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Jacob, en lo que es su último y más significativo acto como patriarca y como heredero de Abraham y de Isaac, bendijo uno por uno a sus hijos. Algunos de ellos no fueron tan “bendecidos”, ya que fueron profecías sobre lo que Dios va a hacer con estas tribus en el futuro. Esta es la primera profecía conscientemente hablada por el hombre en la Biblia. Había muchas profecías anunciadas por Dios (como la promesa del triunfo de la simiente de la mujer en Génesis 3:15), y otras profecías veladas por los hombres; pero esta es la primera profecía conocida en la Biblia. Las tradiciones judías dicen que como Jacob estaba a punto de bendecir a sus hijos, estaba dispuesto a decirles el “gran secreto sobre el fin del tiempo”. Pero en ese momento, la gloria de Dios lo visitó y se fue rápido, llevándose todo el conocimiento del gran misterio; por lo tanto, no pudo decirles. De nuevo, consideramos esto como una leyenda interesante.

Al empezar la bendición, Jacob se dio cuenta de que era a la vez Jacob e Israel y sus hijos son hijos de cada uno. Este fue un momento de madurez espiritual, en el que se dio cuenta de cómo Dios lo transformó en Israel y de cómo tenía que luchar contra Jacob. Como el primogénito de la familia, Rubén tenía derecho a la herencia de los primogénitos (el primero en dignidad); pero lo perdió por orgullo y por inmoralidad contra su propio padre.  La inmoralidad de Rubén con Bilha, la concubina de su padre (la madre de sus hermanos Dan y Neftalí), se registra en Génesis 35:22.

Debido a la inestabilidad de Rubén, el derecho de primogenitura termina siendo dividido. Por lo general, el primogénito era el líder espiritual y social del “clan”, pero los derechos de la bendición, el sacerdocio y la autoridad se dividieron entre los hijos de Israel, en lugar de ser centralizados en uno solo. A pesar de que vemos la gran sabiduría de Dios en “descentralizar” la autoridad entre los hijos de Israel, Rubén pagó un alto precio por su inestabilidad. Más que todo, Dios busca un carácter estable en aquellos que lideraran su pueblo. La tribu de Rubén, nunca lo hizo sobresalir. Ningún profeta, juez o rey vino de la tribu de Rubén. Rubén es un gran ejemplo de cómo el primero puede ser el último. Un hombre puede tener grandes oportunidades, y aún perderlas. Las pasiones incontroladas pueden convertir en muy pequeño a quien de otra manera hubiera sido grande.

El segundo hijo Simeón y el tercer hijo Leví reciben la misma “bendición” por la misma maldad. Fueron instrumentos de la crueldad cuando acabaron con todos los hombres de Siquem, en represalia por la violación de su hermana Dina.

Jacob, probablemente por debilidad no hizo nada en ese tiempo, excepto que mostró una pequeña y egocéntrica queja. Sin embargo, él (y el Señor) recuerdan este evento. Los pecados de nuestro pasado pueden volver y nos acechan. Incluso cuando se perdonan, pueden ocasionar consecuencias que debemos enfrentar para toda la vida. El verdadero problema de Simeón y Leví era su ira; en su furor mataron hombres incluso inocentes. Su ira era pecado porque se basaba en la voluntad propia y en su temeridad cortaron las piernas de los toros. La Biblia habla de una ira santa. El apóstol aconseja: “Airaos, pero no pequéis”, y habla de una ira impía: “Quítense de ustedes toda amargura, enojo, ira”. A menudo, la diferencia entre una ira santa, justa, y una ira impía, es la voluntad propia.

La profecía de la división y la dispersión resultó ser una maldición para Simeón. La tribu de Simeón fue numéricamente la más débil de las 12 y compartió una parcela de tierra con Judá. De hecho, la tribu de Simeón se hizo pequeña durante la peregrinación en el desierto. Cuando empezaron a salir de Egipto, era la tercera tribu más grande; pero unos 35 años más tarde, en el segundo censo del desierto de Israel, el 63% de la tribu había muerto y se convirtió en la tribu más pequeña.

La profecía de la división y la dispersión se convirtió en una bendición para Leví. Debido a la fidelidad de este pueblo durante la rebelión del becerro de oro, fueron dispersados como una bendición en toda la nación de Israel. No recibieron ninguna gran extensión de tierra, porque el Señor es su herencia, no la tierra. Así pues, tanto Simeón como Leví fueron dispersados; pero uno como una maldición y el otro como una bendición. “Feliz es el hombre que, aunque comienza con una sombra oscura que descansa sobre él, vive de tal modo que convierte incluso esa sombra en luz de sol brillante. Leví ganó una bendición de las manos de Moisés, una de las bendiciones más ricas que las que obtuvieron cualquiera de las otras tribus”.
Washington Irving, un escritor norteamericano, dijo: “Se aligera la carrera para acercarse al que controla la vara”. Cuando sufrimos a causa de nuestro pecado, debemos acercarnos a Dios y anticipar que en su misericordia vuelva el sufrimiento en una bendición.

Pastor Carlos Umaña
Comunidad Cristiana Lifehouse.

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