de su ministerio, Juan dijo El Padre ama al Hijo, y todas las cosas ha entregado en su mano. Pero esto significa que, en este tiempo particular, y en esta circunstancia en particular, era importante que Jesús supiera que el Padre le había dado todas las cosas en las manos. Era importante debido a la hora. Jesús estaba por enfrentar la agonía de la crucifixión y el terror de estar en el lugar de los pecadores culpables delante de la justa ira de Dios el Padre. Al mismo tiempo, Jesús entró en esta situación como un vencedor, no como víctima. Él pudo haberse retractado en cualquier momento que hubiera querido, porque el Padre le había dado todas las cosas en las manos. Jesús estaba por rebajarse a sí mismo, literalmente agachándose en humilde servicio a sus discípulos. Al servir de esta manera humilde, no lo hizo por debilidad. Lo hizo desde una posición de total autoridad, porque el Padre le había dado todas las cosas en las manos. Juan nos dijo exactamente por qué Jesús lavó sus pies y les habló con tanto amor en los siguientes capítulos. Tal vez le preguntó a Jesús, o Jesús le dijo.  Jesús conocía su identidad, como alguien que había salido de Dios, y como alguien que a Dios iba. Conociendo su pasado con Dios el Padre, y su futuro con Dios el Padre, determinó glorificarlo en el presente.

Con frases cortas y vívidas Juan describió este acto sorprendente que Jesús realizó en esta noche inolvidable. Tenemos la sensación de que cuando Juan escribió esto muchos años después aún podía recordar cada detalle.  El relato de Juan se lee como el de un testigo ocular que había observado todo con suspenso y sorpresa. Luego puso agua en un lebrillo, él lebrillo que el propietario les había proporcionado como parte de los arreglos necesarios. En este momento de profundo significado, Jesús hizo algo que casi debió haber parecido una locura. Comenzó a hacer el trabajo del siervo más bajo de la casa. Él comenzó a lavar los pies de los discípulos. En este momento crítico, en esta noche antes de la tortura de la cruz, Jesús no pensó en sí mismo. Pensó en sus discípulos. Realmente, esto fue amarlos hasta el fin. Después de todo, los discípulos no lo habían tratado tan bien y estaban por tratarlo aún peor, abandonándolo completamente; sin embargo, él los amaba. Este fue un acto de servicio extremo. Según las leyes y tradiciones judías acerca de la relación entre un maestro y sus discípulos, un maestro no tenía derecho a demandar o esperar que sus discípulos lavaran sus pies. Pero, era absolutamente inconcebible que un Maestro lavara los pies de sus discípulos. Lucas dice que los discípulos entraron a la habitación discutiendo sobre quién era el más grande. Con lo que hizo, Jesús ilustró la verdadera grandeza. Era costumbre que el sirviente más bajo de la casa lavara los pies de los invitados cuando entraban a la casa, especialmente en una comida formal como esta. Por alguna razón, esto no sucedió cuando Jesús y los discípulos entraron en la habitación. Comieron sus alimentos con los pies sucios.  Ninguno de los discípulos estaba interesado en lavar los pies del otro. Cualquiera de ellos hubiera lavado los pies de Jesús con gusto. Pero no podían lavar los de él sin tener que hacerse disponibles para lavar los de los otros y eso habría sido una admisión de inferioridad intolerable entre sus compañeros y competidores por las posiciones más altas de la jerarquía de los discípulos. Así que no se lavaron los pies de nadie. Jesús se sentó otra vez después de lavar sus pies. Décadas después, cuando Pedro escribió a los cristianos sobre la humildad, lo puso así: todos, sumisos unos a otros, revestíos de humildad (1 de Pedro 5:5). Más literalmente, Pedro escribió: “envuélvanse en el delantal de la humildad.” Lo que Jesús hizo aquí permaneció en su mente y en su corazón.

Tal vez Pedro pensó: “Todos los otros discípulos se perdieron el punto al permitir que Jesús les lavara los pies. Él quiere que protestemos, y proclamemos que él es demasiado grande, y nosotros demasiado indignos, como para dejarlo que nos lave los pies.” Así que entonces, Pedro hizo esta dramática declaración. Esta fue una modestia inmoderada, una humildad orgullosa. Al mismo tiempo, Pedro, evidentemente se sintió incómodo con el hecho de que Jesús realizara un acto de servicio tan humilde para él. Este ejemplo del corazón de siervo de Jesús hizo que Pedro y los otros se vieran orgullosos en comparación.  Finalmente, Pedro tuvo que aceptar esto de Jesús. Él se volvió un ejemplo para nosotros. Si no aceptamos el humilde servicio de Jesús para que nos limpie, no tendremos parte con él. Pedro predicó las buenas nuevas del reino y expulsó demonios en el nombre de Jesús – aun así necesitaba que le lavaran los pies. Este lavado de Pies fue una poderosa lección de humildad, pero fue mucho más que eso. También muestra que Jesús no tiene compañerismo ni conexión profunda con los que no han sido limpiados por él. No es la parte de la piel que es lavada lo que importa sino la aceptación del humilde servicio de Jesús.

Pedro, en su petición de ser lavado completamente, seguía siendo reacio a dejar que Jesús hiciera lo que quería hacer. Jesús – aunque siervo de todos – aún era y es el líder designado por Dios. No permitiría que Pedro dominara la situación y dirigiera las cosas por un camino equivocado.  Al hablar de la antigua tradición bíblica de usar el lavado como una ilustración de purificación espiritual, Jesús enseñó que hay un lavado inicial que es distinto del lavado continuo. Necesitamos ser lavados por nuestra confianza en Jesús y en lo que hizo por nosotros en la cruz; hay un sentido en el que esto es hecho una vez y para siempre. Sin embargo, después de eso debemos continuar dejando que nuestros pies sean lavados con una continua relación y confianza en Jesús.  La vida completa de Jesús fue una lección y un ejemplo para los discípulos. Aquí él sintió que era importante atraer la atención específicamente a lo que acababa de hacer. El lavado de sus pies significaba algo y Jesús no dejaría la comprensión de esto a la suerte. Jesús reconoció y alentó el compromiso de los discípulos con él. Él era su Maestro y él era su Señor y en este sentido no tenían otro Maestro o Señor. El ejemplo de Jesús debía marcar su actitud y su acción. Nosotros, como los discípulos, con gusto lavaríamos los pies de Jesús. Pero él nos dice que nos lavemos los pies los unos a los otros. Todo lo que hagamos unos por otros que lave la suciedad del mundo, el polvo de la derrota y el desaliento, es lavado de pies.  También debemos recordar que no podemos lavar en seco los pies de alguien. Jesús nos lavó con en el lavamiento del agua por la palabra, debemos de usar la misma “agua” al ministrar a otros.

Pastor Carlos Umaña Comunidad Cristiana Lifehouse.