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Al hijo de la promesa no viene fácilmente la promesa. Solo viene a través de la oración y la espera; pero las oraciones de un marido por su esposa tienen un poder especial. La oración de Rebeca fue respondida, pero unos 20 años después de que Isaac y Rebeca se casaran. Su fe y persistencia en la oración fue probada y motivada a crecer a través de muchos años. Además, estos fueron los únicos hijos que les nacieron a Isaac y a Rebeca. La batalla que parecía tener lugar en el vientre de Rebeca la hizo buscar a Dios. Mientras que Rebeca buscaba a Dios, Jehová le habló en cuanto al número de hijos que estaban en su vientre, en cuanto a su género, y en cuanto al destino de ellos.

Lo que dice Dios es sencillo. Ella tiene gemelos dentro de sí. Ambos serán padres de una nación. Uno será más grande que el otro, y el menor será más grande que el mayor. Dios eligió ir contra la manera más común de que el menor sirviera al mayor. En Romanos 9:10-13, Pablo usa esta elección de Jacob sobre Esaú antes de su nacimiento como una ilustración de la elección soberana de Dios. La elección de Dios de Isaac en vez de Ismael nos parece más “lógica”; pero su elección entre Jacob y Esaú en cuanto a cuál sería el heredero del pacto de salvación de Dios, es igual de válida, aunque “parece” no tener tanto sentido. Pablo señala que la elección de Dios no se basaba en la actuación de Jacob o Esaú. La elección se hizo antes de que nacieran, “ni habían hecho nada bueno ni malo”.

Algunos objetan, cuestionando la justicia de Dios al tomar tal decisión antes de que Jacob o Esaú nacieran. Sin embargo, debemos considerar qué el amor y el odio de los que Dios habló en Malaquías 1:2-3 y Romanos 9, tienen que ver con su propósito de elegir a uno de los dos para convertirse en el heredero del pacto de Abraham. En ese sentido, la preferencia de Dios podría considerarse con razón como una muestra de amor hacia Jacob y de odio hacia Esaú. Pero el pensamiento real en Malaquías 1 y Romanos 9 se parece más a “aceptado” y “rechazado” que a nuestra comprensión de los términos “amado” y “odiado”.

Dios no odió a Esaú en el sentido de maldecirlo a una vida condenada en este mundo o en el próximo. Esaú era, de hecho, un hombre bendecido y, en cierto modo, más equilibrado que Jacob. Sin embargo, en lo que respecta a la herencia del pacto, se podría decir con razón que Dios odiaba a Esaú y amaba a Jacob. Una mujer dijo una vez a Spurgeon: “No puedo entender por qué Dios diría que odiaba a Esaú”. “A eso Spurgeon contestó: Eso no es lo que se me hace difícil de entender, señora. Mi problema es entender cómo Dios podría amar a Jacob”.

Nuestro gran error al considerar las elecciones de Dios, es pensar que Dios escoge por razones arbitrarias, como si fuera alguien que escogiera al azar. Quizá no tenemos la capacidad de entender las razones que tiene para elegir, pues son razones que solo Él sabe y contesta; pero las elecciones de Dios no son al azar. La verdad de la promesa que no se podía ver se cumplió visiblemente. La Palabra de Dios es veraz. Cuando vino la hora en que nacieran, sí había gemelos en el seno de Rebeca. Las circunstancias alrededor del nacimiento de cada hijo eran responsables de sus nombres. El nombre “Esaú” se refiere a que el primogénito era velludo. “Jacob”, se refiere a la manera en que se sujetó al tobillo de su hermano. En adición, la idea de alguien que “se sujeta al tobillo” significaba algo en aquellos días. Llevaba el sentido de un tramposo, estafador, o bribón. Esto no era un cumplido. Como muchos hermanos, Jacob y Esaú eran muy diferentes el uno del otro en su personalidad y en sus gustos. Y como a veces sucede, cada padre tenía un hijo preferido.

La palabra hebrea traducida como «quieto» lleva el sentido de “completo”, en vez de alguien que es débil o afeminado (algunas traducciones en inglés dicen “manso”). La palabra hebrea tam (manso) se usa en Job 1:8: “Y Jehová dijo a Satanás: ¿No has considerado a mi siervo Job, que no hay otro como él en la tierra, varón perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal?”.

Cada hijo actúa de acuerdo con su inclinación natural. Esaú caza, y Jacob cocina. Jacob sabía que la primogenitura era de valor y la quería. Pasajes como Deuteronomio 21:17 y 1 Crónicas 5:1-2 nos cuentan que en la primogenitura se involucraba una dinámica material y espiritual. El hijo de la primogenitura recibía una porción doble de la herencia, y también se convertía en la cabeza de la familia y en el líder espiritual cuando se moría el padre. En el caso de esta familia, la primogenitura determinaba que heredaría el pacto que Dios hizo a Abraham, el pacto de una tierra, una nación, y el Mesías.

Esaú no está pensando tanto en que tiene tanta hambre que va a morir si no come. En lugar de eso, la idea es algo así como: “Voy a morir algún día. ¿De qué me sirve esta primogenitura?”. ¿Era injusto que Jacob hiciera esto? Seguramente, está actuando como alguien que “se sujeta al tobillo”. Está siendo un tramposo o un bribón que se aprovecha de su hermano. Jacob era culpable de planear según la carne un plan para obtener algo que Dios ya había dicho que era suyo. Aun así, debemos recordar que la culpa de Esaú es mucho más grande, porque menospreció su primogenitura. Esaú pensó poco sobre la herencia espiritual relacionada con la primogenitura. Él solamente valoró las cosas materiales, así que una primogenitura espiritual significaba poco para él cuando su estómago tenía hambre. Muchas, si no la mayoría de la gente, también les dan poco valor a las cosas espirituales.

El carácter de Esaú como fornicario y profano hebreos 12 muestra que Dios tenía toda la razón cuando escogió a Jacob en vez de Esaú para llevar la primogenitura, aunque Jacob era el menor. Aunque el carácter de Esaú no fue la base para la elección de Dios (escogió a Jacob y no a Esaú antes de que nacieran), el carácter de Esaú mostraba la sabiduría de la elección de Dios.

Pastor Carlos Umaña
Comunidad Cristiana Lifehouse.

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