Continuamos con el desafío de Dios para Job, donde Dios respondía al corazón de Job sin responder específicamente a sus preguntas. Esto vino después del tiempo extendido de compañerismo, asombro, y enseñanza descrita en los capítulos 38 y 39. Cuando Job, habló de lo que sentía que era su agonía por la ausencia de Dios, anhelaba contender con Dios. Sin embargo, después de que Dios apareció en su amor y su gloria, ahora Job se sentía avergonzado de su demanda anterior. El sentía que no tenía lugar para contender con el Omnipotente, mucho menos corregirlo o reprenderlo. Podríamos decir que Job y Dios estaban pasando un tiempo maravilloso juntos; Dios le enseñaba a Job todo sobre su grandeza usando a todo el mundo como su salón de clases. Sin embargo, en todo esto Dios seguía siendo Dios y Job seguía siendo un hombre.

Job había orado con frecuencia a lo largo del diálogo con sus amigos; él era el único de los cinco que hablaba con Dios. Pero ahora Job hablaba después de la gran revelación de Dios de sí mismo, y hablará con un tono bastante diferente del que había tenido antes. El tono diferente no era porque las circunstancias de Job hubieran cambiado sustancialmente. Aún estaba en miseria y prácticamente había perdido todo. El tono cambió porque mientras que antes había sentido que Dios lo había abandonado, ahora sentía que Dios estaba con él. Era diferente del que había tenido con sus compañeros. Otra vez era el turno de hablar de Job. Pero ya no habrá discursos largos, no más ira, no más desafíos a su Creador. El Amo ha venido, y el siervo que había contendido con sus compañeros toma un lugar modesto de humildad y silencio.

Ahora, después de la revelación de Dios y de la restauración de un sentido de relación con Él, Job sentía su propia posición relativa delante de Dios, y que no podía demandar respuesta de su parte. En la palabra hebrea no hay indicios de falla moral. Literalmente significa, de ningún peso. Job no confesó perversidad moral delante de la presencia de la majestad de Dios, sino comparativa insignificancia. Todos debemos ser llevados a ver nuestra “ligereza” al lado de Dios. Ciertamente, si algún hombre tenía derecho a decir no soy vil, era Job; pues, según el testimonio de Dios, él era un hombre perfecto y recto, uno que temía a Dios y se apartaba del mal. Aun así, incluso encontramos que este eminente santo al estar cerca de Dios recibió luz suficiente para descubrir su propia condición, exclamando: He aquí soy vil. Toda la discusión de Elifaz, Bildad, Zofar y Eliú no pudieron llevar a Job a este lugar. Solo la revelación de Dios pudo humillar así a Job y lo puso en el lugar que le correspondía delante del Señor. Job hizo declaraciones fuertes y algunas veces indignantes cuando sentía, en el fondo de su alma, que el Señor lo había abandonado. Ahora con su sentido de la presencia de Dios restaurado, Job podía ver mejor su lugar correspondiente delante de Dios. Es importante recordar que Dios nunca abandonó a Job; que, aunque le retiró sentido de su presencia (y esta fue la causa de la profunda miseria de Job), Dios estuvo presente con Job todo el tiempo, fortaleciéndolo con su mano invisible. Job no podría haber sobrevivido esta prueba sin esa invisible y desapercibida mano de Dios sosteniéndolo.

Job ahora estaba avergonzado por la manera en que había hablado sobre Dios y su situación. Usaría su mano para detener su boca, y no volvería a hablar. Tal vez uno de los gestos más respetuosos de todos es el poco común que Job lleva a cabo aquí, cubrirse la boca con la mano. El acto es una demostración de sumisión total. Uno puede caer de cara y aun así seguir gimoteando y hablando. Pero rendir la lengua es rendirlo todo.

Pastor Carlos Umaña Comunidad Cristiana Lifehouse